
No es que no me guste la navidad: la detesto con todas mis fuerzas. Me da grima toda esa pátina de benevolencia hipócrita: salvad a los negritos, sentad un pobre a vuestra mesa, no seais malos... Y una mierda, joder!! Seguimos siendo el mismo cáncer maligno que hace diez mil años salió del agua, se puso de pie y decidió que todo lo que le rodeaba le pertenecía. Así que ahora que nadie me intente vender que hemos mejorado. Seguimos siendo el artículo defectuoso de la evolución, una enorme tara que nadie ha osado o sabido corregir. Punto, no hay más.
La gran pregunta, partiendo de esta premisa, es qué coño hago yo en Finlandia, en navidad, sentado en un banco cerca de la mísmisima casa de Papa Noel, fumándome un cigarro a 15 bajo cero ( en Finlandia te puedes beber hasta el agua de los ceniceros, pero que no se te ocurra encenderte un cigarro bajo techo) e inhalando tanto aire frío que me da la sensación de que mis pulmones se van a convertir en mármol de un momento a otro. "Qué coño estás haciendo aquí, tío?"- me pregunto una y otra vez. Y mi Pepito Grillo, mi vocecilla interior, ésa a la que creía hace tiempo tener maniatada, se ríe porque sabe que yo sé. Y, por supuesto, YO SE. Si la teoría de cuerdas fuese cierta, y demostrable empíricamente, y manipulable, y pudiesemos saltar infinitas veces de un punto espaciotemporal a otro, la historia no sería la misma. "No sería la misma?", me dice don José Grillo. "A mí no puedes mentirme, amigo. Yo soy tú, y sé tan bién como tú que repetirías paso por paso todas y cada una de las etapas de ese via crucis en el que te obstinaste en convertir tu vida." Y vale, lo reconozco, de un tiempo a esta parte me he convertido en charca. Agua estancada, verde, que no deja ver el fondo, habitada por mosquitos y monstruos deformes que salen por la noche, se pasean orgullosos por la orilla, se dan un banquete con lo poco decente que queda de mí y se vuelven a lo más profundo, satisfechos, a sabiendas que mañana, como el hígado de Prometeo, habrá crecido la carnaza que los alimenta y los hace cada día un poco más fuertes. Sufro anemia emocional. Mis principios, si es que alguna vez he sabido lo que es eso, tienen aluminosis y se derrumban. El cero absoluto.
La gran ventaja de tocar fondo es que las dos opciones que se te presentan son buenas: o te quedas como estás, te acostumbras a la comodidad de la infelicidad, y dejas que la corriente te arrastre mansamente; o por alguna ley física que ahora mismo no acierto a comprender, tiendes a subir. Así que en éstas me hallo, en mi impredecible subida, lenta, pero al parecer imparable. Y cómo si quisiese revolcarme un poco más por el fango de mi existencia antes de que la luz marchite mi lado feo y me vuelva, de nuevo, moreno y atractivo a la vista, me propongo a entrar en la casita de Papa Noel ( sí, el viejo barrigón que hace joujoujou y del que siempre he sospechado una cierta tendencia pederasta) y pedirle un sólo deseo.
Y es que esta historia empezó en la nieve. O, sería más correcto decir, a causa de la nieve. La nevada del siglo en Miajadas, la nacional cinco cortada, un atasco considerable, y yo sin fuego para encenderme mi enésimo cigarro. Así que la megaestrella, la camiseta de moda, el chico copa portadas de la Rolling Stone salió de su coche "miracómomolo" y le pidió fuego a la chica "mona sin más", y ésta, que o no te reconoció o se hizo la tonta ( nunca me lo dijiste, o a lo mejor nunca quise preguntártelo ), te recordó con tus mismas armas que no se aborda a una señorita en un coche en pleno atasco, en mitad de una ventisca, y menos con aquellos modales. "Tú eres gilipollas o qué?" me dijiste. "Me has asustado". Pero algo vio en tu cara, esa que tantos llantos provocaba cuando salías a escena, que te invitó a pasar. "Entra, y fúmatelo aquí dentro. Te vas a quedar helado, y no creo que venga nadie a llevarse el coche de pijo ése que llevas". Así que te pasaste las siguientes dos horas, sin saber cómo, hablando con una desconocida, siendo tú mismo, ése al que habias encerrado bajo llave hace años por no ser ni guay ni fashion, y te enamoraste perdidamente de sus ojos, de su voz dulce, y te emborrachaste con su olor como nunca antes habías sido capaz de hacer.
