jueves, 22 de agosto de 2013

SI TÚ SUPIESES... DESIRÉ

Me despierto en mitad de la noche, desorientada, y tardo un poco en recomponerme, en reconocer el sitio en el que me encuentro. Consigo calmarme y poco a poco voy poniendo nombre a todo. Categorizo, ordeno, y empiezo a respirar con calma. El bulto encogido a mi lado sopla feliz, ajeno a todo lo que me sucede. También lo ordeno en mi pensamiento: le doy una categoría, un nombre, un estatus. Aprendí  a hacer eso cuando me empezaron a sobrevenir los ataques. De pronto, me quedaba paralizada, sin saber qué ni por qué. Y encogida de miedo. Como si una mano helada me removiese las entrañas. Y me sentaba hecha un ovillo durante el tiempo que me duraba el ataque, hasta que este remitía y caía rendida por el sueño durante horas. Fue así durante la época más chunga, cuando un día sí y otro también  perdía los nervios, la paciencia, cuando el llanto me sobrevenía sin previo aviso y me dejaba hecha un guiñapo, como si una bestia enorme hubiese decidido, tras mucho masticarme, que le sabía amarga, y me hubiese escupido en mitad de un páramo solitario. Fue así hasta que Ana, harta de llamarme al móvil porque a mi me había dado por desaparecer en plena presentación de la nueva temporada de nuestra colección de primavera-verano, entró en mi casa usando la llave que una vez le di, y me vio tirada en la cama, oliendo como el cubo de la basura, rodeada de cajas de pastillas acabadas en –zepam y con un ejército de cucarachas conquistando la cocina. Así que Ana, la Ana que lleva toda la vida cogiéndome de la mano, sin soltarme; la Ana capaz de no juzgarme ni condenarme pero que cuando se sienta ante mi me deshace las costuras. Ana, tan fantástica y a la que debo tantas cosas que necesitaría vivir nueve vidas con un karma inmaculado para igualarme a ella, para ponernos a nivel, esa Ana se echó el peso del trabajo a su espalda, consiguió quitarme de encima a los perros y las perras que iban olfateando mi miseria y me mandó con su amiga Alicia, una terapeuta estupenda, después de que en el hospital consiguiesen limpiarme un poco la mugre que había acumulado por dentro y por fuera.
Miro la hora en el móvil, las cinco y cuarto, y convencida de no poder dormir más, me pongo una camiseta, cojo un porro del cofre donde guardo la hierba y me salgo a la terraza a ver amanecer. Desde aquí puedo ver casi toda Barcelona, y a lo lejos, por la zona de la playa, se ven aún las estelas de los cohetes de la gente que sigue celebrando la verbena de San Juan, aunque se empieza a respirar esa tranquilidad que precede al final de una fiesta. En mi calle, ocho pisos más abajo, alguien tira un petardo de gran potencia. Después, se escucha un chirriar de ruedas y un coche acelera dirección a la montaña.  Fumo, y mientras exhalo el humo vaciando mis pulmones lentamente, disfrutando del efecto casi inmediato que el tetrahidrocannabinol produce en mi sistema nervioso, alejo poco a poco de mi las últimas sombras de mi pesadilla. Confieso que nunca recuerdo lo que sueño, que soy incapaz de reproducir la más ínfima de las imágenes que me acosan hasta hacerme sudar y temblar, hasta conseguir que me levante gritando y llorando como una niña pequeña. En eso Mai es la especialista. Dice que sus sueños la regulan, la equilibran, la conducen a través del camino correcto, como si su subconsciente fuese una especie de gurú, un analista tan bueno capaz de resolver las ecuaciones más complicadas, las que dan paso a la optimización de los recursos, a la vida sencilla, al camino alejado de las piedras y de los recovecos oscuros. Mai se fía de sus sueños como un marinero se fía de la luz de un faro, y se alegra de ver el destello porque en él reconoce un manual de instrucciones, la solución a un acertijo planteado. Mis sueños no tienen nada que ver con eso. Son como si me arrojasen a una habitación enorme, a oscuras, con unas paredes tan descomunales y lisas que impiden la orientación.
A lo lejos escucho ruido de sábanas, y una voz demasiado estridente para mi estado que me llama. El bulto, claro, pienso. Charlotte. Rubísima, monísima, francesísima. Modelo del año según Marie Claire. Encantada de desfilar para nosotras. Y ansiosa por meterse conmigo en la cama. La escucho y sé que será mi próximo dolor de cabeza. Que su enfermiza obsesión por mi, por mi talento, por todo lo que digo y hago no harán más que acrecentar la brecha que ya se ha abierto entre nosotras, que empezó a ensancharse tan pronto como tuve mi último orgasmo. Charlotte, que tampoco comprenderá que no la quiera, que la rechace, que no tome posesión de su cuerpo, de su destino; ella que está acostumbrada a rechazar a todo el mundo de repente probará el amargo sabor del abandono. Como todos y como todas. Aunque esté mal decirlo. Totalmente hipnotizados por el encanto de Desiré. Amantes, amigos, enemigos, perros y perras varios que rechinan los dientes muertos de envidia cuando saben de mi vida, cuando descubren que de nuevo le hemos dado una patada en el culo a las convenciones estéticas, que otra vez nos llevaremos de calle todos los elogios y que los modernos, los hipsters, las socialités reconocidas y las que viven con aspiraciones de serlo, perderán el culo por ponerse nuestra ropa. Todos menos Ana, que me conoce, que es como si fuese mi yo interior equilibrado que un día se cansó de vivir en mi cuerpo, maltratado  y maltratador, pero que no pudo evitar los remordimientos y lejos de abandonarme se quedó a mi lado para ayudarme a seguir cuando me fallasen las fuerzas. Y yo, mi peor enemiga. El alimento de esos bichos que viven en la ciénaga en la que a veces se convierte mi cabeza, capaces de gritar tanto, de reírse tanto de mi, de hacerlo con tanta fuerza que a veces no entiendo como el resto del planeta no escucha las risotadas que se escapan a través de las paredes de mi cráneo.
