jueves, 11 de abril de 2013

ÍÑIGO MONTOYA: ARTURO


Cuando era pequeño, mi película favorita era “La Princesa Prometida”. La vi por primera vez con éstos,  en el cine del barrio, y no paré hasta conseguir que me la regalasen, para mi cumpleaños, en VHS. Así podía verla siempre que quisiese. Y eso hice. Verla tantas y tantas veces que hasta memoricé los diálogos. Me gustaba tanto, que en Carnaval los convencí para  disfrazarnos como los personajes de la película. Por supuesto, me reservé el disfraz de Iñigo Montoya para mí. Porque en realidad, yo quería ser Iñigo Montoya, el espadachín, el caballero tierno, valiente, con honor. Y conquistar el corazón de mi princesa. Normal…¿quién no ha soñado con eso alguna vez?
Me acuerdo de eso mientras paseo por última vez por la orilla del Pacífico. Es un sitio cojonudo que descubrí al poco de llegar aquí. No tiene nada que ver con las playas que yo conocía, esas en las que reventábamos las horas de críos, mientras veíamos pasar los aviones que iban y venían del Prat por encima de nuestras cabezas. Tampoco es la típica playa yanqui que sale en las pelis o en las series, con vigilantes cachas y macizas recauchutadas. A decir verdad, es una playa poco dada al baño, con el agua fría como un demonio y muchas corrientes. Pero se está bien: no suele estar muy transitada, y lleva el nombre de mi abuelo, Gregorio. Creo que será lo único que eche de menos el día que me vaya. O quizás no, no sé. Siempre he tenido la sensación de estar a medio camino de muchos sitios. Cuando me fui, me esforcé por echar de menos Barcelona,. Por sentir esa necesidad. O mejor dicho,  necesitaba saber si dolía eso de que alguien te dijese “Arturo, no te vayas, quédate, te voy a echar de menos y mi vida no va a ser tan vida si tú no andas a mi vera”. Por supuesto, nadie vino a decirme tal cosa. Y creo que tampoco hubiese sabido qué cara poner de haber sucedido. Mi madre sí se pasó los dos meses anteriores a mi partida llorando. “Mi niño, que se me va con los americanos”, le decía a las vecinas. “Le han ofrecido un puesto de mucha importancia”. Y notaba cómo le brillaban los ojos mientras lo explicaba y sonreía. Y no es que quisiese tenerme lejos, pero como siempre decía, yo debía triunfar en el “extranjero”. Así, tal cual. “Tú eres diferente a los chicos de este barrio. Aquí no pintas nada. Vuela alto, llega hasta donde nadie haya podido llegar aún”. Además, por aquellos años ya andaba viéndose con Vicente. Y que conste que no lo digo con afán de criticarlos: ni al uno ni a la otra. Mi madre sufrió mucho mientras mi viejo vivía con nosotros dos. Putero, borracho, vago…y alguna hostia que otra se le había escapado. Así que el día que se fue para no volver no supuso ningún drama. Nos acostumbramos a la nueva situación, y nos bastamos durante muchos años con tenernos el uno a la otra. Además, Vicente es un tío de puta madre. Había sido el encargado de la fábrica en la que curraba mi madre. Pero no era un encargado chungo, ni un chaquetero, ni nada de eso. Es muy rojo, y alguna hostia le había caído cuando corría delante de los grises. Y quiere a la Julia, como él dice. “La Julia es mucha Julia, Arturo. Cómo no quererla…Yo ya estaba enamorado de ella cuando estaba con el cabrón de tu viejo. Porque tu viejo era un cabrón, y perdona que te lo diga así de llánamente”. Eso me lo confesó una noche, la última vez que estuve aquí, hace dos o tres años. Íbamos los dos bastante ciegos, y se puso en plan padre, con mucho colegueo y mucho rollo “yo te quiero como  a un hijo”. Y me sentí extraño. Quizás porque nunca un tío me había dicho algo así. O porque nunca he querido a nadie más allá de a mi madre. Y tampoco he sido como para que me den el premio al hijo amantísimo y protector del año. La soledad puede ser muy perra, muy hija de puta. Porque te puede desgarrar y hacerte sufrir. Pero también te puedes acostumbrar a su presencia. Y como te pongas la ropa que te regala, entonces… entonces te encierras en tu propio mundo y cada vez vas necesitando menos y menos de la gente. Hasta que ese eco sordo que te recuerda constantemente que quizás te estás perdiendo algo, simplemente se queda mudo y desaparece.
