lunes, 25 de febrero de 2013

PUENTE AÉREO: BCN-YUL


(...) siente pena de que el corazón aprenda despacio
lo que la ágil mente contempla a cada rato.
- Edna St. Vincent Millay –
men señara la voz del mar 
men señara a no llorar 
men señara a reconocer 
que el daño que hay te enseñará a crecer 
men señara a ver sus ojos aunque no esté.
“Me enseñará” - Bebe –

-1-
- Espérame mañana donde siempre. A eso de las cuatro. Te quiero llevar a un sitio fantástico.
No sé por qué a la gente le da por irse a vivir al campo. Es algo que nunca he terminado de comprender. Quién en su sano juicio prefiere las desoladas calles de un pueblo o una ciudad pequeña un domingo por la tarde a la posibilidad de toparte con una emoción nueva en cada esquina? Yo que he vivido, y quizás debería decir sufrido, ambas, no tengo duda alguna. Me encanta mi ciudad, sus callejuelas en la parte vieja, el poder correr junto al mar casi todo el año, el subir a las faldas de la montaña que la rodea y sentir que todo eso, en mayor o menor medida, me pertenece. Formo parte de un ente vivo, enorme. Soy una de las células que componen este organismo. Y reconozco que me gusta formar parte de ese enorme conjunto. Una gran orquesta que, a pesar de algunos desatinos, suele tocar de manera melodiosa la mayoría de las veces.
Explico todo esto porque estoy totalmente convencido que de no haber sido por esta ciudad,por sus calles, jamás hubiese conocido a Lenny. En qué otro lugar, si no, me hubiese topado con una canadiense perdida, mirando para todos los lados, sin saber qué camino seguir, cuál va a ser la calle que la saque a esa avenida grande, conocida, al punto “X” que todos usamos como referencia cuando queremos orientarnos.
-  Are you lost? Estás perdida? – le pregunto. Creo que primero la asusto. Y que luego le da vergüenza haberse sabido observada mientras dudaba, Tiene una belleza particular, extraña. El pelo largo y oscuro. Facciones que podrían ser europeas, mediterráneas, con la piel blanca, y ojos azules heredados de algún antepasado del norte. No demasiado alta ( perfecto,pienso ), adornada con un cuerpo de formas redondas. Feminidad rotunda, a gritos, Por suerte, totalmente demodé.
- Mmm..yes.I think I’m….creo que no sé muy bien por dónde ando..- Habla bien español, con un suave deje de algo que identifico como francés, aunque su inglés es impecable. –Me despisté mientras caminaba y ahora no sé bien dónde estoy. Llevo pocos días en Barcelona. Se nota, verdad?
Ríe por primera vez y me gusta cómo ríe. Sus ojos me miran de forma curiosa, una vez superado el primer momento. Abandona la desconfianza a la segunda frase. Y mi instinto me dice que acabo de saltar el primer escollo. Me cuenta que es de Montreal, que su empresa, una multinacional de las telecomunicaciones, la ha enviado a Barcelona a dirigir la sucursal en España y Portugal, que tiene para dos años y que luego ya se verá. Que había visitado Barcelona anteriormente, una más de esas etapas en las que los americanos visitan Europa en viajes exprés en los que en once días recorren miles de kilómetros, y que se había quedado con ganas de más. Me cuenta todo eso mientras vamos caminando despacio, ella arrastrando una de esas bicicletas de alquiler que tanto éxito han tenido, camino de una focacceria que conozco cerca de allí, detrás justo de la catedral. Porque sin saber cómo ni de dónde he sacado un encanto que ni yo mismo conocía, y sin parecer que quiero ligar con ella la he convencido para tomar un café, para explicarle todo lo que necesite saber de mi ciudad y para que termine de contarme cómo a pesar de estar a veinticinco grados bajo cero la gente de su ciudad no pierde la oportunidad de salir a cenar con los amigos. Y si el final del camino pasaba por poner mis labios sobre los suyos, después de haber devuelto la bicicleta y de haber empalmado los cafés con un paseo y una pizza, prometo que no fue calculado, que todo fluyó, igual que un río nace siendo un chorro minúsculo de agua, sin saber que al final del camino podrá sostener el peso del mundo sobre sus hombros.
-2-
Querer a alguien debería ser como estar de vacaciones. Como ese hormigueo que te entra cuando, la mañana del primer día de tus vacaciones, coges el coche para ir al aeropuerto, para tomar ese avión que te va a llevar a aquel lugar con el que tanto has soñado. El cuerpo tibio, el corazón hinchado y muy rojo, como dicen en aquella película de Médem, y la línea de flotación por encima de la del resto de los mortales. Querer tendría que ser como mirar el mundo desde lo más alto, desde la cesta de un globo. Subir tan y tan alto que no se distinguiese la línea de los países, que los continentes formasen un conglomerado marrón. Sin diferencias, ni fronteras, ni espacios que alejasen a las personas. Querer debería ser como un camino empedrado, el espacio más corto entre mi A y tu B, o como esa fuente que encontramos justo en el preciso instante que la sed empieza a golpear en nuestra garganta. Querer debería ser una ciencia exacta, el resultado de la suma de nuestras intenciones, nuestros deseos, nuestros desvelos. Querer debería ser poder multiplicar posibilidades y restar miedos. Querer es ver a Lenny empujar su bicicleta por el pasillo de su casa, ver resplandecer sus ojos mientras hacemos el amor, como dos trozos de cielo que se expanden en todas direcciones. Querer es los sábados por la mañana en la cama y los miércoles por la noche viendo alguna película en V.O en la filmoteca; coger los miedos, las frustraciones y las sombras, meterlos en una bolsa de basura y sacarlos a la calle para que el servicio de limpieza se los lleve bien lejos de madrugada.