La casita de Papa Noel ( Santa Claus lo llaman por estos lares ) es una mezcla entre una casita de cuento Disney y una de las tantas cabañas con decoración fashion de IKEA que puedes encontrar en Laponia. Hay una chimenea enorme, descomunal, como la mecedora del gachó que te concede los deseos. Me siento ridículo ( "Eres rídiculo", me recuerda mi obstinado Pepe Grillo ) rodeado por criaturas de todas la edades y paises, los cuales, como regalo de navidad hipermegapijo tienen el privilegio de acudir al gran proveedor de sueños, para pedirle todo lo que sean capaces de musitar sus pequeñas pero ya aburguesadas boquitas. En la guía que me dieron en el hotel dice que Santa conoce todos los idiomas del mundo. Sea o no verdad, me propongo hablarle en inglés. No quiero que de vaya usted a saber dónde salga algún paisano extraviado y me mire con cara de "ooh... eres tú, te he reconocido". Y mejor te callas, vocecita interior, AÚN me reconocen. Mientras hago la cola para poder hablar con el viejo, recuerdo tu cara cuando te dije quien era. Me miraste silenciosamente, largo rato, y me obsequiaste con un "Y?" que todavía es capaz de enfriarme por dentro. Hubiese salido corriendo de aquel coche, lo sabes. Como también sabías que no podía correr, que ya era tuyo. Así que te pedí tu teléfono, te dí el mío y te llame aquella misma noche desde Madrid. Y fui a buscarte al día siguiente a Toledo, y nos pasamos los siguientes cinco dias sumidos en ensueño, impregnados de sexo y deseo. Y tú me presentaste tu mundo, y yo el mío. Y me dijiste que no iba a funcionar, pero que ya era tarde para recular. Y yo le pedí a algún Dios en el que no hubiese que creer que parase el tiempo en aquel mismo instante. Y fui feliz, y creo que te hice feliz, al menos al principio. Luego empezaron mis neuras, mis mierdas de niño malcriado, mis momentos de "inspiración", y me amenazaste con irte y dejarme sólo. Y yo te dije que te fueras, que no te necesitaba, que era el rey del mundo.
- Por qué le dijiste que se fuese, si no es lo que querías? Te quería, y lo sabes, y te sigue queriendo. Y lo que es peor de todo: no has vuelto a querer a nadie desde aquello.
No sé ni como ni por qué, pero estoy plantado delante de Papa Noel. La sala está a oscuras, no hay nadie ( o por lo menos no veo a nadie). Solos él y yo, y un fuego alegre en la chimenea. Tiene la voz profunda, como Constantino Romero. No es severa, pero impone. A fín de cuentas, es el amo del corral, y yo uno más de los chiquillos que va a verlo.
- Contesta, por qué lo hiciste?
- Cómo coño sabes tú eso..? Y por qué no hay nadie? Dónde está la gente? Por cierto, hablas muy bien en castellano...
- No querías magia? Aquí tienes la magia. Ahora contesta. Y recuerda que yo lo sé todo. Por eso estás aquí, verdad?
-Tengo miedo, y siento dolor, mucho dolor. Y estoy harto de mi disfraz, quiero volver a ser yo. Pero ni siquiera sé cómo empezar. Y me hace falta, mucha falta, más de lo que estoy dispuesto a admitir. La echo de menos. Ese es mi deseo, Santa. Quiero ser yo y ella, ella y yo.
- No pides poco, hijo. Has pensado por algún momento en lo que ella quiere?
- Qué quieres decir? Pensaba que que habías dicho que me sigue queriendo....
- Y te quiere, pero de verdad crees que a ella no le duele? De verdad crees que se va a lanzar sobre tus brazos en cuanto te vea? Joder, crece de una vez, por favor.
-Santa, has dicho joder..?
- Sí, he dicho joder. Y hostia. Y podría seguir. Estoy en tu cabeza, nadie me oye, sólo tú. Además, de verdad te crees que lo haría si supiese que lo ibas a ir diciendo? Por favor, no me trates como tratas al resto de la gente. Recuerda que yo SÍ sé.
- Perdón... Qué es lo que debo hacer?
- Púrgate, llora, pero llora de verdad, no por pura pose. Llora en silencio, sin que nadie lo vea. No hagas de tu llanto un estandarte. Luego desnúdate, quítate el disfraz. Debajo de él hay más de tí de lo que tú crees. Úsate, vales la pena. Creélo. Luego, ve y cuentale lo que sientes.
- Y volverá conmigo?
- Mira, chiqui... Sabes en qué consiste mi magia? En ilusión. Sólo eso. Tan fácil y a la vez tan complicado. Abre los ojos al mundo, y míralo de de frente, con humildad. Y a lo mejor tienes suerte y el mundo te perdona.
Me hace un gesto para que cierre los ojos, y cuando los abro estoy saliendo por la puerta de la casa. La cola es enorme a estas horas, y la fría noche polar me golpea en la cara. "Estás de psiquiatra, joder, de psiquiatra". Pero mientra me fumo un cigarro, mientras la nieve que ahora cae con fuerza me tiñe el anorak de blanco, pienso que quizá sí ha sido verdad, que por qué no iba a creer que Él, a pesar de todo, existe, y que el tinglado que tiene montado es lo único de mentira de toda esta historia. Y me sonrío a mí mismo pensando en lo mucho que voy a llorar. En las ganas casi incontenibles de derramarme encima de la cama. Y en que a lo mejor no destapo la botella de Absolut que había comprado. Y en que estaré un tiempo solo, pensando, amoldandome a mi nueva/vieja situación. Y en que volveré a buscarla, cuando pasé el invierno, mi invierno. Ojalá que siga allí. "Seguirá allí", me dice mi Pepito Grillo, antes de volverse mudo. Y sospecho que esta vez, no volverá a hablar en mucho tiempo.