jueves, 21 de junio de 2012

LOS NIÑOS DE LOS 90


Junio del 2012. El verano se despereza tímidamente entre las nubes.  Barcelona se despierta con la resaca del Primavera aún resonando. Y casi sin tener tiempo para asimilarla, se le viene encima el Sonar. Paseo por la FNAC del Triangle sin prisas, haciendo eso que tanto me gusta hacer: vagar entre libros, emborracharme con  el olor del papel impreso, acariciar amorosamente sus lomos. Y jugar a decidir qué me llevo a casa. Veo asomar la cabeza a la primera novela escrita por Antonio Luque, el de Sr. Chinarro. Tiene un argumento que pinta bien, y virutas de ese sentido del humor con el que también adorna sus canciones. De fondo escucho cantar a Rufus Wainwright eso de cigarrillos y café con leche. Sigo la letra  y sonrío. Barcelona huele a verano, y aunque la cosa esté jodida, igual, y digo sólo igual, no está todo perdido. Y si lo está, siempre nos quedará la música para hacernos soñar. Un universo infinito de notas, melodías y propuestas sonoras. En el que cada día encontramos un cuerpo celeste nuevo. Y sonrío pensando que hace 20 años también soñábamos. Aunque, un momento…..cuándo me convertí yo en indie, en moderno, en todas esas cosas de las que echaba pestes no hace tanto?  Cuándo decidí que más allá de las greñas, las tachuelas, los anticristos y los gritos guturales, los falsetes y las poses de machote perdonavida había tierra por conocer? Cago en la mar… la culpa la tuvo el puto “Nevermind” de Nirvana. O no, o a lo mejor ya estaba ahí, ya venía de antes. Y el Nevermind sólo hizo que saliese el bicho a la superficie. Ese que nos reconvirtió en lo que musicalmente somos ahora.
Junio del 92.  La cosa no puede pintar mejor. El Barça lo ha ganado todo. Me voy con mis colegas a Grecia, de viaje de fin de curso. En la maleta alcohol, ganas de fiesta, mucha droga ( aún no entiendo cómo no nos detuvieron a todos ). En el horizonte, la perspectiva de un verano genial. Somos olímpicos, somos modernos. Ya hemos dejado de ser ese país de pandereta que no cuenta. Ahora estamos en el puto mapa. Y por primera vez en la vida, nos sentimos los putos amos. Y estamos empezando a cambiar. Un tío rubio, mal vestido, muy yonqui y muy infeliz nos ha abierto la puerta a un nuevo universo sonoro. Se llama Kurt Cobain, canta y toca la guitarra con otros dos tíos igual de feos que él, igual de mal vestidos, y algo menos yonquis. Y le ha dado una patada en el culo a todo.
La primera vez que escuché el “Smells” fue un miércoles por la mañana. Antes de ir al instituto.  Fue a finales del 91, y sentí como si me hubiesen dado una patada en las costillas. El subidón después de la canción me duró horas. Esos gritos, esos cambios de ritmo salvajes. El pasar de la distorsión a la guitarra limpia sin previo aviso, y luego volver a pisar pedal y hacer crujir la guitarra…. Recuerdo que pensé: “Joder, suenan como los putos Pixies, pero con la voz de Sting  algo más rota.” Y diréis que es un tópico, pero aquel disco nos lo cambió todo. Porque aquellos tres tipos no venían solos.  Por su culpa, o gracias a ellos, descubrimos a Pearl Jam, a Alice in Chains, a Soundgarden, a Mudhoney, a los Pilots, a los malogrados Blind Melon. Descubrimos que había una ciudad a la que había que peregrinar: Seattle. Una ciudad gris, con un puerto importante, con 300 días de lluvia al año y con la tasa de suicidios más alta de toda América, como supimos dos años después.

