Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte.
- Julio Cortázar –En realidad, siempre has estado ahí. Quiero decir, que ya creo que te conocía mucho antes de que nuestro camino se cruzase. Quizás mi memoria futura almacenase los patrones, y que, aunque el traje no estuviese ni siquiera diseñado, ya podía saber qué era exactamente aquello con lo que me quería cubrir. Como también es verdad que ese eco que resonaba continuamente en mi cabeza, como si tuviese dentro una señal de radar que constantemente se agitase para dirigirme hacia ese lugar al que sabía que debía llegar, eras tú llamándome, haciéndote notar. Llámalo como quieras. Para mí siempre ha sido algo tangible, real, omnipresente, a veces comedido, otras un grito desgarrado, potente, de los que salen desde tan dentro que cuando abandonan nuestro cuerpo nos desinflamos como globos pinchados.
- “Llévatelo, te va a gustar”.
Todavía ahora intento averiguar por qué te dije aquello. Y aún hoy desconozco si fui yo quien habló, o fue una mano oculta la que accionó los resortes de mi cuerpo ( impulsos eléctricos generando corrientes que activan los músculos de la cara y de la boca, en continua conexión con el cerebro, que ordena las palabras y da las órdenes para que se genere el sonido ).
- “ Cómo estás tan seguro?” – me dijiste.
- “ No lo estoy. No conozco tus gustos, ni tus opiniones. Ni tan sólo sé si te gusta leer. Pero llévatelo. A mí me gustó, por qué a ti no? Además, si no te gusta siempre puedes devolverlo. Dí que es para regalo. O mejor aún, si no te gusta, te lo compro yo.”
Te reíste y me gustó tu risa. Y me gustó tu manera de mirarme. Nada complaciente, pero cálida, como si me invitases a ir más allá.
- “ Imagino que lo has leído, claro… Si no me gusta, te buscaré para que cumplas tu palabra. “
- “ No te será difícil encontrarme. Vengo mucho por aquí. Me gusta esta librería. Tienen auténticas joyas. Y el café es muy bueno, el de la cafetería, digo…… “
- “ Y por qué no me invitas a un café y me cuentas que más haces, además de abordar a lectoras despistadas por los pasillos de las librerías? “
Y fuimos dos moléculas que se buscan, un enlace covalente perfecto, irrompible, dos entes cuyos núcleos abandonan su permanente estado de repulsión, y dejamos que nuestros electrones fluyeran a nuestro alrededor, y que las substancias que nos configuran se entremezclasen, se aleasen. Y algo nuevo nació, un compuesto superior, mejor, que se retroalimentaba de su propia carga. Creamos nuestro propio Big Bang, y de la nada nació un universo ya previsto, que hasta entonces había permanecido a la espera de que su momento llegase.
“ Buenos días, listillo”, me dijiste. Y te acurrucaste entre mis brazos. “ Ha dormido bien el señor?” Y no me dejaste contestar. Me tapaste la boca con la tuya. Lenguas ávidas, sedientas de recuperar el tiempo perdido, ese que los dos sabíamos que nos pertenecía. Tiempo en espera, santa impaciente paciencia. Y recuerdo tu cuerpo agitado por mis caricias. Y el sol entrando por la ventana, tiñendo tu piel. Y cómo un viento frío desgarraba el cielo fuera. Y el tiempo detenerse, y cómo nacía un espacio nuevo a nuestro alrededor. Un campo fértil, tierra preparada para plantar confianza, amor, complicidad… Y no era agricultura de subsistencia. Éramos los dos diseñando una vida, una nueva nación que no salía en ningún mapa más que en el de nuestro propio atlas emocional.
- “ Nos hemos metido en un buen lío, no te parece? Por lo menos, yo.” – te dije aquella misma tarde.
- “No te entiendo. Por qué no te explicas mejor? A qué te refieres cuando hablas de un lío?”
- “ A que por muy irracional que parezca, ya sé que te quiero. A que tengo la extraña sensación de que era eso, lo de quererte, lo que tenía que pasar desde hace tiempo. Como si por alguna razón que se me escapa fuese irremediable que esto sucediese. A que todas mis estrategias de autoprotección han sido avasalladas. Y a que nunca había estado sin caparazón. Y me sorprendo a mí mismo pudiendo vivir sin él. No boqueo como un alevín fuera del agua. El aire entra dentro de mis pulmones. Estoy vivo, y me siento cerca de mí, más de lo que nunca había estado. Y tengo miedo de que el flujo se detenga. De que mi estado de conciencia no sea más que una alteración, un efecto no deseado, como aquellas imágenes que se ven en los espejos convexos.”
No me dijiste nada. Te limitaste a mirarme. Luego, me cogiste de la mano, y en silencio me llevaste al recibidor. Y nos paramos delante del espejo. Los dos, desnudos.
- “Mira atentamente. Qué ves?”
Titubeé antes de contestar. “ A nosotros?” te dije.
- “ Eso es. A Nosotros. Sabías que para los pitagóricos el dos es el primer número en sentido estricto? Para ellos, el uno representaba a Dios, y el dos el primer elemento de la creación. Y el principio básico de toda pluralidad, la dualidad que posibilita que existan contrarios. Que haya luz y oscuridad, masculino y femenino. Dolor y alegría. Comprendo tus miedos porque son los míos. Comparto tu alegría porque son la expresión de mis deseos. Y sé lo que necesitas porque de lo mismo me alimento yo. No sé si hemos alcanzado el estado perfecto, o si éste será duradero o perentorio. Ni siquiera termino de comprender el alcance real de todo este embrollo. O lío, como tú has dicho antes. Pero me gusta este estado. Y quiero continuar refugiada en él. Quiero que haya un nosotros, y no un tú o un yo. Apuesto por complementarte, y porque me complementes. Quiero caminar a tu lado. Y quiero que pienses, cuando te miras a un espejo, que la imagen que se refleja es la mía. Porque cuando yo me miro, te veo a ti. Mirándome. Sonriendo. Y recordándome que importo, que existo, que soy. “
Aquella tarde algo feo que habitaba en mi interior me abandonó. Y los días y las noches posteriores, como la de hoy, sólo necesito mirarme en un espejo para comprenderme. Para entendernos. Y no hay dicha mejor que saber que el camino que pisas es seguro. Que conduce a un lugar al que no hay que tener prisa por llegar.