Charlotte se acerca desnuda y me abraza por detrás, envolviéndome entre sus brazos y el olor de su perfume, Dahlia Noir, Es más alta que yo, con la piel muy blanca, senos pequeños pero perfectos, y ojos de color gris. Aún desprendida de todo glamour, con el pelo enmarañado y cara de sueño, sigue siendo aterradoramente bella. Me besa en el cuello y me quita el porro de las manos. Como la mayoría de gente que conozco en el mundillo, Charlotte es politoxicómana. Cocaína para aguantar el ritmo y estar siempre estupenda, hachís para matar el hambre, M para ir de fiesta y valiums y otra enorme ristra de tranquilizantes para poder dormir sin que el peso de la responsabilidad que han colocado sobre sus hombros la deje clavada en el sitio. Tiene 18 años, una niña, una bella doncella de oro, que lleva siendo una joya bella, un diamante al que todo el mundo quiere contemplar y que todo el mundo quiere poseer desde la edad en la que muchas niñas siguen jugando con muñecas.
- Pourquoi êtes-vous ici? Tout va bien? – me pregunta.
- No te preocupes, cielo. No tenía sueño y me salí a fumar a la terraza. Además, me gusta esta hora tranquila del amanecer.- Le contestó en inglés, porque nunca he sido capaz de hablar ni una palabra del idioma de Voltaire. Y no es que la lengua de mis admirados Blur se me dé estupendamente. Para eso está Ana, capaz de manejarse tranquilamente en seis lenguas. Seis. La muy guarra….
- No quería molestarte…quieres que me vaya? Es que me he despertado y al no verte en la cama……
- No te preocupes, está bien. No me importa compartir este momento. Pero mejor en silencio, de acuerdo?
Charlotte asiente en silencio y se pega a mi. Acomoda su cabeza en mis hombros y durante un rato vemos cómo el cielo se va tiñendo de colores. Primero el lila desgastado, luego el azul, para dar paso a un rosa anaranjado, mientras el sol de despereza por encima del mar a la altura de la costa del Maresme. Cuando la muerte de la noche ya es más que definitiva, nos volvemos a la cama, y durante un rato me haré a la idea de que en realidad quiero a Charlotte, de que me siento privilegiada y elegida, o tan privilegiada y elegida como ella, de estar donde estoy con quien estoy. Aunque la realidad pinte una escena en la que me despierto sola y liberada del peso de todo mal y de la responsabilidad de tener que decirle a la niña ninfa “au-revoire”, hasta aquí hemos llegado, no te lo tomes a mal cielo pero lo nuestro es imposible.
- Lo del Pachá de Ibiza con Steve Aoki ya está firmado, Desi. No sé qué maravillas hiciste con aquella gente, pero hay que reconocer que casi de mean encima del gusto cuando les dijimos que sí.
La que habla es Ana. Mi Ana. Se ríe mientras me lo cuenta, y me mira a través de sus gafas de ejecutiva hipster para que le cuente los detalles escabrosos. Aunque la verdad, esta vez no ha habido nada raro de por medio. El jefe de promociones del grupo Pachá es un gay encantador que comparte conmigo sudores y esfuerzos en las clases de spinning en la que todos los pijos de la ciudad vamos a torturarnos cuatro días a la semana. En su caso, para mantener un cuerpo que es la envidia de modelos, artistas y cualquier mariposón que conozca al bueno de Joan. En el mío, para evitar que mi metabolismo haga el efecto palomita y me salga el culo que mi madre, mi hermana y mis tías lucen desde los treinta, año arriba o abajo. “Ya te tocará, estupendísima”, me dicen para pincharme. Y  sé que tienen razón. Que más tarde o más temprano ese culo marca de la casa entrará sin avisar, sin decir ni hola, el muy hijoputa, y se quedará a vivir conmigo para siempre. Todo lo contrario que mis amantes.
-Ya sabes que tengo buena relación con Joan –le digo a Ana- y participar en la clausura de Pachá es una oportunidad genial de promoción. Además, Joan es un puto encanto, y sé que se moría de ganas de tenernos allí. Aunque a mí me sobra el soplapollas de Aoki.
- Es una mierda de dj, pero mueve masas., Además, nosotras estaremos demasiado ocupadas como para prestar atención a la sesión.
Miro a Ana y sabe lo que estoy pensando. Que en el fondo, o quizás no tan en el fondo, todavía seguimos estando sorprendidas, abrumadas, extasiadas. Que cuando nos sentamos a pensarlo fríamente, con una cierta distancia, nos seguimos mareando. Que hace ocho años éramos dos chicas de barrio recién salidas de la escuela de diseño. Que en la puta vida hubiésemos pensado en pisar Pachá, porque nosotras éramos alternativas, punkis, góticas. Y sin embargo, el destino era una chistera de mago de la que salía de todo lo bueno,  todo aquello que nunca en la vida hubiésemos podido soñar. Fama, reconocimiento, dinero. Portadas en las mejores revistas, artículos en diarios de todo el mundo. “Weird Fishes” ( bautizamos así a nuestra marca después de un concierto de Radiohead en Londres ) representado como la Meca de la moda, del mejor diseño catalán que extiende su fama por todo el mundo civilizado. Y el dúo maravillas, Desi y Anita, Anita y Desi, la ejecutiva y la extravagante, encumbradas más allá de donde incluso nuestra vista nos permite ver.
- Estará bien. Podríamos decirle a estos que se viniesen. Que se estiren los de Pachá y nos reserven habitaciones en el hotel para todos. Va a ser guay, ahora que Arturo va a estar otra vez viviendo en Barna., Podríamos aprovechar para pegarnos una fiesta de esas nuestras, de las de antes. Miguel y Luisa, Arturo, Mai, nosotras dos. Los de siempre, pero a tutiplén.
Ana me mira divertida, pero sé que le gusta la idea. Que ella había pensado lo mismo y estaba punto de decírmelo.
-Llama a Joan y díselo, seguro que a ti no te lo niega –me contesta. – Hablando de vernos todos, acuérdate que el domingo de la semana que viene comemos en casa de Miguel y Luisa. Celebraremos el cumpleaños de la pequeña Luna.
-Tranquila, Ana, sabes que no fallaré y que no se me olvida - le digo.

