Cuando era pequeño, mi
película favorita era “La Princesa Prometida”. La vi por primera vez con éstos,
en el cine del barrio, y no paré hasta
conseguir que me la regalasen, para mi cumpleaños, en VHS. Así podía verla
siempre que quisiese. Y eso hice. Verla tantas y tantas veces que hasta
memoricé los diálogos. Me gustaba tanto, que en Carnaval los convencí para disfrazarnos como los personajes de la
película. Por supuesto, me reservé el disfraz de Iñigo Montoya para mí. Porque
en realidad, yo quería ser Iñigo Montoya, el espadachín, el caballero tierno,
valiente, con honor. Y conquistar el corazón de mi princesa. Normal…¿quién no
ha soñado con eso alguna vez?
Me acuerdo de eso mientras
paseo por última vez por la orilla del Pacífico. Es un sitio cojonudo que descubrí
al poco de llegar aquí. No tiene nada que ver con las playas que yo conocía,
esas en las que reventábamos las horas de críos, mientras veíamos pasar los
aviones que iban y venían del Prat por encima de nuestras cabezas. Tampoco es
la típica playa yanqui que sale en las pelis o en las series, con vigilantes
cachas y macizas recauchutadas. A decir verdad, es una playa poco dada al baño,
con el agua fría como un demonio y muchas corrientes. Pero se está bien: no
suele estar muy transitada, y lleva el nombre de mi abuelo, Gregorio. Creo que
será lo único que eche de menos el día que me vaya. O quizás no, no sé. Siempre
he tenido la sensación de estar a medio camino de muchos sitios. Cuando me fui,
me esforcé por echar de menos Barcelona,. Por sentir esa necesidad. O mejor
dicho, necesitaba saber si dolía eso de
que alguien te dijese “Arturo, no te vayas, quédate, te voy a echar de menos y
mi vida no va a ser tan vida si tú no andas a mi vera”. Por supuesto, nadie
vino a decirme tal cosa. Y creo que tampoco hubiese sabido qué cara poner de
haber sucedido. Mi madre sí se pasó los dos meses anteriores a mi partida
llorando. “Mi niño, que se me va con los americanos”, le decía a las vecinas.
“Le han ofrecido un puesto de mucha importancia”. Y notaba cómo le brillaban
los ojos mientras lo explicaba y sonreía. Y no es que quisiese tenerme lejos,
pero como siempre decía, yo debía triunfar en el “extranjero”. Así, tal cual. “Tú
eres diferente a los chicos de este barrio. Aquí no pintas nada. Vuela alto,
llega hasta donde nadie haya podido llegar aún”. Además, por aquellos años ya
andaba viéndose con Vicente. Y que conste que no lo digo con afán de
criticarlos: ni al uno ni a la otra. Mi madre sufrió mucho mientras mi viejo
vivía con nosotros dos. Putero, borracho, vago…y alguna hostia que otra se le
había escapado. Así que el día que se fue para no volver no supuso ningún
drama. Nos acostumbramos a la nueva situación, y nos bastamos durante muchos
años con tenernos el uno a la otra. Además, Vicente es un tío de puta madre.
Había sido el encargado de la fábrica en la que curraba mi madre. Pero no era
un encargado chungo, ni un chaquetero, ni nada de eso. Es muy rojo, y alguna
hostia le había caído cuando corría delante de los grises. Y quiere a la Julia,
como él dice. “La Julia es mucha Julia, Arturo. Cómo no quererla…Yo ya estaba
enamorado de ella cuando estaba con el cabrón de tu viejo. Porque tu viejo era
un cabrón, y perdona que te lo diga así de llánamente”. Eso me lo confesó una
noche, la última vez que estuve aquí, hace dos o tres años. Íbamos los dos
bastante ciegos, y se puso en plan padre, con mucho colegueo y mucho rollo “yo
te quiero como a un hijo”. Y me sentí
extraño. Quizás porque nunca un tío me había dicho algo así. O porque nunca he
querido a nadie más allá de a mi madre. Y tampoco he sido como para que me den
el premio al hijo amantísimo y protector del año. La soledad puede ser muy
perra, muy hija de puta. Porque te puede desgarrar y hacerte sufrir. Pero
también te puedes acostumbrar a su presencia. Y como te pongas la ropa que te
regala, entonces… entonces te encierras en tu propio mundo y cada vez vas
necesitando menos y menos de la gente. Hasta que ese eco sordo que te recuerda
constantemente que quizás te estás perdiendo algo, simplemente se queda mudo y
desaparece.