Probablemente la suma de todos esos factores dio como resultado el producto Arturo. O por lo menos, aquel Arturo. El niño gordo sin padre, más bien tímido, estudioso, rarito. El saco de los golpes de los abusones al que sus amigas y su único amigo, Miguel, tenían que defender siempre. El adolescente con acné y sobrepeso, total y absolutamente invisible para las chicas, sobresaliente en matemáticas y experto en informática, en juegos de rol, en metal escandinavo y otras muchas cosas que nadie, o muy poca gente, comprendía. Ese Arturo que durante los años de la carrera nunca bajó de 9, a pesar de esforzarse lo justo, y que con 22 años desarrolló una aplicación que resultaría tan crucial para lo que luego fue el correo de Google que el mismo jefe de personal de la sede central en California cogió un avión y se plantó en el despacho del rector de mi facultad, para saber si ese chico tenía planes para después de la carrera y para convencerlo de que lo que ellos tenían que ofrecerle no lo iba a superar nadie. Ese Arturo que se movía como pez en el agua en su propia soledad pero que no sabía qué normas seguir en grupos sociales que traspasasen los muros que conformaba el refugio de sus colegas del barrio.
Dejé de ser feo en el verano del 96. Lo llamábamos así, “dejar de ser feo”. Dejabas de serlo cuando te enrollabas con alguien por primera vez. Pero tenía que ser un beso con lengua, no valía cualquier cosa, y tocar, o que te tocasen, las tetas. Esto último lo puso como norma Desiré, que me consta fue la primera de todos nosotros que hizo algo. No es que sea la guapa oficial ( ese lugar siempre ha sido para Mai ) o la simpática ( para eso estaba Ana ), pero tenía tetas antes que le saliesen al resto y, como ella decía, “a mi no me van a entrar los tíos con esta mierda de la psoriasis. por lo tanto, mejor les entro yo y al menos los mangoneo como quiero.” Así que con trece años nos constaba ya se había enrollado con más de un tío y, según decía ella misma “se la había tocado a uno de diecisiete y se notaba que ya no era virgen”. Que a saber cómo pudo deducir todo eso ella solita, pero la poca experiencia que teníamos, la mayoría de nosotros ninguna, y el no tener a nadie más a quién preguntar hizo que Desiré se convirtiese en nuestra “Doctora Amor” particular. Detrás de ella le tocó el turno a Ana. O a Mai, no sé. Y casi con dieciséis años, y contra todo pronóstico, Arturo “el gordo” entró en el club de los “no-feos”. Aquel verano mi madre me mandó al pueblo, a casa de la abuela Engracia, que no era tal abuela sino una tía de mi madre, “pero siempre ha sido como una madre para mí, Arturo. Cuando faltó tu abuela ella se hizo cargo de mí y de tus tíos pequeños, y nos crió como a sus hijos Y ella te quiere mucho. Sólo van a ser quince días,  y también irá tu prima Elvira, la que vive en el País Vasco. Anda, que ya tendrás verano de sobras para golfear con estos por aquí.” Así que me compró un billete de tren y me envió a casa de la abuela, en la sierra sur sevillana. Y mientras iba mirando el paisaje por la ventana del tren pensaba qué cojones se me había perdido a mí en un culo de mundo como aquel, sin ordenador ni libros en los que refugiarme y teniendo que hablar y estar con una gente que de buen seguro me iba a caer mal. Y para colmo, con Elvira, a la que yo recordaba de cuando vino a mi comunión, como una niña pija e insoportable con coletas y que no dejaba de quejarse absolutamente por todo a su madre.  Había ido al pueblo siendo un crío, cuando el viejo aún vivía en casa y nos mandaba a mi madre y a mi a pasar los días más chungos de Agosto. Él no venía porque siempre tenía trabajo ( era camarero en un hotel pijo de Pedralbes ) e imagino que además, así aprovechaba que estaba solo para golfear a su antojo. Por aquel entonces el pueblo aún me gustaba: podía salir solo con los otros chiquillos porque no había peligro que nos pasase nada. Y nos pasábamos las siestas comiendo melones que robábamos de algún “sembrao”, cazando culebras o bañándonos en el arroyo. Luego el viejo se fue y dejamos de ir, hasta el preciso instante en que me bajé de “el Sevillano” en la estación de Plaza de Armas y el tío Venancio, el hijo menor de la abuela, me vino a recoger.