- 3 -
Nos hacemos una foto con Barcelona de fondo un día que subimos a un observatorio meteorológico. Salimos dándonos un pico, muy sonrientes, Recuerdo que es una mañana de mucho aire, y que después de varios días de lluvia, el viento se ha llevado cualquier rastro de nubes y sombras, y la ciudad brilla bajo el sol aquella mañana de sábado. Le digo a Uri que parecemos un anuncio de Tommy, o cualquiera de esas marcas pijas. La ciudad, con sus edificios emblemáticos, brillando como cristales bajo el sol, la Sagrada Familia a nuestra izquierda, y nosotros en el centro de la foto, con luz propia, al margen de lo bueno y lo malo que pasa en el mundo. Miro la foto en la pantalla de mi tablet, suspendida a 36 mil pies por encima del Atlántico, mientras vuelo camino a esa ciudad que hasta hace poco era mi casa, y cuya definición debo ajustar de nuevo, dado que no sé cómo ni de qué forma encaja en mi vida ese nuevo/viejo mundo. Me sorprendo a mi misma de  lo rápido que he olvidado la falta de misericordia del invierno quebequois cuando salimos del Trudeau para ir a buscar nuestro coche. Han venido todos: papá, mamá, mi hermana Camille y Jacques, su novio. Todos ansiosos por contarme y que les cuente. En ese momento me doy cuenta de que los he echado de menos, pero no de la forma que yo suponía que iba a hacerlo. No aferrada a la tristeza de no poder tenerlos, a esa reclusión a la que te condena el desamparo de estar sola a miles de kilómetros de los tuyos, sino a esa sensación de necesidad de compartir, de contar, de querer hacer partícipe a los que quieres de que la vida  te brota desde el interior de los huesos, de que te faltan colores en la paleta para pintar esas nuevas sensaciones, de explicarles que tu vida es ahora un campo de flores, Así que empiezo a hablar y sin darme cuenta me desbordo, como un río en plena crecida, y les hablo de la ciudad, de la maravillosa arquitectura de Gaudí, de que hay catalanes “locos” que escalan unos encima de los otros, como si quisiesen tocar el cielo, como si quisiesen imitar a las torres modernistas que salpican la ciudad, y que a eso le llaman “castells”. Les cuento que el mar es azul la mayoría de los días, Igual que el cielo, y que cuando el viento del norte sopla fuerte y la ciudad se saca de encima las telarañas ambos parecen querer competir en deslumbrarnos. Les explico que los ciudadanos más  pobres de la ciudad, los del barrio de pescadores, se empeñaron hace casi mil años en construir una catedral con sus propias manos y medios,  y le pusieron el nombre de su patrona, Santa María del Mar, porque a ella se la dedicaban para que no los desamparase en mitad del mar. Y sobre todo les hablo de Uri. De cómo me rescató en mitad de la calle, de cómo me sigue mirando igual que el primer día, como si el mundo no existiese más allá del territorio de mi piel y mis huesos. Les hablo del amor profundo por su trabajo, de cómo pone mimo y empeño en hacer especial cualquier cosa, de sus ansias por devorar la vida, como si se moviese guiado por una atroz hambruna. Expulso todas las palabras acumuladas en mi interior y cuando termino estoy exhausta y feliz. Y me doy cuenta de que por primera vez en mucho tiempo me quiero sentar y ver pasar en el mundo. Porque por fin formo parte de un lugar, de un conjunto, De que ya no quiero ser más un verso suelto. De que un pensamiento puede ser único, genial, irrepetible, Una unidad bella en si misma. Pero que es mucho mejor formar parte de una idea, de un discurso.
- 4 –
Las cosas bonitas siempre les suceden a los demás. Tuve que borrar ese axioma de mi vida. Jamás una frase tan rotunda se había hecho añicos de manera tan contundente. Tan decisiva. Nos fuimos a vivir juntos tan pronto Lenny volvió de sus vacaciones de navidad con su familia. Volvió con una invitación debajo del brazo: la de ir en Julio a visitar a su familia, a conocerlos. Te gustará el verano de Montreal – me dijo. Y yo pienso que cualquier cosa de la que ella forme parte me gustará. Que el epicentro es su sonrisa, su manera aún torpe de combinar las formas de ser y estar en catalán, su afición por el pan con tomate y los “dimonis”. Su empeño porque cada día sea como el descubrir una especie nueva. El interés mutuo porque la vida del uno y de la otra se fundan. Así que me he apuntado a clases de francés. Y por las noches practicamos un rato mi francés y su catalán. Y nos gusta decir que hemos inventado el primer puente aéreo entre Barcelona y Montreal. Que propondremos que ambas ciudades se hermanen. Y que nos hagan primera dama y primer “damo”. Las cosas bonitas ya no siempre le pasan a los demás. Verdad, Lenny?

