Me despierto en mitad de la
noche, desorientada, y tardo un poco en recomponerme, en reconocer el sitio en
el que me encuentro. Consigo calmarme y poco a poco voy poniendo nombre a todo.
Categorizo, ordeno, y empiezo a respirar con calma. El bulto encogido a mi lado
sopla feliz, ajeno a todo lo que me sucede. También lo ordeno en mi
pensamiento: le doy una categoría, un nombre, un estatus. Aprendí a hacer eso cuando me empezaron a sobrevenir
los ataques. De pronto, me quedaba paralizada, sin saber qué ni por qué. Y
encogida de miedo. Como si una mano helada me removiese las entrañas. Y me
sentaba hecha un ovillo durante el tiempo que me duraba el ataque, hasta que
este remitía y caía rendida por el sueño durante horas. Fue así durante la
época más chunga, cuando un día sí y otro también perdía los nervios, la paciencia, cuando el
llanto me sobrevenía sin previo aviso y me dejaba hecha un guiñapo, como si una
bestia enorme hubiese decidido, tras mucho masticarme, que le sabía amarga, y
me hubiese escupido en mitad de un páramo solitario. Fue así hasta que Ana,
harta de llamarme al móvil porque a mi me había dado por desaparecer en plena
presentación de la nueva temporada de nuestra colección de primavera-verano,
entró en mi casa usando la llave que una vez le di, y me vio tirada en la cama,
oliendo como el cubo de la basura, rodeada de cajas de pastillas acabadas en
–zepam y con un ejército de cucarachas conquistando la cocina. Así que Ana, la
Ana que lleva toda la vida cogiéndome de la mano, sin soltarme; la Ana capaz de
no juzgarme ni condenarme pero que cuando se sienta ante mi me deshace las
costuras. Ana, tan fantástica y a la que debo tantas cosas que necesitaría
vivir nueve vidas con un karma inmaculado para igualarme a ella, para ponernos
a nivel, esa Ana se echó el peso del trabajo a su espalda, consiguió quitarme
de encima a los perros y las perras que iban olfateando mi miseria y me mandó
con su amiga Alicia, una terapeuta estupenda, después de que en el hospital
consiguiesen limpiarme un poco la mugre que había acumulado por dentro y por
fuera.
Miro la hora en el móvil,
las cinco y cuarto, y convencida de no poder dormir más, me pongo una camiseta,
cojo un porro del cofre donde guardo la hierba y me salgo a la terraza a ver
amanecer. Desde aquí puedo ver casi toda Barcelona, y a lo lejos, por la zona
de la playa, se ven aún las estelas de los cohetes de la gente que sigue
celebrando la verbena de San Juan, aunque se empieza a respirar esa
tranquilidad que precede al final de una fiesta. En mi calle, ocho pisos más
abajo, alguien tira un petardo de gran potencia. Después, se escucha un
chirriar de ruedas y un coche acelera dirección a la montaña. Fumo, y mientras exhalo el humo vaciando mis
pulmones lentamente, disfrutando del efecto casi inmediato que el
tetrahidrocannabinol produce en mi sistema nervioso, alejo poco a poco de mi
las últimas sombras de mi pesadilla. Confieso que nunca recuerdo lo que sueño,
que soy incapaz de reproducir la más ínfima de las imágenes que me acosan hasta
hacerme sudar y temblar, hasta conseguir que me levante gritando y llorando
como una niña pequeña. En eso Mai es la especialista. Dice que sus sueños la
regulan, la equilibran, la conducen a través del camino correcto, como si su
subconsciente fuese una especie de gurú, un analista tan bueno capaz de
resolver las ecuaciones más complicadas, las que dan paso a la optimización de
los recursos, a la vida sencilla, al camino alejado de las piedras y de los
recovecos oscuros. Mai se fía de sus sueños como un marinero se fía de la luz
de un faro, y se alegra de ver el destello porque en él reconoce un manual de
instrucciones, la solución a un acertijo planteado. Mis sueños no tienen nada
que ver con eso. Son como si me arrojasen a una habitación enorme, a oscuras,
con unas paredes tan descomunales y lisas que impiden la orientación.