Probablemente la suma de
todos esos factores dio como resultado el producto Arturo. O por lo menos,
aquel Arturo. El niño gordo sin padre, más bien tímido, estudioso, rarito. El
saco de los golpes de los abusones al que sus amigas y su único amigo, Miguel,
tenían que defender siempre. El adolescente con acné y sobrepeso, total y absolutamente
invisible para las chicas, sobresaliente en matemáticas y experto en informática,
en juegos de rol, en metal escandinavo y otras muchas cosas que nadie, o muy
poca gente, comprendía. Ese Arturo que durante los años de la carrera nunca
bajó de 9, a pesar de esforzarse lo justo, y que con 22 años desarrolló una
aplicación que resultaría tan crucial para lo que luego fue el correo de Google
que el mismo jefe de personal de la sede central en California cogió un avión y
se plantó en el despacho del rector de mi facultad, para saber si ese chico
tenía planes para después de la carrera y para convencerlo de que lo que ellos
tenían que ofrecerle no lo iba a superar nadie. Ese Arturo que se movía como
pez en el agua en su propia soledad pero que no sabía qué normas seguir en
grupos sociales que traspasasen los muros que conformaba el refugio de sus
colegas del barrio.
Dejé de ser feo en el verano
del 96. Lo llamábamos así, “dejar de ser feo”. Dejabas de serlo cuando te
enrollabas con alguien por primera vez. Pero tenía que ser un beso con lengua,
no valía cualquier cosa, y tocar, o que te tocasen, las tetas. Esto último lo
puso como norma Desiré, que me consta fue la primera de todos nosotros que hizo
algo. No es que sea la guapa oficial ( ese lugar siempre ha sido para Mai ) o
la simpática ( para eso estaba Ana ), pero tenía tetas antes que le saliesen al
resto y, como ella decía, “a mi no me van a entrar los tíos con esta mierda de
la psoriasis. por lo tanto, mejor les entro yo y al menos los mangoneo como quiero.”
Así que con trece años nos constaba ya se había enrollado con más de un tío y,
según decía ella misma “se la había tocado a uno de diecisiete y se notaba que
ya no era virgen”. Que a saber cómo pudo deducir todo eso ella solita, pero la
poca experiencia que teníamos, la mayoría de nosotros ninguna, y el no tener a
nadie más a quién preguntar hizo que Desiré se convirtiese en nuestra “Doctora
Amor” particular. Detrás de ella le tocó el turno a Ana. O a Mai, no sé. Y casi
con dieciséis años, y contra todo pronóstico, Arturo “el gordo” entró en el
club de los “no-feos”. Aquel verano mi madre me mandó al pueblo, a casa de la
abuela Engracia, que no era tal abuela sino una tía de mi madre, “pero siempre
ha sido como una madre para mí, Arturo. Cuando faltó tu abuela ella se hizo
cargo de mí y de tus tíos pequeños, y nos crió como a sus hijos Y ella te
quiere mucho. Sólo van a ser quince días,
y también irá tu prima Elvira, la que vive en el País Vasco. Anda, que
ya tendrás verano de sobras para golfear con estos por aquí.” Así que me compró
un billete de tren y me envió a casa de la abuela, en la sierra sur sevillana.