El sistema musical también se meneó. En la década de los 90 asistimos inauditos al espectáculo de ver cómo en las radios comerciales y en los programas musicales de televisión “mainstream” sonaba rock. Y eso para muchos de nosotros no era lo más corriente. Mientras que en los USA o en las Islas era normal que Metallica, los Guns and Roses o los Maiden compartiesen lista con bandas claramente comerciales, España había sido siempre un coto cerrado para el rock. No porque no hubiesen propuestas. Que las había. La escena se surtía de grupos de rock y metal, con más o menos calidad o éxito. Pero era todo a nivel underground, a base de maquetas, de rumores boca a boca y del esfuerzo que cuatro periodistas con más o menos difusión y muchas ganas hacían. Y de repente vimos como en todas partes salían grupos que se definían como independientes, como alternativos. “Indies” altamente influenciados por lo que venía de Seattle, claro, pero también por todo lo que se había cocido antes: el sonido Manchester, los Beatles, el after punk, el noise. Así que corrimos a desempolvar los discos de nuestros hermanos mayores o nuestros tíos, a consumir con avidez a los Cure, a los Sonic Youth, a los Smiths. Nos aprendimos la letra del “Love will tear us apart” y la cantamos de borrachera. Y por si no teníamos bastante, los putos brits decidieron que ellos también tenían mucho que decir. Y nos quedamos estrábicos: con un ojo puesto en los USA y otro en Londres, donde bandas orgullosamente brit y orgullosamente pop daban un puñetazo encima de la mesa y declaraban el estado de sitio. Ya había muerto Cobain, pero a pesar de su ausencia, el movimiento era tan grande, tan inmenso, que nos fue imposible detenernos. Granada y Gijón, dos pequeñas capitales de provincia, fueron nuestro Seattle y nuestro Londres particulares.  Empezaron a surgir bares en los que ponían esa música, nuestra música. Y conocimos a gente como nosotros, con nuestros gustos, que venía de sitios más o menos parecido, que había sufrido el mismo proceso de metamorfosis. Seguíamos en el lado oscuro, pero ahora el lado oscuro era un inmenso continente, una Tierra Media en la que metaleros, alternativos, britpoperos, siniestros y skaters convivían más o menos en paz. Un continente en el que podías oír a Metallica, a Nirvana, a los Pumpkins, pero también a Björk ( a BJÖRK!!! ), a los Afgan Whigs, a los Smiths, a Depeche Mode….y música electrónica!! Porque los greñudos, sin saber ni cómo ni cuándo ni por qué, empezamos a escuchar, a pinchar, a bailar y a disfrutar con la música electrónica. Y oiga, que los mismos que no habíamos pisado un discoteca ni por error, empezamos a ir a “clubs”, porque los modernos íbamos a clubs. Lo de las discotecas era para los mascachapas bacalaeros garrulillos.
Nos devoró la década, la que para muchos es la década feliz de los 90. Nos cubrió como una ola y nos cambió para siempre en lo musical, pero también en lo personal. Aprendimos muchas cosas, vimos muchísimas otras. El cine, el arte, la literatura, la música, la moda… Absolutamente todo era un jardín frondoso, fértil. Ese espíritu que nació a principios de la década, esa intencionalidad de hacer discurrir las propuestas por canales poco habituales, ese espíritu de protesta, contradictorio sin duda nos convirtió en lo que ahora somos. Una generación abierta de mente, cosmopolita, que nada en muchos sentidos a contracorriente. Una generación de personas inteligentes, capaces, bien preparadas, con nivel cultural alto y expectativas vitales también altas. Pero también una generación capada, una generación a la que han encerrado en una maceta, como si fuese un bonsái, y que ve que ese espíritu de cambio se ha visto amordazado por un nuevo terror, mucho más conservador, mucho más codicioso, mucho menos humano…..
Somos los niños de los 90, como nos bautizó Eddie Vedder en aquel memorable primer concierto del 96 en el Palau d’ Esports de Barcelona. Y en muchas cosas, seguimos siendo los niños de los 90. Con o sin trabajo. Con mejores o peores perspectivas. Con más o menos camino recorrido. Con muchas experiencias o con un bagaje vital escaso. Pero con la misma capacidad de soñar, de querer mejorar, de aprender e imbuirnos de cosas nuevas o viejas o diferentes o iguales cada día. Somos la última generación cuerda que queda. Eso, si no consiguen volvernos locos o terminar con todos nosotros antes.
Son casi las seis de la mañana de un martes de Junio del 2012, la semana de San Juan, las puertas del verano abiertas de par en par,  a pesar de la lluvia que cae fuera, suave, inesperada. Estamos gobernados por inútiles, por ladrones, por tipos codiciosos capaces de cualquier cosa con tal de seguir mamando de su teta. Los mineros se dejan la piel en las calles, en las carreteras, haciendo lo imposible porque las venas de las cuencas mineras no se desangren. Puede que no hayamos cambiado tanto. Puedo que estemos a punto de despertar de nuevo. Puede que sea el momento de que los niños de los 90 reclamemos lo que es nuestro, lo que nos pertenece. Voy a poner a Nirvana, el “Territorial Pissings”. A ver si es verdad aquello de que “cuando era un alien la cultura no se basaba en opiniones”. A por ellos.

