La libertad está en ser dueños de la propia vida. -Platón-
El miedo de Alberto
Tal vez nunca sepa por qué, qué razones me han llevado hasta este lugar donde mi brújula ha dejado de funcionar, donde sólo siento premura por saber qué, por saber cuándo, por saber sí. Sólo soy Alberto, encerrado bajo la máscara del grito de Munch, el grito silenciado, el deseo evaporado de mil noches de insomnio. Vuelve el matemático que creía extinto, o como mínimo encerrado, lejos. De nuevo me había vuelto a sentir intocable, de nuevo él ha vuelto para demostrarme que mi búsqueda, lejos de acabar, es un bucle continuo, espacio-tiempo plano, indivisible, inapelable. Sigo enfrascado en resolver el dilema de los decimales de Pi, eternos, imposibles de alcanzar. Mientras más descubro, mientras más corro en pos de la solución final, más lejos aparece. Sigo oteando desde mi ventana el paisaje. Sólo veo una pradera árida, infinita. Se pierde la vista, entre dilemas plantados a un lado y otro del camino, cubriendo como malezas el suelo en el que crece la verdad, esa verdad, mi respuesta.
Me había permitido soñar con el sol, fuente de calor que alumbrara mi vida, que hiciese crecer ese algo que no sé o no me atrevo a nombrar. Baldío intento. Soy un hijo de la luna, un producto del sueño terrible de una noche oscura. Mi sitio sigue siendo éste. Por más que lo intente, por más que me lo proponga, la materia de la que están hechos mis átomos se rebela, protesta, se sacude para adquirir su obstinada forma original. Huye la luz, huye Lucía. O quizás es que mi materia oscura no deja que la luz me llegue. O quizás es que no se interpretar esta melodía. O, simplemente, me niego a ver la verdad, a leer entre lineas, a resolver el enigma. Porque algunas respuestas duelen. Porque algunas preguntas son afiladas como cuchillos. Porque el miedo es mejor compañero que la fría losa de la verdad.
El miedo de Lucía.
Me llamo Lucía. Corro siempre hacia adelante. Huyo de la luz que yo misma emano, de esa luz con la que ciego, de esa luz que me impide ver. Corro a ciegas, eternamente perseguida, sin pausa. No me puedo permitir ser verdugo. No de nuevo. No con él. Ya fui víctima. He estado demasiado tiempo presa de mis circunstancias, la puerta de entrada del DOLOR en mayúsculas. Soy la nueva Casandra: predigo los finales con exactitud y nadie me quiere creer. Se cuál es mi esencia, mi materia innegable: esa luz que tanto gusta y que a mí me quema las retinas. Quiero que la luz estalle, me quiero convertir en una enana blanca y extinguirme poco a poco, para luego renacer en forma de energía y viajar libre de cargas y de cargos.
Por eso huyo de Alberto, por mi miedo a cegarlo, por no marchitar lo bueno que hay en él. Y no me planteo si lo más sencillo es quedarme a ver que pasa, no se me pasa por la cabeza que quizás me guste, que puede que todo vaya bien y fluya. Que a lo mejor lo más fácil sea descolgar el teléfono y decirle “ven y arrópame”. Que a lo mejor con el paso del tiempo la luz se diluya, y ya no ciegue, y que de ella sólo quede su calor. Que posiblemente sea yo la que no quiere ver la luz. Y que, con toda probabilidad, este jardín de aquellos frutos que sueño cada noche.
La práctica (palo palito paloé)
Hace 1 año