- “La abuela está contenta de verte. Hacía muchos años que no venías, y ella está convencida que el día menos pensado se muere. Le hace ilusión” – me decía Venancio mientras conducía y el coche enfilaba las primeras rampas de la carretera secundaria que iba a parar al pueblo – “Ya me imagino que con tu edad ya debes tener tu vida y tus novias y tus historias. Pero lo vas a pasar bien, ya verás. Hay unos cuantos chavales y chavalas de tu edad en el pueblo. Y tienes también a Elvira, claro”
Elvira era la hija de una prima de mi madre, la Virtudes, que había conocido a su marido, Ekaitz, un vasco que estudiaba en Madrid, donde ella estaba trabajando, y se habían terminado casando cuando este la dejó preñada. La familia de él veía con muy malos ojos que su niño, un pijo de Bermeo, se casase con una “maketa” sin estudios, pero la Virtu termino haciendo honor a su nombre, aprendió euskera, adaptó las formas a los gustos locales y del brazo de su marido se hizo un lugar en la sociedad bermeotarra, llegando incluso a formar parte de las lista del PNV, partido del que el bueno de Ekaitz era concejal..
- “Joder, te lo has traído todo puesto de Barna, por si aquí no te daban de comer?” – fue el saludo de Elvira.  Y aunque no me afectó lo más mínimo, la abuela sí que le echó la bronca, a lo que Elvira contestó que “era broma, que casi no había notado que tenía un poco de peso más de lo normal”, para luego darse media vuelta y decir que volvía en un rato.
- “No le hagas mucho caso, hijo mío. Está enfadada porque su madre la ha mandado al pueblo a ver si se endereza un poco. Que esta chiquilla va torcida. Las malas compañías, ya se sabe. No como tú, que me han dicho que lo has aprobado todo con sobresalientes. Sigue así, no termines como ese golfo de tu padre. Que tú vales para mucho más que él.”
A la abuela Engracia nunca le había gustado mi padre. Ni siquiera cuando era joven, y las engatusaba a todas con sus ojos verdes y sus modales de galán de cine. Le advirtió a mi madre que ese hombre la haría desgraciada. Y como la Julia no le hizo caso y fue mi abuela quien terminó teniendo razón, su pequeña victoria, su permanente “mira que te lo dije” consistía en ir despotricando de “ese golfo” cada vez que tenía oportunidad. Estuviese o no delante mi madre. Al poco de irse mi padre cogió el tren y vino a vernos, y antes de irse consiguió que su presencia y sus palabras impregnasen las paredes: “No os hace falta. Os tenéis el uno a la otra. Tienes un hijo por el que tienes que pelear, Julia. Que no se te olvide. Y tú, haz que tu madre se sienta siempre orgullosa de ti.”
- “Oye, no te mosquees por lo que te he dicho antes. No iba a mala leche, de verdad. Es que tengo un humor un poco rarito, Del norte, ya sabes….” – Era Elvira, que asomaba la cabeza por la puerta de la habitación al poco rato de haberse ido.
- “No te preocupes. La verdad es que estoy gordo. Y que no hago nada por dejarlo de estar. Supongo que debería, pero….”