Este texto no viaja solo. Tiene un hermano, un evento, una fiesta, un "como queráis llamarlo". Os dejo el link, y os invito a que si estáis por Torredembarra el sábado 30 os acerquéis. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

CARTA ABIERTA A ANA MATO ( MINISTRA DE SANIDAD, SERVICIOS SOCIALES E IGUALDAD ).

Apreciada Ministra,

Me vas a permitir que te tutee. Algunos pensarán que es una inconveniencia, pero seguro que a ti no te molesta. Eres la ministra de asuntos sociales, de sanidad, de igualdad. Tú ministerio mola, no es una cueva de fascistas retrógrados y machistas como el de Interior o el de Defensa. Tú nos entiendes, estás con nosotros, con el pueblo. Por eso nos podemos dejar de formalismos, ¿verdad? Te preguntarás por qué te escribo. Es que he leído algo que no me cuadra, algo que ha removido los cimientos de mi conciencia. Y he pensado....esto no lo sabrá la ministra, claro. Porque ella no iba a permitir que esto pasase. Verás, te cuento....
Resulta que en la web de la cadena ser hablan de Lucía, una niña con una enfermedad de esas llamadas raras, cuyo nombre, Piel de Mariposa, oculta un infierno de llagas y heridas, tanto cutáneas como de los órganos interiores. Y resulta también que el tratamiento de esta enfermedad, o mejor dicho, de sus efectos, porque la enfermedad no tiene cura, es carísimo. Tanto como casi 2500€ al mes. Que no son moco de pavo, que ya sabes tú que el que más y el que menos paga las consecuencias de esta crisis. Bueno, a lo que voy: que dice la noticia que a partir del 1 de Julio estos padres se quedan desamparados.Sin ayuda. Que con la entrada en vigor del copago sanitario no van a poder hacer frente a los gastos. O sea, que la niña se va a morir, y no sólo eso, se va a morir y a nadie le va a importar un carajo. 
Que digo yo que eso no puede ser, ¿verdad? Que debe ser una exageración, una falacia de esos rojos, que siempre están con sus complicidades. Que el gobierno de España, el decente, el que no se avergüenza de serlo,  no va a dejar morir a ninguno de sus ciudadanos. Que no es lo mismo que a un moro o un negro de esos sin oficio ni beneficio se le aplique la ley y no se le permita acceder al sistema sanitario que pagamos todos los españoles a que dejemos morir a una niña española. 
Porque de ser, así, Ministra, y Dios sabe que no pienso que sea eso, a lo mejor ese rojazo de Gallardón tendría que mover el culo. Porque claro, dejar morir a alguien es como mínimo, homicidio doloso. Y de ahí al asesinato va un paso. Y si es de un niño se llama infanticidio. Y no creo que alguien que forma parte de un partido cuyo amor a la vida ha quedado plenamente demostrado esté muy de acuerdo con que niños españoles se mueran por falta de tratamiento....
En fin, Ministra, que no te robo más tiempo. Que imagino que saldrás diciendo que todo ha sido una broma. y que en nuestra querida España nadie va a morir por no poder pagarse la atención médica. ¿VERDAD?
Cordialmente tuyo:
Jose Azuaga. 

martes, 17 de abril de 2012

MICRORELATO 30: CUENTO PARA QUE NO TE ENAMORES DE MI ( KANTAURI ITSASOA )