Cuando Ana se va cierro la puerta de mi despacho y me pongo a trabajar sobre algunas ideas. Suena Björk, como casi siempre que tengo que crear. Me gusta la loca islandesa de las narices. En parte, me siento identificada con ella. No demasiado guapa pero deslumbrante. Quizás a su pesar. Me da la sensación que persigue alguna quimera. Igual que yo. Que sueña con tener lo único que no puede alcanzar. La única cosa en el universo que la motiva, que le pone las pilas, Dejo el ordenador y abro el cajón donde tengo el sobre con las fotos. Algunas son mías ( fue fácil sacarlas ), por otras, le pagué una pasta a alguien que hizo un buen trabajo. Me obsesiona una. Aparece desnudo, en la ducha del gimnasio. Le cae el agua por encima del estómago. Un vientre plano, musculado. Como el de muchos de los modelos con los que me he acostado. Tiene el pene grande. Me imagino qué debe sentirse teniendo semejante miembro en la boca, desgarrándote las entrañas. Las sombras de saber que otra lo disfruta me hacen enfadar. Pero pronto me someto al embrujo de las fotos. Y mientras mis manos se dirigen al punto exacto, mientras mis dedos se encargan de proporcionarme el placer que nadie más ha sabido darme, pienso en Miguel, en su cuerpo, en su cara de buen hombre. En que pronto lo volveré a ver y lo disfrutaré, aunque sea de lejos, en silencio. En que volveré a soñar que  su hija es mi hija, Que hay carne mía en el cuerpecito de la pequeña Luna. Y mientras me corro entre gemidos, imagino la cara de Miguel mientras me folla inmisericorde, mientras me pide que grite, que gima, que le pida que se corra dentro de mi. Que me de aquello que me ha sido negado. “Eres lo que siempre quise ser yo. Lo tienes todo” me dijo Charlotte la noche de San Juan mientras me besaba. Si tú supieses, pequeña, si tú supieses……