- “Déjate de rollos. El día que quieras dejar de estar gordo, dejarás de estarlo. Mientras no te moleste una cosa o la otra, tú a tu bola. Hay que hacer las cosas como cada uno crea conveniente. Fiel a las convicciones. Y al que no le guste, que no mire.”
Aquel preciso instante miré fijamente a Elvira. E intuí que probablemente no fuésemos tan diferentes el uno de la otra. Que probablemente los dos vivíamos más y mejor de puerta adentro de nosotros mismos que de cara a un mundo que parecía importarnos lo justo.
- “Aquí hay algún sitio en el que uno se pueda fumar un peta? Vengo con monazo desde que llegué esta mañana a la estación de Sevilla.” – le pregunté a Elvira. Y su sonrisa me confirmó que ese vínculo que hasta yo había sido capaz de notar era sólido. Y que tenía visos de crecer.
- “Vaya, así que resultará que no eres tan panoli como yo creía.- me contestó riendo. Y me gustó su risa. No había acritud en ella – “Así que los genios también fumáis porros? Porque es verdad eso que dicen la abuela y mi madre,  que eres un genio?
- “Bueno, no sé si genio. Hay cosas que se me dan bien, pero es algo natural. No veo mucho mérito en ello. Es como saber correr bien. O como entrarle a las tías…. Y no sé el resto de esos supuestos genios. Pero yo tengo la mejor maría de toda Barna. Cosecha propia. En tu puta vida vas a fumar nada igual.”
- “Pues yo me sé de un sitio desde que el se ve todo el valle. Y la sombra de un árbol dictaminaré si esa maría que dices es tan buena o no. Que en Euskadi también fumamos, tío listo”.
El resto de los días Elvira y yo nos dedicamos a construir un mundo al margen del resto de la gente, una burbuja en la que cabíamos sólo los dos. Un lugar sin puerta de entrada conocida más que por nosotros, en el que podíamos ser nosotros mismos, y en la que aprendimos por primera vez en nuestra vida que todos tenemos un espejo. Creo que fue raro, tanto para ella como para mí, experimentar el tirón hacia otra persona en la que veíamos una película cuyo argumento el otro conocía de sobras. Y que nuestra propia miopía, elegida o impostada, era la que nos impedía ver en los demás aquello que nosotros creíamos tener en exclusividad. Elvira me contó que a sus padres en realidad les importaba una mierda que fuese o no con abertzales. – “la mayoría de los de mi cuadrilla son niños bien que juegan a ser rebeldes, como yo, y que probablemente terminen casándose con otra pija con perlitas y mechas rubias después de haber estudiado en Deusto u otra universidad pija de Euskadi o Navarra. A ellos lo que les jode es que tuviese un novio negro. Un americano mucho mayor que yo que conocí en el festival de jazz de Gasteiz y con el que tuve un lío, ni novio ni pollas. Pero claro, imagínate, una niña bien de Bermeo con un negro….Y de eso se escandaliza mi madre. Qué pronto se ha olvidado que a ella también la vieron casi como si fuese negra por ser maketa…Y como se querían ir de crucero y no me querían dejar sola, aquí estoy.”. – Y descubrí en los ojos de Elvira la misma soledad, la misma sensación de vacío que a veces había visto en los míos.  A pesar de tener, a priori, unos padres ricos y una familia estructurada. Esquemas que se repiten como los eslabones de una cadena que Elvira y yo estábamos soldando a fuerza de porros y conversaciones profundas.
- “Tú tienes novia, o algo parecido allí en Barcelona?” – me preguntó la última noche, antes de que me volviese al pueblo.
- “Tú me has visto? – dije muy serio – “Con esta pinta y este sobrepeso, quién coño se va a querer enrollar conmigo?. Tampoco es que lo haya buscado ni que lo necesite tanto como al parecer lo necesita todo el mundo. Ni creo que supiese ni por dónde empezar……”
- “No seas gilipollas, Arturo. Eres un tío muy divertido y sabes mil historias sobre mil cosas. No pillas cacho porque no te lo crees. Tíos más feos que tú se hartan todos los fines de semana. Además, eso de que no lo necesitas….No me jodas que pajas tampoco te haces, porque no me lo creo”.