Y mientras iba mirando el paisaje por la ventana del tren pensaba qué cojones
se me había perdido a mí en un culo de mundo como aquel, sin ordenador ni
libros en los que refugiarme y teniendo que hablar y estar con una gente que de
buen seguro me iba a caer mal. Y para colmo, con Elvira, a la que yo recordaba
de cuando vino a mi comunión, como una niña pija e insoportable con coletas y
que no dejaba de quejarse absolutamente por todo a su madre. Había ido al pueblo siendo un crío, cuando el
viejo aún vivía en casa y nos mandaba a mi madre y a mi a pasar los días más
chungos de Agosto. Él no venía porque siempre tenía trabajo ( era camarero en
un hotel pijo de Pedralbes ) e imagino que además, así aprovechaba que estaba
solo para golfear a su antojo. Por aquel entonces el pueblo aún me gustaba:
podía salir solo con los otros chiquillos porque no había peligro que nos
pasase nada. Y nos pasábamos las siestas comiendo melones que robábamos de
algún “sembrao”, cazando culebras o bañándonos en el arroyo. Luego el viejo se
fue y dejamos de ir, hasta el preciso instante en que me bajé de “el Sevillano”
en la estación de Plaza de Armas y el tío Venancio, el hijo menor de la abuela,
me vino a recoger.
- “La abuela está contenta
de verte. Hacía muchos años que no venías, y ella está convencida que el día
menos pensado se muere. Le hace ilusión” – me decía Venancio mientras conducía
y el coche enfilaba las primeras rampas de la carretera secundaria que iba a
parar al pueblo – “Ya me imagino que con tu edad ya debes tener tu vida y tus
novias y tus historias. Pero lo vas a pasar bien, ya verás. Hay unos cuantos
chavales y chavalas de tu edad en el pueblo. Y tienes también a Elvira, claro”
Elvira era la hija de una
prima de mi madre, la Virtudes, que había conocido a su marido, Ekaitz, un
vasco que estudiaba en Madrid, donde ella estaba trabajando, y se habían
terminado casando cuando este la dejó preñada. La familia de él veía con muy
malos ojos que su niño, un pijo de Bermeo, se casase con una “maketa” sin
estudios, pero la Virtu termino haciendo honor a su nombre, aprendió euskera,
adaptó las formas a los gustos locales y del brazo de su marido se hizo un lugar
en la sociedad bermeotarra, llegando incluso a formar parte de las lista del
PNV, partido del que el bueno de Ekaitz era concejal..
- “Joder, te lo has traído
todo puesto de Barna, por si aquí no te daban de comer?” – fue el saludo de
Elvira. Y aunque no me afectó lo más
mínimo, la abuela sí que le echó la bronca, a lo que Elvira contestó que “era
broma, que casi no había notado que tenía un poco de peso más de lo normal”,
para luego darse media vuelta y decir que volvía en un rato.
- “No le hagas mucho caso,
hijo mío. Está enfadada porque su madre la ha mandado al pueblo a ver si se
endereza un poco. Que esta chiquilla va torcida. Las malas compañías, ya se
sabe. No como tú, que me han dicho que lo has aprobado todo con sobresalientes.
Sigue así, no termines como ese golfo de tu padre. Que tú vales para mucho más
que él.”
A la abuela Engracia nunca
le había gustado mi padre. Ni siquiera cuando era joven, y las engatusaba a
todas con sus ojos verdes y sus modales de galán de cine. Le advirtió a mi
madre que ese hombre la haría desgraciada. Y como la Julia no le hizo caso y
fue mi abuela quien terminó teniendo razón, su pequeña victoria, su permanente “mira
que te lo dije” consistía en ir despotricando de “ese golfo” cada vez que tenía
oportunidad. Estuviese o no delante mi madre. Al poco de irse mi padre cogió el
tren y vino a vernos, y antes de irse consiguió que su presencia y sus palabras
impregnasen las paredes: “No os hace falta. Os tenéis el uno a la otra. Tienes
un hijo por el que tienes que pelear, Julia. Que no se te olvide. Y tú, haz que
tu madre se sienta siempre orgullosa de ti.”
- “Oye, no te mosquees por
lo que te he dicho antes. No iba a mala leche, de verdad. Es que tengo un humor
un poco rarito, Del norte, ya sabes….” – Era Elvira, que asomaba la cabeza por
la puerta de la habitación al poco rato de haberse ido.
- “No te preocupes. La
verdad es que estoy gordo. Y que no hago nada por dejarlo de estar. Supongo que
debería, pero….”