jueves, 11 de abril de 2013

ÍÑIGO MONTOYA: ARTURO


Cuando era pequeño, mi película favorita era “La Princesa Prometida”. La vi por primera vez con éstos,  en el cine del barrio, y no paré hasta conseguir que me la regalasen, para mi cumpleaños, en VHS. Así podía verla siempre que quisiese. Y eso hice. Verla tantas y tantas veces que hasta memoricé los diálogos. Me gustaba tanto, que en Carnaval los convencí para  disfrazarnos como los personajes de la película. Por supuesto, me reservé el disfraz de Iñigo Montoya para mí. Porque en realidad, yo quería ser Iñigo Montoya, el espadachín, el caballero tierno, valiente, con honor. Y conquistar el corazón de mi princesa. Normal…¿quién no ha soñado con eso alguna vez?
Me acuerdo de eso mientras paseo por última vez por la orilla del Pacífico. Es un sitio cojonudo que descubrí al poco de llegar aquí. No tiene nada que ver con las playas que yo conocía, esas en las que reventábamos las horas de críos, mientras veíamos pasar los aviones que iban y venían del Prat por encima de nuestras cabezas. Tampoco es la típica playa yanqui que sale en las pelis o en las series, con vigilantes cachas y macizas recauchutadas. A decir verdad, es una playa poco dada al baño, con el agua fría como un demonio y muchas corrientes. Pero se está bien: no suele estar muy transitada, y lleva el nombre de mi abuelo, Gregorio. Creo que será lo único que eche de menos el día que me vaya. O quizás no, no sé. Siempre he tenido la sensación de estar a medio camino de muchos sitios. Cuando me fui, me esforcé por echar de menos Barcelona,. Por sentir esa necesidad. O mejor dicho,  necesitaba saber si dolía eso de que alguien te dijese “Arturo, no te vayas, quédate, te voy a echar de menos y mi vida no va a ser tan vida si tú no andas a mi vera”. Por supuesto, nadie vino a decirme tal cosa. Y creo que tampoco hubiese sabido qué cara poner de haber sucedido. Mi madre sí se pasó los dos meses anteriores a mi partida llorando. “Mi niño, que se me va con los americanos”, le decía a las vecinas. “Le han ofrecido un puesto de mucha importancia”. Y notaba cómo le brillaban los ojos mientras lo explicaba y sonreía. Y no es que quisiese tenerme lejos, pero como siempre decía, yo debía triunfar en el “extranjero”. Así, tal cual. “Tú eres diferente a los chicos de este barrio. Aquí no pintas nada. Vuela alto, llega hasta donde nadie haya podido llegar aún”. Además, por aquellos años ya andaba viéndose con Vicente. Y que conste que no lo digo con afán de criticarlos: ni al uno ni a la otra. Mi madre sufrió mucho mientras mi viejo vivía con nosotros dos. Putero, borracho, vago…y alguna hostia que otra se le había escapado. Así que el día que se fue para no volver no supuso ningún drama. Nos acostumbramos a la nueva situación, y nos bastamos durante muchos años con tenernos el uno a la otra. Además, Vicente es un tío de puta madre. Había sido el encargado de la fábrica en la que curraba mi madre. Pero no era un encargado chungo, ni un chaquetero, ni nada de eso. Es muy rojo, y alguna hostia le había caído cuando corría delante de los grises. Y quiere a la Julia, como él dice. “La Julia es mucha Julia, Arturo. Cómo no quererla…Yo ya estaba enamorado de ella cuando estaba con el cabrón de tu viejo. Porque tu viejo era un cabrón, y perdona que te lo diga así de llánamente”. Eso me lo confesó una noche, la última vez que estuve aquí, hace dos o tres años. Íbamos los dos bastante ciegos, y se puso en plan padre, con mucho colegueo y mucho rollo “yo te quiero como  a un hijo”. Y me sentí extraño. Quizás porque nunca un tío me había dicho algo así. O porque nunca he querido a nadie más allá de a mi madre. Y tampoco he sido como para que me den el premio al hijo amantísimo y protector del año. La soledad puede ser muy perra, muy hija de puta. Porque te puede desgarrar y hacerte sufrir. Pero también te puedes acostumbrar a su presencia. Y como te pongas la ropa que te regala, entonces… entonces te encierras en tu propio mundo y cada vez vas necesitando menos y menos de la gente. Hasta que ese eco sordo que te recuerda constantemente que quizás te estás perdiendo algo, simplemente se queda mudo y desaparece.
Probablemente la suma de todos esos factores dio como resultado el producto Arturo. O por lo menos, aquel Arturo. El niño gordo sin padre, más bien tímido, estudioso, rarito. El saco de los golpes de los abusones al que sus amigas y su único amigo, Miguel, tenían que defender siempre. El adolescente con acné y sobrepeso, total y absolutamente invisible para las chicas, sobresaliente en matemáticas y experto en informática, en juegos de rol, en metal escandinavo y otras muchas cosas que nadie, o muy poca gente, comprendía. Ese Arturo que durante los años de la carrera nunca bajó de 9, a pesar de esforzarse lo justo, y que con 22 años desarrolló una aplicación que resultaría tan crucial para lo que luego fue el correo de Google que el mismo jefe de personal de la sede central en California cogió un avión y se plantó en el despacho del rector de mi facultad, para saber si ese chico tenía planes para después de la carrera y para convencerlo de que lo que ellos tenían que ofrecerle no lo iba a superar nadie. Ese Arturo que se movía como pez en el agua en su propia soledad pero que no sabía qué normas seguir en grupos sociales que traspasasen los muros que conformaba el refugio de sus colegas del barrio.
Dejé de ser feo en el verano del 96. Lo llamábamos así, “dejar de ser feo”. Dejabas de serlo cuando te enrollabas con alguien por primera vez. Pero tenía que ser un beso con lengua, no valía cualquier cosa, y tocar, o que te tocasen, las tetas. Esto último lo puso como norma Desiré, que me consta fue la primera de todos nosotros que hizo algo. No es que sea la guapa oficial ( ese lugar siempre ha sido para Mai ) o la simpática ( para eso estaba Ana ), pero tenía tetas antes que le saliesen al resto y, como ella decía, “a mi no me van a entrar los tíos con esta mierda de la psoriasis. por lo tanto, mejor les entro yo y al menos los mangoneo como quiero.” Así que con trece años nos constaba ya se había enrollado con más de un tío y, según decía ella misma “se la había tocado a uno de diecisiete y se notaba que ya no era virgen”. Que a saber cómo pudo deducir todo eso ella solita, pero la poca experiencia que teníamos, la mayoría de nosotros ninguna, y el no tener a nadie más a quién preguntar hizo que Desiré se convirtiese en nuestra “Doctora Amor” particular. Detrás de ella le tocó el turno a Ana. O a Mai, no sé. Y casi con dieciséis años, y contra todo pronóstico, Arturo “el gordo” entró en el club de los “no-feos”. Aquel verano mi madre me mandó al pueblo, a casa de la abuela Engracia, que no era tal abuela sino una tía de mi madre, “pero siempre ha sido como una madre para mí, Arturo. Cuando faltó tu abuela ella se hizo cargo de mí y de tus tíos pequeños, y nos crió como a sus hijos Y ella te quiere mucho. Sólo van a ser quince días,  y también irá tu prima Elvira, la que vive en el País Vasco. Anda, que ya tendrás verano de sobras para golfear con estos por aquí.” Así que me compró un billete de tren y me envió a casa de la abuela, en la sierra sur sevillana. Y mientras iba mirando el paisaje por la ventana del tren pensaba qué cojones se me había perdido a mí en un culo de mundo como aquel, sin ordenador ni libros en los que refugiarme y teniendo que hablar y estar con una gente que de buen seguro me iba a caer mal. Y para colmo, con Elvira, a la que yo recordaba de cuando vino a mi comunión, como una niña pija e insoportable con coletas y que no dejaba de quejarse absolutamente por todo a su madre.  Había ido al pueblo siendo un crío, cuando el viejo aún vivía en casa y nos mandaba a mi madre y a mi a pasar los días más chungos de Agosto. Él no venía porque siempre tenía trabajo ( era camarero en un hotel pijo de Pedralbes ) e imagino que además, así aprovechaba que estaba solo para golfear a su antojo. Por aquel entonces el pueblo aún me gustaba: podía salir solo con los otros chiquillos porque no había peligro que nos pasase nada. Y nos pasábamos las siestas comiendo melones que robábamos de algún “sembrao”, cazando culebras o bañándonos en el arroyo. Luego el viejo se fue y dejamos de ir, hasta el preciso instante en que me bajé de “el Sevillano” en la estación de Plaza de Armas y el tío Venancio, el hijo menor de la abuela, me vino a recoger.
- “La abuela está contenta de verte. Hacía muchos años que no venías, y ella está convencida que el día menos pensado se muere. Le hace ilusión” – me decía Venancio mientras conducía y el coche enfilaba las primeras rampas de la carretera secundaria que iba a parar al pueblo – “Ya me imagino que con tu edad ya debes tener tu vida y tus novias y tus historias. Pero lo vas a pasar bien, ya verás. Hay unos cuantos chavales y chavalas de tu edad en el pueblo. Y tienes también a Elvira, claro”
Elvira era la hija de una prima de mi madre, la Virtudes, que había conocido a su marido, Ekaitz, un vasco que estudiaba en Madrid, donde ella estaba trabajando, y se habían terminado casando cuando este la dejó preñada. La familia de él veía con muy malos ojos que su niño, un pijo de Bermeo, se casase con una “maketa” sin estudios, pero la Virtu termino haciendo honor a su nombre, aprendió euskera, adaptó las formas a los gustos locales y del brazo de su marido se hizo un lugar en la sociedad bermeotarra, llegando incluso a formar parte de las lista del PNV, partido del que el bueno de Ekaitz era concejal..