Nos separa un mar. Un mar de sentimientos. Un océano de sinrazones, de argumentos inválidos, que cojean . Una vasta superficie líquida de orgullos, de autocomplacencias, de fabulosos animales marinos que insisten en hundir todos los barcos que fletamos, y arrastrarlos tras ellos a su negro fondo. Nos separa un mar agitado, con olas de crestas blancas, un mar de espuma gris, sin separación entre el cielo plomizo que parece llorarnos y una superficie deforme como un papel arrugado. Nos separa un mar que un día fue azul, plácido, y que ahora empuja con fuerza el único puente que nos une, con afán de destruirlo, y dejar que nos perdamos de vista, y que las corrientes nos arrastren a la deriva, lejos, aumentando exponencialmente la imposibilidad matemática de volver a encontrarnos.
“No quiero que te enamores de mi”, me rogabas. Pero lo decías con la boca pequeña, palabras sin consistencia, que reventaban como pompas de jabón al poco de ser pronunciadas. Porque desde el fondo de tu ojo, como una marabunta ruidosa, se anunciaba el amor a borbotones. Y a mi me explotaban cien mil primaveras en el corazón, y una brisa tibia se abría paso entre mis poros, y con la fuerza de un ejército disciplinado y sin miedo a morir, nos empujaba a querernos, a devorarnos, a abrasar la carne bajo los dedos. Y nuestra cama era el núcleo de una estrella de neutrones. Zillones de explosiones por segundo, un bucle continuo que retroalimentaba la combustión, y un brillo tan cegador e inmenso que parecía imposible de extinguir.  “No quiero que te enamores de mi”, me repetías. Y acto seguido, nuestras bocas se fundían en un baile, y la química animada en nuestro interior generaba nuevos enlaces, toda una demostración de poder creativo, un exitoso “savoir-faire” capaz de frustrar al más osado de los científicos, incapaz de sintetizar en una fórmula tantos sucesos. “Si te enamoras de mí, me iré”, me decías al oído. Pero el ruido de nuestra piel al abrirse era más fuerte que tu voz, y yo me hacía el sordo y fingía no entender nada.
“Te pedí que no te enamorases de mí y no me hiciste caso. Y el peso de mi conciencia, de mi miedo, hace que me doble como una rama. Por eso me voy, porque no sé equilibrar el baile de fuerzas. Y porque tengo miedo de acabar reventando como si fuese una botella en cuyo interior anida un huracán.” Lo dejaste escrito, y las palabras se agitaron, cogieron fuerza, una bestial demostración de poder. Y me pilló la galerna sin alcanzar puerto, en mitad de aquel mar inmenso que creía conocer.  Subió la marea y se me tragó, y no pude o no quise nadar en mitad de aquel remolino.




Me pediste que no me enamorase de ti y no te hice caso.  Y me convertí en pláncton, en despojo para peces de aguas frías, arrastrado por corrientes hasta vete a saber dónde. Aunque en mi nuevo estado, errante como el holandés loco, duerme la esperanza de que las aguas me acerquen a tu costa de nuevo. Y que ni este ni miles de cuentos metidos en botellas y lanzados al mar, impidan que  te enamores de mi.

jueves, 23 de febrero de 2012

CANCIÓN FALSA DE EXTREMODURO ( O EL BARCO HUNDIDO ).


Dime sol, ¿dónde estás?
¿Has perdido tus rayos que ya no calientas?
Yo no soy, el culpable,
de tu frío, compadre, ¿es que ya no te acuerdas?
Dime Luna, piedra altiva
¿es que ya no te menguas para darme refugio?
Ratoncillo, no me llores,
no era yo la que hacía que soñases colores.
Oye, viento ¿no te cansas, de robarme la ropa y gastarme los huesos?
Escuchadme, elementos, se ha secado mi tierra y ya no me alimento.
……………………………………….
Se terminaron los tiempos de flores,
Todos mis peces, boquean en el suelo,
Se me pudrieron los sueños en los cajones,
y el corazón recubierto de cuero.
………………………………………….
Me regalaste cien mil primaveras,
y cuando te fuiste te llevaste las flores,
¿cómo pretendes que viva sin penas,
si te recuerdo y aún me pongo palote?
………………………………………….
Te devoro, en mis sueños, no te tengo, y reviento,
me alimento, de deseo, si vomito, voy y te pierdo.
Me abro paso, en tus entrañas, no me muevo, por si llamas,
Me despierto entre sudores, estoy hasta los cojones.

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...