- “Déjate de rollos. El día
que quieras dejar de estar gordo, dejarás de estarlo. Mientras no te moleste
una cosa o la otra, tú a tu bola. Hay que hacer las cosas como cada uno crea
conveniente. Fiel a las convicciones. Y al que no le guste, que no mire.”
Aquel preciso instante miré
fijamente a Elvira. E intuí que probablemente no fuésemos tan diferentes el uno
de la otra. Que probablemente los dos vivíamos más y mejor de puerta adentro de
nosotros mismos que de cara a un mundo que parecía importarnos lo justo.
- “Aquí hay algún sitio en
el que uno se pueda fumar un peta? Vengo con monazo desde que llegué esta
mañana a la estación de Sevilla.” – le pregunté a Elvira. Y su sonrisa me
confirmó que ese vínculo que hasta yo había sido capaz de notar era sólido. Y
que tenía visos de crecer.
- “Vaya, así que resultará
que no eres tan panoli como yo creía.- me contestó riendo. Y me gustó su risa.
No había acritud en ella – “Así que los genios también fumáis porros? Porque es
verdad eso que dicen la abuela y mi madre, que eres un genio?
- “Bueno, no sé si genio.
Hay cosas que se me dan bien, pero es algo natural. No veo mucho mérito en
ello. Es como saber correr bien. O como entrarle a las tías…. Y no sé el resto
de esos supuestos genios. Pero yo tengo la mejor maría de toda Barna. Cosecha
propia. En tu puta vida vas a fumar nada igual.”
- “Pues yo me sé de un sitio
desde que el se ve todo el valle. Y la sombra de un árbol dictaminaré si esa
maría que dices es tan buena o no. Que en Euskadi también fumamos, tío listo”.
El resto de los días Elvira
y yo nos dedicamos a construir un mundo al margen del resto de la gente, una
burbuja en la que cabíamos sólo los dos. Un lugar sin puerta de entrada
conocida más que por nosotros, en el que podíamos ser nosotros mismos, y en la
que aprendimos por primera vez en nuestra vida que todos tenemos un espejo.
Creo que fue raro, tanto para ella como para mí, experimentar el tirón hacia
otra persona en la que veíamos una película cuyo argumento el otro conocía de
sobras. Y que nuestra propia miopía, elegida o impostada, era la que nos
impedía ver en los demás aquello que nosotros creíamos tener en exclusividad.
Elvira me contó que a sus padres en realidad les importaba una mierda que fuese
o no con abertzales. – “la mayoría de los de mi cuadrilla son niños bien que juegan
a ser rebeldes, como yo, y que probablemente terminen casándose con otra pija con
perlitas y mechas rubias después de haber estudiado en Deusto u otra
universidad pija de Euskadi o Navarra. A ellos lo que les jode es que tuviese
un novio negro. Un americano mucho mayor que yo que conocí en el festival de
jazz de Gasteiz y con el que tuve un lío, ni novio ni pollas. Pero claro,
imagínate, una niña bien de Bermeo con un negro….Y de eso se escandaliza mi
madre. Qué pronto se ha olvidado que a ella también la vieron casi como si
fuese negra por ser maketa…Y como se querían ir de crucero y no me querían
dejar sola, aquí estoy.”. – Y descubrí en los ojos de Elvira la misma soledad,
la misma sensación de vacío que a veces había visto en los míos. A pesar de tener, a priori, unos padres ricos
y una familia estructurada. Esquemas que se repiten como los eslabones de una
cadena que Elvira y yo estábamos soldando a fuerza de porros y conversaciones
profundas.
- “Tú tienes novia, o algo
parecido allí en Barcelona?” – me preguntó la última noche, antes de que me
volviese al pueblo.
- “Tú me has visto? – dije
muy serio – “Con esta pinta y este sobrepeso, quién coño se va a querer
enrollar conmigo?. Tampoco es que lo haya buscado ni que lo necesite tanto como
al parecer lo necesita todo el mundo. Ni creo que supiese ni por dónde empezar……”
- “No seas gilipollas,
Arturo. Eres un tío muy divertido y sabes mil historias sobre mil cosas. No
pillas cacho porque no te lo crees. Tíos más feos que tú se hartan todos los
fines de semana. Además, eso de que no lo necesitas….No me jodas que pajas
tampoco te haces, porque no me lo creo”.