- “Joder, te lo has traído todo puesto de Barna, por si aquí no te daban de comer?” – fue el saludo de Elvira.  Y aunque no me afectó lo más mínimo, la abuela sí que le echó la bronca, a lo que Elvira contestó que “era broma, que casi no había notado que tenía un poco de peso más de lo normal”, para luego darse media vuelta y decir que volvía en un rato.
- “No le hagas mucho caso, hijo mío. Está enfadada porque su madre la ha mandado al pueblo a ver si se endereza un poco. Que esta chiquilla va torcida. Las malas compañías, ya se sabe. No como tú, que me han dicho que lo has aprobado todo con sobresalientes. Sigue así, no termines como ese golfo de tu padre. Que tú vales para mucho más que él.”
A la abuela Engracia nunca le había gustado mi padre. Ni siquiera cuando era joven, y las engatusaba a todas con sus ojos verdes y sus modales de galán de cine. Le advirtió a mi madre que ese hombre la haría desgraciada. Y como la Julia no le hizo caso y fue mi abuela quien terminó teniendo razón, su pequeña victoria, su permanente “mira que te lo dije” consistía en ir despotricando de “ese golfo” cada vez que tenía oportunidad. Estuviese o no delante mi madre. Al poco de irse mi padre cogió el tren y vino a vernos, y antes de irse consiguió que su presencia y sus palabras impregnasen las paredes: “No os hace falta. Os tenéis el uno a la otra. Tienes un hijo por el que tienes que pelear, Julia. Que no se te olvide. Y tú, haz que tu madre se sienta siempre orgullosa de ti.”
- “Oye, no te mosquees por lo que te he dicho antes. No iba a mala leche, de verdad. Es que tengo un humor un poco rarito, Del norte, ya sabes….” – Era Elvira, que asomaba la cabeza por la puerta de la habitación al poco rato de haberse ido.
- “No te preocupes. La verdad es que estoy gordo. Y que no hago nada por dejarlo de estar. Supongo que debería, pero….”
- “Déjate de rollos. El día que quieras dejar de estar gordo, dejarás de estarlo. Mientras no te moleste una cosa o la otra, tú a tu bola. Hay que hacer las cosas como cada uno crea conveniente. Fiel a las convicciones. Y al que no le guste, que no mire.”
Aquel preciso instante miré fijamente a Elvira. E intuí que probablemente no fuésemos tan diferentes el uno de la otra. Que probablemente los dos vivíamos más y mejor de puerta adentro de nosotros mismos que de cara a un mundo que parecía importarnos lo justo.
- “Aquí hay algún sitio en el que uno se pueda fumar un peta? Vengo con monazo desde que llegué esta mañana a la estación de Sevilla.” – le pregunté a Elvira. Y su sonrisa me confirmó que ese vínculo que hasta yo había sido capaz de notar era sólido. Y que tenía visos de crecer.
- “Vaya, así que resultará que no eres tan panoli como yo creía.- me contestó riendo. Y me gustó su risa. No había acritud en ella – “Así que los genios también fumáis porros? Porque es verdad eso que dicen la abuela y mi madre,  que eres un genio?
- “Bueno, no sé si genio. Hay cosas que se me dan bien, pero es algo natural. No veo mucho mérito en ello. Es como saber correr bien. O como entrarle a las tías…. Y no sé el resto de esos supuestos genios. Pero yo tengo la mejor maría de toda Barna. Cosecha propia. En tu puta vida vas a fumar nada igual.”
- “Pues yo me sé de un sitio desde que el se ve todo el valle. Y la sombra de un árbol dictaminaré si esa maría que dices es tan buena o no. Que en Euskadi también fumamos, tío listo”.
El resto de los días Elvira y yo nos dedicamos a construir un mundo al margen del resto de la gente, una burbuja en la que cabíamos sólo los dos. Un lugar sin puerta de entrada conocida más que por nosotros, en el que podíamos ser nosotros mismos, y en la que aprendimos por primera vez en nuestra vida que todos tenemos un espejo. Creo que fue raro, tanto para ella como para mí, experimentar el tirón hacia otra persona en la que veíamos una película cuyo argumento el otro conocía de sobras. Y que nuestra propia miopía, elegida o impostada, era la que nos impedía ver en los demás aquello que nosotros creíamos tener en exclusividad. Elvira me contó que a sus padres en realidad les importaba una mierda que fuese o no con abertzales. – “la mayoría de los de mi cuadrilla son niños bien que juegan a ser rebeldes, como yo, y que probablemente terminen casándose con otra pija con perlitas y mechas rubias después de haber estudiado en Deusto u otra universidad pija de Euskadi o Navarra. A ellos lo que les jode es que tuviese un novio negro. Un americano mucho mayor que yo que conocí en el festival de jazz de Gasteiz y con el que tuve un lío, ni novio ni pollas. Pero claro, imagínate, una niña bien de Bermeo con un negro….Y de eso se escandaliza mi madre. Qué pronto se ha olvidado que a ella también la vieron casi como si fuese negra por ser maketa…Y como se querían ir de crucero y no me querían dejar sola, aquí estoy.”. – Y descubrí en los ojos de Elvira la misma soledad, la misma sensación de vacío que a veces había visto en los míos.  A pesar de tener, a priori, unos padres ricos y una familia estructurada. Esquemas que se repiten como los eslabones de una cadena que Elvira y yo estábamos soldando a fuerza de porros y conversaciones profundas.
- “Tú tienes novia, o algo parecido allí en Barcelona?” – me preguntó la última noche, antes de que me volviese al pueblo.
- “Tú me has visto? – dije muy serio – “Con esta pinta y este sobrepeso, quién coño se va a querer enrollar conmigo?. Tampoco es que lo haya buscado ni que lo necesite tanto como al parecer lo necesita todo el mundo. Ni creo que supiese ni por dónde empezar……”
- “No seas gilipollas, Arturo. Eres un tío muy divertido y sabes mil historias sobre mil cosas. No pillas cacho porque no te lo crees. Tíos más feos que tú se hartan todos los fines de semana. Además, eso de que no lo necesitas….No me jodas que pajas tampoco te haces, porque no me lo creo”.
Lo dijo seria, con sus ojos pegados a los míos. Sin el menor asomo de crítica. Como si de verdad no pudiese concebir nada más estúpido que el hecho de que Arturo no hubiese besado a nadie aún.
- “Cuando era pequeño, mi película favorita era “La Princesa Prometida”. La vi por primera vez con éstos,  en el cine del barrio, y no paré hasta conseguir que me la regalasen, para mi cumpleaños, en VHS. Así podía verla siempre que quisiese. Y eso hice. Verla tantas y tantas veces que hasta memoricé los diálogos. Me gustaba tanto, que en Carnaval los convencí para  disfrazarnos como los personajes de la película. Por supuesto, me reservé el disfraz de Iñigo Montoya para mí. Porque en realidad, yo quería ser Iñigo Montoya, el espadachín, el caballero tierno, valiente, con honor. Y conquistar el corazón de mi princesa. Normal…¿quién no ha soñado con eso alguna vez?. Y sí, sí me hago pajas. Muchas.”
- “Y alguna vez, en estos días que estamos aquí, te has hecho alguna paja pensando en mi?”
Me lo dijo a dos centímetros de mi cara. En un susurro, sin dejar de mirarme. Y no hizo falta que asintiese, porque lo vio escrito en mi cara, vio el fuego en mis ojos, ese que nadie hasta aquel momento había sabido encontrar. Acercamos nuestras bocas, torpe la mía, la suya con sed por encontrar mi lengua y retorcerla con la suya, y noté por primera vez el tirón de una erección como causa y consecuencia de sentir y provocar deseo. Me cogió de la mano y me llevó detrás de unas rocas. Estábamos en la montaña, con el pueblo a nuestros pies y debajo de un cielo tan repleto de estrellas que parecía que se fuese a derrumbar sobre nosotros. Lo hicimos dos veces, o sería mejor decir que ella me enseñó lo que debía hacer. Luego nos vestimos y nos volvimos al pueblo. Al día siguiente, cuando me desperté y fui a su cuarto para buscarla ya no estaba allí. La abuela me dijo que se había ido temprano, que no sabía dónde podía ir con tanta prisa, y que seguro que había tomado algo porque llevaba los ojos rojos, como si se hubiese pasado la noche entera llorando. No dejó que me despidiese, ni contestó a ninguna de las llamadas que hice preguntando por ella a su casa, en Bermeo. Me borró de su vida para evitarse el dolor de mi recuerdo, y a mi no me quedó más remedio que hacerlo también. Luego volví a mi vida, a esa carrera sin freno que me llevo años después hasta la playa de San Gregorio, a orillas del océano Pacífico. Ni siquiera me molesté en explicarles la historia a estos. Para qué? Hubiese sido complicado porque ni yo mismo era consciente de lo que había pasado, ya no sólo aquella noche, sino el resto de aquel verano, mucho después de haber tocado con mis dedos la piel de Elvira.
Recojo las últimas cosas esparcidas por mi apartamento y las meto en una caja. No me voy a llevar nada. Libros, estanterías, la cama….todo lo dejo aquí. Lo único que me  llevo es  el ordenador en el que mando un correo a Luisa: “Vuelvo a casa dentro de dos semanas. Tengo ganas de verte. Y de darle un beso a tu hija. A nuestra niña. Arturo.”. 
Luisa. Y la pequeña Luna. La misma que heredó los mismos ojos verdes que yo heredé de mi padre y en los que se miró Elvira aquella noche, hace años. Los mismos ojos que miraron a su madre otra noche años después y que despertaron de nuevo a Iñigo Montoya, Vuelvo a casa., Vuelve Arturo “el gordo” que ya no está gordo y que quiere ser más Íñigo que Arturo. Aunque no sepa en realidad qué hacer con el producto de su realidad. 

