Es como... es como correr. Sí, eso, como salir a correr cada día. Empiezas queriendo alcanzar tu primer kilómetro. Y cuando llegas, jadeando, sudado, con un trocito menos de vida o con un trocito más, te das cuenta de que por delante tienes más tierra. Así que al siguiente día avanzas dos pasos, y luego cuatro, y otro día un hectómetro, o dos, o tres...Y con el tiempo deseas alcanzar la línea del horizonte, como un niño que decide ir a ver dónde duerme el sol cuando se esconde y la soberbia de la blanca luna lo alumbra todo. Aunque sepas que el horizonte es inalcanzable, claro. Porque lo sabes. Pero te importa muy poquito. "Qué más da por unos metros más?", te dices. Y lanzas el dado y cuentas nuevas casillas. Porque avanzar es tardar más en regresar al punto de partida. Porque los puntos de partida son sitios feos, húmedos y llenos de bichitos con ocho patas que lo contaminan todo. Si no, por qué ibas a querer correr, verdad? Y al final te vas con la esperanza puesta en que un buen día, el punto de partida sea un sueño feo. Y que no puedas regresar a él, porque se haya difuminado. Así qué, como no tienes más remedio, sigues corriendo, avanzando, ganando metros.
Y pronto alguien te pregunta a dónde quieres llegar. Y tú lo miras con cara de circunstancias, sonríes, y le das a entender que no tienes ni idea, que ni siquiera habías pensado en llegar, que lo que te motiva es el viaje en sí, el hecho de mover tus músculos, tus huesos, de notar como todas tus células se manifiestan, de empezar a vivir desde dentro hacia afuera. Que lo que realmente hace que sonrías es notar como tu corazón pasa a ejercer el dominio sobre el resto de tu cuerpo. Es el jefe, el amo. Nuevas reglas, nuevas concesiones. Y las ideas funestas, a sabiendas de que tienen la batalla perdida, porque el enemigo a batir ahora es tan treméndamente poderoso que ni en mil años podrían doblegarlo, se repliegan y abandonan el que había sido su refugio por la puerta falsa, cabizbajas, como el ejército derrotado que son. Y las nuevas ideas redactan un armisticio perdonando a los viejos pecados, hastiados ya de cumplir condena, y una constitución cuya norma principal, por encima de otras, es seguir avanzando.
Y firmas tratados con los que son como tú, con todos aquellos que desean tocar con sus manos el sol, que pretenden asomarse al borde de la Vía Láctea, aquellos que sueñan que avanzan tanto que comban la línea espacio-tiempo. Y te unes en comunión permanente con alguien especial, que te sonríe mientras corréis, que te dobla para que no te canses y a quién doblas cuando las fuerzas le flaquean. Y te das cuenta de que lo mejor de no correr a solas es el saber que no eres el único afectado por esa locura maravillosa. Que, aunque sea por minoría, parte de razón sí tenéis. Que a lo mejor el mundo no es tan complicado, o tan importante, o tan decisivo, si quiera. Que en realidad tener o no tener un destino concreto no es más que una cuestión de nomenclatura. Que se puede hacer todo, que se puede desear todo, que se puede merecer todo. Que comos los decimales infinitos del número Pi, lo divertido de verdad es ir sumando cifras. Y que, por supuesto, el día que decidas parar para coger aliento, el camino seguirá ahí delante, infinito, acogedor. Y sonreirás y dirás: "Venga, unos metros más. Total, ya puestos...."