Lo dijo seria, con sus ojos
pegados a los míos. Sin el menor asomo de crítica. Como si de verdad no pudiese
concebir nada más estúpido que el hecho de que Arturo no hubiese besado a nadie
aún.
- “Cuando era pequeño, mi
película favorita era “La Princesa Prometida”. La vi por primera vez con éstos,
en el cine del barrio, y no paré hasta
conseguir que me la regalasen, para mi cumpleaños, en VHS. Así podía verla
siempre que quisiese. Y eso hice. Verla tantas y tantas veces que hasta
memoricé los diálogos. Me gustaba tanto, que en Carnaval los convencí para disfrazarnos como los personajes de la
película. Por supuesto, me reservé el disfraz de Iñigo Montoya para mí. Porque
en realidad, yo quería ser Iñigo Montoya, el espadachín, el caballero tierno,
valiente, con honor. Y conquistar el corazón de mi princesa. Normal…¿quién no
ha soñado con eso alguna vez?. Y sí, sí me hago pajas. Muchas.”
- “Y alguna vez, en estos
días que estamos aquí, te has hecho alguna paja pensando en mi?”
Me lo dijo a dos centímetros
de mi cara. En un susurro, sin dejar de mirarme. Y no hizo falta que asintiese,
porque lo vio escrito en mi cara, vio el fuego en mis ojos, ese que nadie hasta
aquel momento había sabido encontrar. Acercamos nuestras bocas, torpe la mía,
la suya con sed por encontrar mi lengua y retorcerla con la suya, y noté por
primera vez el tirón de una erección como causa y consecuencia de sentir y
provocar deseo. Me cogió de la mano y me llevó detrás de unas rocas. Estábamos
en la montaña, con el pueblo a nuestros pies y debajo de un cielo tan repleto
de estrellas que parecía que se fuese a derrumbar sobre nosotros. Lo hicimos
dos veces, o sería mejor decir que ella me enseñó lo que debía hacer. Luego nos
vestimos y nos volvimos al pueblo. Al día siguiente, cuando me desperté y fui a
su cuarto para buscarla ya no estaba allí. La abuela me dijo que se había ido
temprano, que no sabía dónde podía ir con tanta prisa, y que seguro que había
tomado algo porque llevaba los ojos rojos, como si se hubiese pasado la noche
entera llorando. No dejó que me despidiese, ni contestó a ninguna de las
llamadas que hice preguntando por ella a su casa, en Bermeo. Me borró de su
vida para evitarse el dolor de mi recuerdo, y a mi no me quedó más remedio que
hacerlo también. Luego volví a mi vida, a esa carrera sin freno que me llevo años
después hasta la playa de San Gregorio, a orillas del océano Pacífico. Ni
siquiera me molesté en explicarles la historia a estos. Para qué? Hubiese sido
complicado porque ni yo mismo era consciente de lo que había pasado, ya no sólo
aquella noche, sino el resto de aquel verano, mucho después de haber tocado con
mis dedos la piel de Elvira.
Recojo las últimas cosas
esparcidas por mi apartamento y las meto en una caja. No me voy a llevar nada.
Libros, estanterías, la cama….todo lo dejo aquí. Lo único que me llevo es el ordenador en el que mando un correo a
Luisa: “Vuelvo a casa dentro de
dos semanas. Tengo ganas de verte. Y de darle un beso a tu hija. A nuestra
niña. Arturo.”.
Luisa. Y la pequeña
Luna. La misma que heredó los mismos ojos verdes que yo heredé de mi padre y en
los que se miró Elvira aquella noche, hace años. Los mismos ojos que miraron a
su madre otra noche años después y que despertaron de nuevo a Iñigo Montoya,
Vuelvo a casa., Vuelve Arturo “el gordo” que ya no está gordo y que quiere ser
más Íñigo que Arturo. Aunque no sepa en realidad qué hacer con el producto de
su realidad.