lunes, 25 de febrero de 2013

PUENTE AÉREO: BCN-YUL


(...) siente pena de que el corazón aprenda despacio
lo que la ágil mente contempla a cada rato.
- Edna St. Vincent Millay –
men señara la voz del mar 
men señara a no llorar 
men señara a reconocer 
que el daño que hay te enseñará a crecer 
men señara a ver sus ojos aunque no esté.
“Me enseñará” - Bebe –

-1-
- Espérame mañana donde siempre. A eso de las cuatro. Te quiero llevar a un sitio fantástico.
No sé por qué a la gente le da por irse a vivir al campo. Es algo que nunca he terminado de comprender. Quién en su sano juicio prefiere las desoladas calles de un pueblo o una ciudad pequeña un domingo por la tarde a la posibilidad de toparte con una emoción nueva en cada esquina? Yo que he vivido, y quizás debería decir sufrido, ambas, no tengo duda alguna. Me encanta mi ciudad, sus callejuelas en la parte vieja, el poder correr junto al mar casi todo el año, el subir a las faldas de la montaña que la rodea y sentir que todo eso, en mayor o menor medida, me pertenece. Formo parte de un ente vivo, enorme. Soy una de las células que componen este organismo. Y reconozco que me gusta formar parte de ese enorme conjunto. Una gran orquesta que, a pesar de algunos desatinos, suele tocar de manera melodiosa la mayoría de las veces.
Explico todo esto porque estoy totalmente convencido que de no haber sido por esta ciudad,por sus calles, jamás hubiese conocido a Lenny. En qué otro lugar, si no, me hubiese topado con una canadiense perdida, mirando para todos los lados, sin saber qué camino seguir, cuál va a ser la calle que la saque a esa avenida grande, conocida, al punto “X” que todos usamos como referencia cuando queremos orientarnos.
-  Are you lost? Estás perdida? – le pregunto. Creo que primero la asusto. Y que luego le da vergüenza haberse sabido observada mientras dudaba, Tiene una belleza particular, extraña. El pelo largo y oscuro. Facciones que podrían ser europeas, mediterráneas, con la piel blanca, y ojos azules heredados de algún antepasado del norte. No demasiado alta ( perfecto,pienso ), adornada con un cuerpo de formas redondas. Feminidad rotunda, a gritos, Por suerte, totalmente demodé.
- Mmm..yes.I think I’m….creo que no sé muy bien por dónde ando..- Habla bien español, con un suave deje de algo que identifico como francés, aunque su inglés es impecable. –Me despisté mientras caminaba y ahora no sé bien dónde estoy. Llevo pocos días en Barcelona. Se nota, verdad?
Ríe por primera vez y me gusta cómo ríe. Sus ojos me miran de forma curiosa, una vez superado el primer momento. Abandona la desconfianza a la segunda frase. Y mi instinto me dice que acabo de saltar el primer escollo. Me cuenta que es de Montreal, que su empresa, una multinacional de las telecomunicaciones, la ha enviado a Barcelona a dirigir la sucursal en España y Portugal, que tiene para dos años y que luego ya se verá. Que había visitado Barcelona anteriormente, una más de esas etapas en las que los americanos visitan Europa en viajes exprés en los que en once días recorren miles de kilómetros, y que se había quedado con ganas de más. Me cuenta todo eso mientras vamos caminando despacio, ella arrastrando una de esas bicicletas de alquiler que tanto éxito han tenido, camino de una focacceria que conozco cerca de allí, detrás justo de la catedral. Porque sin saber cómo ni de dónde he sacado un encanto que ni yo mismo conocía, y sin parecer que quiero ligar con ella la he convencido para tomar un café, para explicarle todo lo que necesite saber de mi ciudad y para que termine de contarme cómo a pesar de estar a veinticinco grados bajo cero la gente de su ciudad no pierde la oportunidad de salir a cenar con los amigos. Y si el final del camino pasaba por poner mis labios sobre los suyos, después de haber devuelto la bicicleta y de haber empalmado los cafés con un paseo y una pizza, prometo que no fue calculado, que todo fluyó, igual que un río nace siendo un chorro minúsculo de agua, sin saber que al final del camino podrá sostener el peso del mundo sobre sus hombros.
-2-
Querer a alguien debería ser como estar de vacaciones. Como ese hormigueo que te entra cuando, la mañana del primer día de tus vacaciones, coges el coche para ir al aeropuerto, para tomar ese avión que te va a llevar a aquel lugar con el que tanto has soñado. El cuerpo tibio, el corazón hinchado y muy rojo, como dicen en aquella película de Médem, y la línea de flotación por encima de la del resto de los mortales. Querer tendría que ser como mirar el mundo desde lo más alto, desde la cesta de un globo. Subir tan y tan alto que no se distinguiese la línea de los países, que los continentes formasen un conglomerado marrón. Sin diferencias, ni fronteras, ni espacios que alejasen a las personas. Querer debería ser como un camino empedrado, el espacio más corto entre mi A y tu B, o como esa fuente que encontramos justo en el preciso instante que la sed empieza a golpear en nuestra garganta. Querer debería ser una ciencia exacta, el resultado de la suma de nuestras intenciones, nuestros deseos, nuestros desvelos. Querer debería ser poder multiplicar posibilidades y restar miedos. Querer es ver a Lenny empujar su bicicleta por el pasillo de su casa, ver resplandecer sus ojos mientras hacemos el amor, como dos trozos de cielo que se expanden en todas direcciones. Querer es los sábados por la mañana en la cama y los miércoles por la noche viendo alguna película en V.O en la filmoteca; coger los miedos, las frustraciones y las sombras, meterlos en una bolsa de basura y sacarlos a la calle para que el servicio de limpieza se los lleve bien lejos de madrugada.
- 3 -
Nos hacemos una foto con Barcelona de fondo un día que subimos a un observatorio meteorológico. Salimos dándonos un pico, muy sonrientes, Recuerdo que es una mañana de mucho aire, y que después de varios días de lluvia, el viento se ha llevado cualquier rastro de nubes y sombras, y la ciudad brilla bajo el sol aquella mañana de sábado. Le digo a Uri que parecemos un anuncio de Tommy, o cualquiera de esas marcas pijas. La ciudad, con sus edificios emblemáticos, brillando como cristales bajo el sol, la Sagrada Familia a nuestra izquierda, y nosotros en el centro de la foto, con luz propia, al margen de lo bueno y lo malo que pasa en el mundo. Miro la foto en la pantalla de mi tablet, suspendida a 36 mil pies por encima del Atlántico, mientras vuelo camino a esa ciudad que hasta hace poco era mi casa, y cuya definición debo ajustar de nuevo, dado que no sé cómo ni de qué forma encaja en mi vida ese nuevo/viejo mundo. Me sorprendo a mi misma de  lo rápido que he olvidado la falta de misericordia del invierno quebequois cuando salimos del Trudeau para ir a buscar nuestro coche. Han venido todos: papá, mamá, mi hermana Camille y Jacques, su novio. Todos ansiosos por contarme y que les cuente. En ese momento me doy cuenta de que los he echado de menos, pero no de la forma que yo suponía que iba a hacerlo. No aferrada a la tristeza de no poder tenerlos, a esa reclusión a la que te condena el desamparo de estar sola a miles de kilómetros de los tuyos, sino a esa sensación de necesidad de compartir, de contar, de querer hacer partícipe a los que quieres de que la vida  te brota desde el interior de los huesos, de que te faltan colores en la paleta para pintar esas nuevas sensaciones, de explicarles que tu vida es ahora un campo de flores, Así que empiezo a hablar y sin darme cuenta me desbordo, como un río en plena crecida, y les hablo de la ciudad, de la maravillosa arquitectura de Gaudí, de que hay catalanes “locos” que escalan unos encima de los otros, como si quisiesen tocar el cielo, como si quisiesen imitar a las torres modernistas que salpican la ciudad, y que a eso le llaman “castells”. Les cuento que el mar es azul la mayoría de los días, Igual que el cielo, y que cuando el viento del norte sopla fuerte y la ciudad se saca de encima las telarañas ambos parecen querer competir en deslumbrarnos. Les explico que los ciudadanos más  pobres de la ciudad, los del barrio de pescadores, se empeñaron hace casi mil años en construir una catedral con sus propias manos y medios,  y le pusieron el nombre de su patrona, Santa María del Mar, porque a ella se la dedicaban para que no los desamparase en mitad del mar. Y sobre todo les hablo de Uri. De cómo me rescató en mitad de la calle, de cómo me sigue mirando igual que el primer día, como si el mundo no existiese más allá del territorio de mi piel y mis huesos. Les hablo del amor profundo por su trabajo, de cómo pone mimo y empeño en hacer especial cualquier cosa, de sus ansias por devorar la vida, como si se moviese guiado por una atroz hambruna. Expulso todas las palabras acumuladas en mi interior y cuando termino estoy exhausta y feliz. Y me doy cuenta de que por primera vez en mucho tiempo me quiero sentar y ver pasar en el mundo. Porque por fin formo parte de un lugar, de un conjunto, De que ya no quiero ser más un verso suelto. De que un pensamiento puede ser único, genial, irrepetible, Una unidad bella en si misma. Pero que es mucho mejor formar parte de una idea, de un discurso.
- 4 –
Las cosas bonitas siempre les suceden a los demás. Tuve que borrar ese axioma de mi vida. Jamás una frase tan rotunda se había hecho añicos de manera tan contundente. Tan decisiva. Nos fuimos a vivir juntos tan pronto Lenny volvió de sus vacaciones de navidad con su familia. Volvió con una invitación debajo del brazo: la de ir en Julio a visitar a su familia, a conocerlos. Te gustará el verano de Montreal – me dijo. Y yo pienso que cualquier cosa de la que ella forme parte me gustará. Que el epicentro es su sonrisa, su manera aún torpe de combinar las formas de ser y estar en catalán, su afición por el pan con tomate y los “dimonis”. Su empeño porque cada día sea como el descubrir una especie nueva. El interés mutuo porque la vida del uno y de la otra se fundan. Así que me he apuntado a clases de francés. Y por las noches practicamos un rato mi francés y su catalán. Y nos gusta decir que hemos inventado el primer puente aéreo entre Barcelona y Montreal. Que propondremos que ambas ciudades se hermanen. Y que nos hagan primera dama y primer “damo”. Las cosas bonitas ya no siempre le pasan a los demás. Verdad, Lenny?

viernes, 8 de febrero de 2013

JET LAG. LUISA.