A lo lejos escucho ruido de
sábanas, y una voz demasiado estridente para mi estado que me llama. El bulto,
claro, pienso. Charlotte. Rubísima, monísima, francesísima. Modelo del año
según Marie Claire. Encantada de desfilar para nosotras. Y ansiosa por meterse
conmigo en la cama. La escucho y sé que será mi próximo dolor de cabeza. Que su
enfermiza obsesión por mi, por mi talento, por todo lo que digo y hago no harán
más que acrecentar la brecha que ya se ha abierto entre nosotras, que empezó a
ensancharse tan pronto como tuve mi último orgasmo. Charlotte, que tampoco
comprenderá que no la quiera, que la rechace, que no tome posesión de su
cuerpo, de su destino; ella que está acostumbrada a rechazar a todo el mundo de
repente probará el amargo sabor del abandono. Como todos y como todas. Aunque
esté mal decirlo. Totalmente hipnotizados por el encanto de Desiré. Amantes,
amigos, enemigos, perros y perras varios que rechinan los dientes muertos de
envidia cuando saben de mi vida, cuando descubren que de nuevo le hemos dado
una patada en el culo a las convenciones estéticas, que otra vez nos llevaremos
de calle todos los elogios y que los modernos, los hipsters, las socialités
reconocidas y las que viven con aspiraciones de serlo, perderán el culo por
ponerse nuestra ropa. Todos menos Ana, que me conoce, que es como si fuese mi
yo interior equilibrado que un día se cansó de vivir en mi cuerpo,
maltratado y maltratador, pero que no
pudo evitar los remordimientos y lejos de abandonarme se quedó a mi lado para
ayudarme a seguir cuando me fallasen las fuerzas. Y yo, mi peor enemiga. El
alimento de esos bichos que viven en la ciénaga en la que a veces se convierte
mi cabeza, capaces de gritar tanto, de reírse tanto de mi, de hacerlo con tanta
fuerza que a veces no entiendo como el resto del planeta no escucha las
risotadas que se escapan a través de las paredes de mi cráneo.
Charlotte se acerca desnuda
y me abraza por detrás, envolviéndome entre sus brazos y el olor de su perfume,
Dahlia Noir, Es más alta que yo, con la piel muy blanca, senos pequeños pero
perfectos, y ojos de color gris. Aún desprendida de todo glamour, con el pelo
enmarañado y cara de sueño, sigue siendo aterradoramente bella. Me besa en el
cuello y me quita el porro de las manos. Como la mayoría de gente que conozco
en el mundillo, Charlotte es politoxicómana. Cocaína para aguantar el ritmo y
estar siempre estupenda, hachís para matar el hambre, M para ir de fiesta y
valiums y otra enorme ristra de tranquilizantes para poder dormir sin que el
peso de la responsabilidad que han colocado sobre sus hombros la deje clavada
en el sitio. Tiene 18 años, una niña, una bella doncella de oro, que lleva
siendo una joya bella, un diamante al que todo el mundo quiere contemplar y que
todo el mundo quiere poseer desde la edad en la que muchas niñas siguen jugando
con muñecas.
- Pourquoi êtes-vous ici?
Tout va bien? – me pregunta.
- No te preocupes, cielo. No
tenía sueño y me salí a fumar a la terraza. Además, me gusta esta hora
tranquila del amanecer.- Le contestó en inglés, porque nunca he sido capaz de
hablar ni una palabra del idioma de Voltaire. Y no es que la lengua de mis
admirados Blur se me dé estupendamente. Para eso está Ana, capaz de manejarse
tranquilamente en seis lenguas. Seis. La muy guarra….
- No quería
molestarte…quieres que me vaya? Es que me he despertado y al no verte en la
cama……
- No te preocupes, está
bien. No me importa compartir este momento. Pero mejor en silencio, de acuerdo?
Charlotte asiente en
silencio y se pega a mi. Acomoda su cabeza en mis hombros y durante un rato
vemos cómo el cielo se va tiñendo de colores. Primero el lila desgastado, luego
el azul, para dar paso a un rosa anaranjado, mientras el sol de despereza por
encima del mar a la altura de la costa del Maresme. Cuando la muerte de la
noche ya es más que definitiva, nos volvemos a la cama, y durante un rato me
haré a la idea de que en realidad quiero a Charlotte, de que me siento
privilegiada y elegida, o tan privilegiada y elegida como ella, de estar donde
estoy con quien estoy. Aunque la realidad pinte una escena en la que me
despierto sola y liberada del peso de todo mal y de la responsabilidad de tener
que decirle a la niña ninfa “au-revoire”, hasta aquí hemos llegado, no te lo
tomes a mal cielo pero lo nuestro es imposible.
- Lo del Pachá de Ibiza con
Steve Aoki ya está firmado, Desi. No sé qué maravillas hiciste con aquella
gente, pero hay que reconocer que casi de mean encima del gusto cuando les
dijimos que sí.
La que habla es Ana. Mi Ana.
Se ríe mientras me lo cuenta, y me mira a través de sus gafas de ejecutiva
hipster para que le cuente los detalles escabrosos. Aunque la verdad, esta vez
no ha habido nada raro de por medio. El jefe de promociones del grupo Pachá es
un gay encantador que comparte conmigo sudores y esfuerzos en las clases de
spinning en la que todos los pijos de la ciudad vamos a torturarnos cuatro días
a la semana. En su caso, para mantener un cuerpo que es la envidia de modelos,
artistas y cualquier mariposón que conozca al bueno de Joan. En el mío, para
evitar que mi metabolismo haga el efecto palomita y me salga el culo que mi
madre, mi hermana y mis tías lucen desde los treinta, año arriba o abajo. “Ya
te tocará, estupendísima”, me dicen para pincharme. Y sé que tienen razón. Que más tarde o más
temprano ese culo marca de la casa entrará sin avisar, sin decir ni hola, el
muy hijoputa, y se quedará a vivir conmigo para siempre. Todo lo contrario que
mis amantes.