Lo dijo seria, con sus ojos pegados a los míos. Sin el menor asomo de crítica. Como si de verdad no pudiese concebir nada más estúpido que el hecho de que Arturo no hubiese besado a nadie aún.
- “Cuando era pequeño, mi película favorita era “La Princesa Prometida”. La vi por primera vez con éstos,  en el cine del barrio, y no paré hasta conseguir que me la regalasen, para mi cumpleaños, en VHS. Así podía verla siempre que quisiese. Y eso hice. Verla tantas y tantas veces que hasta memoricé los diálogos. Me gustaba tanto, que en Carnaval los convencí para  disfrazarnos como los personajes de la película. Por supuesto, me reservé el disfraz de Iñigo Montoya para mí. Porque en realidad, yo quería ser Iñigo Montoya, el espadachín, el caballero tierno, valiente, con honor. Y conquistar el corazón de mi princesa. Normal…¿quién no ha soñado con eso alguna vez?. Y sí, sí me hago pajas. Muchas.”
- “Y alguna vez, en estos días que estamos aquí, te has hecho alguna paja pensando en mi?”
Me lo dijo a dos centímetros de mi cara. En un susurro, sin dejar de mirarme. Y no hizo falta que asintiese, porque lo vio escrito en mi cara, vio el fuego en mis ojos, ese que nadie hasta aquel momento había sabido encontrar. Acercamos nuestras bocas, torpe la mía, la suya con sed por encontrar mi lengua y retorcerla con la suya, y noté por primera vez el tirón de una erección como causa y consecuencia de sentir y provocar deseo. Me cogió de la mano y me llevó detrás de unas rocas. Estábamos en la montaña, con el pueblo a nuestros pies y debajo de un cielo tan repleto de estrellas que parecía que se fuese a derrumbar sobre nosotros. Lo hicimos dos veces, o sería mejor decir que ella me enseñó lo que debía hacer. Luego nos vestimos y nos volvimos al pueblo. Al día siguiente, cuando me desperté y fui a su cuarto para buscarla ya no estaba allí. La abuela me dijo que se había ido temprano, que no sabía dónde podía ir con tanta prisa, y que seguro que había tomado algo porque llevaba los ojos rojos, como si se hubiese pasado la noche entera llorando. No dejó que me despidiese, ni contestó a ninguna de las llamadas que hice preguntando por ella a su casa, en Bermeo. Me borró de su vida para evitarse el dolor de mi recuerdo, y a mi no me quedó más remedio que hacerlo también. Luego volví a mi vida, a esa carrera sin freno que me llevo años después hasta la playa de San Gregorio, a orillas del océano Pacífico. Ni siquiera me molesté en explicarles la historia a estos. Para qué? Hubiese sido complicado porque ni yo mismo era consciente de lo que había pasado, ya no sólo aquella noche, sino el resto de aquel verano, mucho después de haber tocado con mis dedos la piel de Elvira.
Recojo las últimas cosas esparcidas por mi apartamento y las meto en una caja. No me voy a llevar nada. Libros, estanterías, la cama….todo lo dejo aquí. Lo único que me  llevo es  el ordenador en el que mando un correo a Luisa: “Vuelvo a casa dentro de dos semanas. Tengo ganas de verte. Y de darle un beso a tu hija. A nuestra niña. Arturo.”. 
Luisa. Y la pequeña Luna. La misma que heredó los mismos ojos verdes que yo heredé de mi padre y en los que se miró Elvira aquella noche, hace años. Los mismos ojos que miraron a su madre otra noche años después y que despertaron de nuevo a Iñigo Montoya, Vuelvo a casa., Vuelve Arturo “el gordo” que ya no está gordo y que quiere ser más Íñigo que Arturo. Aunque no sepa en realidad qué hacer con el producto de su realidad. 

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...