“Hola, mami, FELICIDADES!!!”
Me despiertan los grititos y las palmadas de mi hija Luna. Abro el ojo y veo su carita sonrosada como un melocotón a menos de un palmo de la mía. Lleva puesto su pijama favorito, uno con dibujos de pingüinos de Linux que nos envió Arturo el año pasado desde California  –“Son lo más en moda geek”- nos decía en su nota – y el pelito recogido en dos coletas. Tiene los ojos grandes y redondos, de un verde intenso, como esos personajes de Anime. Exactamente igual que su padre.
“Ven aquí, tesoro. Me voy a comer a mi melocotoncito favorito”
La abrazo bien fuerte y aspiro su olor. Alguien podría pensar que estoy loca, pero reconocería el olor de mi hija con los ojos cerrados., Sin necesidad de verla o de escucharla hablar. Sólo oliéndola y recorriendo con la punta de mis dedos su piel, igual que un cartógrafo reconoce hasta el último palmo del terreno que tiene que dibujar. Puedo renunciar a los otros tres sentidos. No los necesito para nada: mi hija es mi obra, mi orgullo. Cuando me la pusieron entre los brazos, después de horas de dolor, de juramentos, de pensar que no sería capaz de sacarla de mi interior, que comenzaría mi camino como madre de la peor de las maneras posibles, dormida, sin verle la carita antes que nadie; después de todo ese viaje, el verla llorar desconsolada entre mis brazos se llevó el dolor, como un vendaval se lleva la ropa mal tendida. Y una energía nunca antes conocida se abrió paso en mi interior. Una fuerza y una valentía descomunales, que jamás había sentido en toda mi vida. Y noté el vínculo que no había notado durante todo el embarazo como un latigazo. “Te voy a querer como nunca he querido a nadie” - le dije. Y sabía que era verdad. La mayor verdad que alguna vez hubiesen pronunciado unos labios.
“Hola preciosa. Felicidades. ¿Qué tal sienta cumplir un año más?”
Miguel está detrás de la pequeña Luna. Le sostiene los hombros con sus manos grandes, mientras ella me abraza. Sigue estando guapo, con esa belleza que algunos hombres saben conservar más allá de los treinta y tantos. Aún es capaz de salir a correr unos cuantos días a la semana durante una hora. Y de jugar a fútbol sala con los compañeros del colegio dos días a la semana. Es un padre magnífico. Excepcional. Y un buen compañero de viaje.
-- Lo vuestro es admirable  –me decía Mai mientras nos tomábamos una cerveza donde Juanjo -  Lleváis cuánto juntos, ¿quince años?..Y aún os queréis igual que siempre. ¿Dónde está el truco?
- No seas exagerada. Llevamos once años juntos. Y no todo son flores y violas, que también hemos pasado lo nuestro. Supongo que se trata de dar con la persona adecuada. De saber ver qué es lo que te conviene en cada momento. Y dejar que las cosas fluyan y sucedan…..
“Bien, gracias, supongo…Aún no me siento más vieja que ayer” – le digo sonriente, medio dormida todavía. Y me mira con esos ojos con los que Miguel siempre me ha mirado. Desde que nos sentábamos en el parque a ver pasar la vida, con quince o dieciséis años.  O más aún. Desde aquellos veranos en la playa, cuando la playa no era el sitio de moda que es ahora, sino un trozo de arena entre descampados. El bueno de Miguel, siempre al lado de Luisa.  De manera discreta, sin hacerse notar demasiado, pero expandiendo su calor y su bondad y haciéndolas llegar hacia mí.
“Oye tía, ¿tú y Miguel qué?”  –me preguntó Ana una noche de hace casi mil años, de sopetón, casi a empujones. 
“¿Yo y Miguel qué de qué?”  – le respondí. Íbamos borrachas después de todo el día de fiesta y bebiendo para celebrar el final de los exámenes de Enero.
“Joder, ya sabes, si te mola. Si tenéis algo. Si habéis follado o pensáis hacerlo”  ( aquellos que conozcáis a Ana de la tele y de los desfiles de moda, que sepáis que siempre ha sido una carretera hablando, y que lo de chica fina y moderna lo reserva para el trabajo. )
“Nooo. ¿Por qué dices eso? ¿Qué pasa, que te gusta o algo y quieres saber si tienes vía libre?”
“No seas gili, Luisa,. Sabes por qué lo pregunto. Vais siempre juntos, sois vecinos desde chiquillos y veis la vida de manera parecida. Además, Miguel es demasiado buen nene para mí. Ya sabes que a mí me ponen los tíos más punkies y malotes…..¿Y tú has visto de qué forma te mira? Te devora. Además, es perfecto para ti. Creo que todavía es virgen….”
Nos reímos de esto último, aunque yo le riñese y le dijese que era una hija de puta por reírse de eso. Nos reímos y no volvió a salir el tema durante el resto de la noche,  pero las palabras de Ana hicieron click en la bombilla, como un interruptor. Y durante unas pocas semanas no dejé de pensar que sí, que quizás lo que a mí me convenía era alguien como Miguel, alguien firme, leal, bueno. Y que no era feo después de todo. Que a lo mejor no tenía una chispa capaz de causar incendios, pero sí la suficiente cantidad de calor como para calentar un corazón como el mío. Y que puestos a elegir a alguien con quien compartir la vida, ¿por qué no una persona de la que sabes qué esperar?. Porque para sorpresas, y monstruos que salían de la piel de hombres tan guapos y simpáticos que eran  capaces de parar el tráfico aéreo del Prat, ya tenía las historias que me contaban mis amigas. Así que me decidí a abordarlo, porque si a alguien le correspondía el rol de macho alfa, ese que toma la iniciativa y saca a la chica al centro de la pista, era a mí. Porque sabía de sobras que Miguel y su discreción, Miguel y su timidez, Miguel y esa cara de “soy virgen y se me nota porque no intento disimularlo” no serían capaces de dar el primer paso, Aunque las señales que le mandase mostrando la mejor disposición del mundo fueran detectables desde dos o tres galaxias de distancia. Por lo tanto, podría decir que me camelé a Miguel, aunque en realidad no me costase mucho hacerlo. Creo que el beso de tornillo que le di en su portal fue un  argumento más que suficiente como para que se diera cuenta. “Joder, nunca me habían besado así – me dijo -. En realidad nunca me habían besado antes. De esta forma, o sea, con lengua, con….”  Y no supo cómo continuar y para que no se azorase lo volví a besar de la misma forma. Y mi lengua inexperta se sintió triunfal al penetrar en su boca e imponer su ley. Porque yo, que no era precisamente una experta, tenía todas las de ganar en aquel match. Y me gustó que no me metiese mano como un pulpo en aquel preciso instante, que no supiese qué hacer con sus manos, aunque su  pene, erecto, marcándose en sus tejanos, me decía que la cosa iba bien, que eso era lo que Miguel estaba esperando. Y ese mismo instante supe que jamás, nunca, bajo ningún concepto, Miguel volvería a separarse de mí. Y que no opondría resistencia a que lo moldease, a que lo adaptase a mis necesidades. Y que el estar a mi lado, el tenerme, el poder abrazarme y protegerme lo iban a hacer feliz.
“Mami, mami, mami tienes que venir al comedor. Que tu regalo está ahí. Tienes que verlo. Lo ha hecho papi.”
Me coge de la mano y me conduce hacia el comedor. Va dando saltitos, muy emocionada, y con su media lengua me cuenta que papi le ha dicho que lleva mucho tiempo haciéndolo. A escondidas. Y que lo había guardado en su despacho del cole, para que no pudiese verlo hasta ese día. “Ya verás, ya verás, ya verás…”, grita sin cesar. Y detrás nuestro viene Miguel, en silencio. Y aunque no puedo verlo sé que sonríe. Que está feliz viendo desde su atalaya cómo su mundo gira en perfecta sincronía, como un reloj hecho a mano. Y me quedo sin habla en el comedor al ver una reproducción de mi cuadro favorito, “Exploración de las fuentes del río Orinoco”, de Remedios Varo, apoyado en el sofá. Pintado por Miguel. Para mí. Otro nuevo set que sube al marcador de Miguel, que no ha dejado de ganarlos desde que aprendió a besarme después de que casi lo asfixiase en tu portal. Y mientras me ducho y me arreglo para disfrutar de mi día especial con mi familia, pienso en la suerte que tengo de tener a mi hija, y de tener a Miguel. Pero no puedo evitar sentirme como la copa que aparece en el cuadro, vertiendo agua de manera incesante. Porque lo que nadie sabe es que soy un río. Un río oculto y de aguas negras. Un río que desde hace dos días está a punto de desbordarse, de causar una tragedia de tal magnitud capaz de cambiar  la orografía de mi vida.
“Vuelvo a casa dentro de dos semanas. Tengo ganas de verte. Y de darle un beso a tu hija. A nuestra niña. Arturo.”. Releo el correo mientras me seco, mientras me voy vistiendo. Y me parece escuchar el ruido del agua al desbordarse…..

viernes, 4 de enero de 2013

FRESAS SALVAJES. MAI.