-Ya sabes que tengo buena
relación con Joan –le digo a Ana- y participar en la clausura de Pachá es una
oportunidad genial de promoción. Además, Joan es un puto encanto, y sé que se
moría de ganas de tenernos allí. Aunque a mí me sobra el soplapollas de Aoki.
- Es una mierda de dj, pero
mueve masas., Además, nosotras estaremos demasiado ocupadas como para prestar
atención a la sesión.
Miro a Ana y sabe lo que
estoy pensando. Que en el fondo, o quizás no tan en el fondo, todavía seguimos
estando sorprendidas, abrumadas, extasiadas. Que cuando nos sentamos a pensarlo
fríamente, con una cierta distancia, nos seguimos mareando. Que hace ocho años
éramos dos chicas de barrio recién salidas de la escuela de diseño. Que en la
puta vida hubiésemos pensado en pisar Pachá, porque nosotras éramos
alternativas, punkis, góticas. Y sin embargo, el destino era una chistera de
mago de la que salía de todo lo bueno, todo aquello que nunca en la vida hubiésemos
podido soñar. Fama, reconocimiento, dinero. Portadas en las mejores revistas,
artículos en diarios de todo el mundo. “Weird Fishes” ( bautizamos así a
nuestra marca después de un concierto de Radiohead en Londres ) representado
como la Meca de la moda, del mejor diseño catalán que extiende su fama por todo
el mundo civilizado. Y el dúo maravillas, Desi y Anita, Anita y Desi, la
ejecutiva y la extravagante, encumbradas más allá de donde incluso nuestra
vista nos permite ver.
- Estará bien. Podríamos
decirle a estos que se viniesen. Que se estiren los de Pachá y nos reserven
habitaciones en el hotel para todos. Va a ser guay, ahora que Arturo va a estar
otra vez viviendo en Barna., Podríamos aprovechar para pegarnos una fiesta de
esas nuestras, de las de antes. Miguel y Luisa, Arturo, Mai, nosotras dos. Los
de siempre, pero a tutiplén.
Ana me mira divertida, pero
sé que le gusta la idea. Que ella había pensado lo mismo y estaba punto de
decírmelo.
-Llama a Joan y díselo,
seguro que a ti no te lo niega –me contesta. – Hablando de vernos todos, acuérdate
que el domingo de la semana que viene comemos en casa de Miguel y Luisa.
Celebraremos el cumpleaños de la pequeña Luna.
-Tranquila, Ana, sabes que no
fallaré y que no se me olvida - le digo.
Cuando Ana se va cierro la
puerta de mi despacho y me pongo a trabajar sobre algunas ideas. Suena Björk,
como casi siempre que tengo que crear. Me gusta la loca islandesa de las
narices. En parte, me siento identificada con ella. No demasiado guapa pero
deslumbrante. Quizás a su pesar. Me da la sensación que persigue alguna
quimera. Igual que yo. Que sueña con tener lo único que no puede alcanzar. La
única cosa en el universo que la motiva, que le pone las pilas, Dejo el
ordenador y abro el cajón donde tengo el sobre con las fotos. Algunas son mías
( fue fácil sacarlas ), por otras, le pagué una pasta a alguien que hizo un
buen trabajo. Me obsesiona una. Aparece desnudo, en la ducha del gimnasio. Le
cae el agua por encima del estómago. Un vientre plano, musculado. Como el de
muchos de los modelos con los que me he acostado. Tiene el pene grande. Me
imagino qué debe sentirse teniendo semejante miembro en la boca, desgarrándote
las entrañas. Las sombras de saber que otra lo disfruta me hacen enfadar. Pero
pronto me someto al embrujo de las fotos. Y mientras mis manos se dirigen al
punto exacto, mientras mis dedos se encargan de proporcionarme el placer que
nadie más ha sabido darme, pienso en Miguel, en su cuerpo, en su cara de buen
hombre. En que pronto lo volveré a ver y lo disfrutaré, aunque sea de lejos, en
silencio. En que volveré a soñar que su
hija es mi hija, Que hay carne mía en el cuerpecito de la pequeña Luna. Y
mientras me corro entre gemidos, imagino la cara de Miguel mientras me folla
inmisericorde, mientras me pide que grite, que gima, que le pida que se corra
dentro de mi. Que me de aquello que me ha sido negado. “Eres lo que siempre
quise ser yo. Lo tienes todo” me dijo Charlotte la noche de San Juan mientras
me besaba. Si tú supieses, pequeña, si tú supieses……