Después de un tiempo me llegué a acostumbrar al sueño. Corría desnuda por un campo de almendros. Miles y miles de almendros  que se desangraban mecidos por una brisa cálida y suave. El sol se estaba poniendo, y  yo allí, en pelota picada, dando botes como una condenada entre una marea blanca de pétalos que me rodeaban. Me sentía feliz, o al menos no sentía miedo, ni ansiedad, ni ese tipo de cosas que siente una cuando sufre una pesadilla. Y luego, la palabreja, Smultronstället, que quiere decir fresas salvajes en sueco, y que además es el título de una película de Bergman. Lo sé porque a fuerza de escucharla en mi sueño la busqué por internet. Lo más raro de todo es que jamás había visto la película de marras antes de tener el sueño por primera vez, y que nunca he averiguado quién lo dice, porque siempre que giro la cabeza en la dirección de la que proviene el sonido me termino despertando. El caso es que después de haber tenido el sueño tres veces seguidas mientras dormía en casa de Luis –la última de las veces lo desperté al grito de Smultronstället y el pobre se asustó creyendo que me había convertido en la niña del exorcista o algo parecido – supe que lo nuestro ya se había terminado, que por mucho que me esmerase yo en abrir las costuras, aquel traje ya me venía estrecho, y que terminaría por desgarrar la tela y estropeándolo. Así que no tardé mucho en decirle a Luis que lo sentía, que lo quería mucho, que me hacía sentir muy bien, pero que él y yo y los dos sabíamos que era lo mejor. O al menos yo lo sabía, y que él con el tiempo se daría cuenta también que con estas guisas no íbamos a baile alguno. Y es que yo tengo la certeza de que mi sueño no aparece porque sí, sino que cumple una especie de función. Como esas alarmas que programamos en los móviles para que nos recuerden que debemos hacer una tarea. Y que cuando le da por aparecer con mucha insistencia es porque tengo que revisar las cosas que hay en mi vida, porque seguro que alguna de ellas no es correcta, o no está completa. Mi psicóloga me dijo un día que es en el subconsciente donde se manifiestan los sueños, y que la forma que tenemos cada uno de nosotros de dar forma o explicación a nuestros miedos y dudas es única. Y que podía ser que mi sueño fuese una manifestación de la parte más oculta de mi subconsciente, aquella que no dejo salir y que, como no podía ser de otra forma, se termina abriendo paso a codazos a través de mis neuronas.
La primera vez que apareció el sueño fue cuando lo de Roberto, mi primer novio. Casi debería decir “el novio”, porque parecía que no había Mai si no era como complemento de Roberto. Bueno, para mis amigos de toda la vida sí que había una Mai anterior, pero mis amigos de toda la vida son cuatro, los del barrio, y cuando me mudé a vivir con Roberto reconozco que los dejé un poco de lado. Tampoco es que Roberto y ellos pegasen mucho. Él tan triunfador, tan emprendedor, con las ideas tan claras y tantísimos contactos. Y nosotros, que a pesar de nuestros estudios y nuestras cosas no dejamos de ser gente de barrio, de lo más normal, de los que con quince años se pasaban las tardes fumando porros y diciendo chorradas en los bancos del parque. Eso cuando no nos daba por montar un grupo de hardcore. O por ir a manis. O por montar asociaciones antisistema. Que menudos rojazos estábamos hechos. Aunque bien pensado, tampoco nos ha ido tan mal. Arturo “el Gordo”, que ya no está gordo, viviendo en California y currando para Google. Ana y Desiré en su taller de diseño de ropa, que ya es el segundo año que se llevan buenas críticas de Cibeles y del 080. Luisa y Miguel tan enamorados como el primer día, felices como perdices de cuento con su hijita Luna y trabajando de profes. Y yo, que de la manera más extraña posible he terminado cocinando, y triunfando como cocinera, y explicando en libros lo que mi madre me enseñaba cuando no sabía que quería aprender y ni siquiera dedicarme a esto….En fin, como venía diciendo, el sueño apareció por primera vez cuando lo de Roberto, cuando empezaban a aparecer las primera grietas en nuestra burbuja, Y es que Roberto el guapo, Roberto el encantador de serpientes que negociaba para sus clientes cuentas de ocho cifras ( en euros, claro ) sin perder la sonrisa era el mismo Roberto para el que María ( siempre se negó a llamarme Mai, decía que nadie como dios manda se llamaba Mai ) ocupaba un lugar muy bajo entre sus prioridades, posiblemente justo por encima del hambre en el tercer mundo, y no es que Roberto fuese especialmente solidario. Y es que Mai era el complemento ideal: guapa, alta, con tipazo, una flor que lucir en la solapa y que después, al llegar a casa, se colocaba junto al resto de elementos de decoración y los muebles de diseño. No es que Roberto me tratase mal o me humillase, es que nunca tenía tiempo para mí. Siempre andaba metido en reuniones con juntas de accionistas, con el consejero delegado de una importante multinacional o planificando estrategias con  Enrique, su amigo del alma, un clon de Roberto, o quizás fuese al revés, que el clon fuese Roberto dado nivel de entusiasmo con el que hablaba de su amigo. Al principio no fue así, claro. Supo conquistarme, el muy ladrón. También es verdad que lo tenía todo: guapo, dinero, posición. Y yo no tenía más que ideas en la cabeza que no sabía cómo ordenar y un físico llamativo que hacía que todos los cabrones de la ciudad se terminasen acostando conmigo y dejándome el corazón hecho unos zorros. Yo por aquel entonces estudiaba historia del arte  y hacía algunas cosas como modelo, nada importante, que una tampoco va a ir por la vida de lo que no es, pero que me permitía pagarme los estudios y no tener que compartir casa con veinteañeras histéricas y politoxicómanas. Y apareció Roberto, y sus modales y su seguridad terminaron por convencerme de que debía salir con él, de que era muy afortunada por tenerlo, por haberlo encontrado y porque me hubiese elegido a mí. Por supuesto mi madre estuvo encantada. Menudo planazo para la Soledad que era el novio de su niña. Además, como los padres de Roberto vivían en Navarra,, no tenía competencia directa. Que yo ahora pienso que estaba ella más encantada con Roberto que yo. Y claro, él todo el día con lo de “dile a tu madre si tiene un rato y os vais de compras”. O dile a tu madre que se venga a Sitges y así no estás sola en el apartamento, que yo tendré trabajo ( el apartamento era un dúplex  de 170 metros cuadrados con vistas al mar y con playa privada ). Y ahí me tenías, con 20 y pocos años, disfrutando de una vida de lujo que no había pedido pero incapacitada para alcanzar el interior de lo que más me importaba en aquellos momentos: mi hombre. Y fue entonces cuando apareció el sueño, cuando se destaparon las cajas y empecé a caer en la cuenta de que tenía que dejarlo, de que de una forma u otra, mi lugar no estaba junto a Roberto. Así, una noche en la que me desperté con la sensación de haberme traído el calor de la brisa desde el sueño al mundo de los vivos, salté de la cama y me dispuse a saber qué. A saber qué era Smultronstället, a saber por qué yo soñaba con una orgía de almendros en flor y qué quería decir eso. Y si tenía relación con mi idea de dejar a Roberto, de poner el punto y final a aquella relación de apariencias. Y aquella noche averigüé algo más. Al entrar en mi cuenta de correo entré en la de Roberto - había olvidado cerrar la sesión- y allí estaba la gran respuesta. Hubiese pasado por encima del mensaje de no haber sido por el asunto “Necesito de tu piel”. Leerlo, no hizo otra cosa que confirmar el inicio del torbellino, el gran vendaval que hizo desaparecer las nubes y que tiñó el cielo de azul rabioso. “Pasan los años y cada vez más, con más fuerza, necesito de tu piel. No sé de otro espacio por recorrer que no sea el que delimita las formas de tu cuerpo. Mantengo en mi boca el sabor de tu sexo, tu calor desbocado de macho fiero y tierno. Necesito verte. Que sea esta noche. Dile a María que tenemos que planificar una operación importante. O lo que tú quieras. Sé que no te resistirás, porque tú tampoco conoces otro país que no sea el que se dibuja en mis sábanas cuando me tumbo y me dejo hacer. Te quiero. Enrique”
No hubo dramas ni rencores innecesarios. Símplemente imprimí una copia del correo y lo dejé encima de la mesa, junto con las llaves, sin la más escueta de las notas. Luego, me fui. Me negué a dar explicaciones. O al menos, no expliqué la auténtica razón. Si Roberto quiere vivir así, allá él. No me llamó, ni atendió a las llamadas que una más que desesperada Soledad le hizo. Ella me cargó a mí las culpas de todo lo que había pasado, por supuesto, hasta que me cansé y me fui. Luego me convertí en lo que soy, y las Fresas Salvajes me siguieron acompañando, como una guía, como una advertencia. Posíblemente pensaréis que estoy loca. Pero no lo estoy. O sí, no sé. Tampoco sabría definir muy bien los límites de la locura. Sé que a mí me funciona. Que no me hace más feliz, pero que de alguna forma me protege de esa infelicidad que tanto pugna por instalarse en mi vida. 

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...