viernes, 8 de febrero de 2013

JET LAG. LUISA.


“Hola, mami, FELICIDADES!!!”
Me despiertan los grititos y las palmadas de mi hija Luna. Abro el ojo y veo su carita sonrosada como un melocotón a menos de un palmo de la mía. Lleva puesto su pijama favorito, uno con dibujos de pingüinos de Linux que nos envió Arturo el año pasado desde California  –“Son lo más en moda geek”- nos decía en su nota – y el pelito recogido en dos coletas. Tiene los ojos grandes y redondos, de un verde intenso, como esos personajes de Anime. Exactamente igual que su padre.
“Ven aquí, tesoro. Me voy a comer a mi melocotoncito favorito”
La abrazo bien fuerte y aspiro su olor. Alguien podría pensar que estoy loca, pero reconocería el olor de mi hija con los ojos cerrados., Sin necesidad de verla o de escucharla hablar. Sólo oliéndola y recorriendo con la punta de mis dedos su piel, igual que un cartógrafo reconoce hasta el último palmo del terreno que tiene que dibujar. Puedo renunciar a los otros tres sentidos. No los necesito para nada: mi hija es mi obra, mi orgullo. Cuando me la pusieron entre los brazos, después de horas de dolor, de juramentos, de pensar que no sería capaz de sacarla de mi interior, que comenzaría mi camino como madre de la peor de las maneras posibles, dormida, sin verle la carita antes que nadie; después de todo ese viaje, el verla llorar desconsolada entre mis brazos se llevó el dolor, como un vendaval se lleva la ropa mal tendida. Y una energía nunca antes conocida se abrió paso en mi interior. Una fuerza y una valentía descomunales, que jamás había sentido en toda mi vida. Y noté el vínculo que no había notado durante todo el embarazo como un latigazo. “Te voy a querer como nunca he querido a nadie” - le dije. Y sabía que era verdad. La mayor verdad que alguna vez hubiesen pronunciado unos labios.
“Hola preciosa. Felicidades. ¿Qué tal sienta cumplir un año más?”
Miguel está detrás de la pequeña Luna. Le sostiene los hombros con sus manos grandes, mientras ella me abraza. Sigue estando guapo, con esa belleza que algunos hombres saben conservar más allá de los treinta y tantos. Aún es capaz de salir a correr unos cuantos días a la semana durante una hora. Y de jugar a fútbol sala con los compañeros del colegio dos días a la semana. Es un padre magnífico. Excepcional. Y un buen compañero de viaje.
-- Lo vuestro es admirable  –me decía Mai mientras nos tomábamos una cerveza donde Juanjo -  Lleváis cuánto juntos, ¿quince años?..Y aún os queréis igual que siempre. ¿Dónde está el truco?
- No seas exagerada. Llevamos once años juntos. Y no todo son flores y violas, que también hemos pasado lo nuestro. Supongo que se trata de dar con la persona adecuada. De saber ver qué es lo que te conviene en cada momento. Y dejar que las cosas fluyan y sucedan…..
“Bien, gracias, supongo…Aún no me siento más vieja que ayer” – le digo sonriente, medio dormida todavía. Y me mira con esos ojos con los que Miguel siempre me ha mirado. Desde que nos sentábamos en el parque a ver pasar la vida, con quince o dieciséis años.  O más aún. Desde aquellos veranos en la playa, cuando la playa no era el sitio de moda que es ahora, sino un trozo de arena entre descampados. El bueno de Miguel, siempre al lado de Luisa.  De manera discreta, sin hacerse notar demasiado, pero expandiendo su calor y su bondad y haciéndolas llegar hacia mí.
“Oye tía, ¿tú y Miguel qué?”  –me preguntó Ana una noche de hace casi mil años, de sopetón, casi a empujones. 
“¿Yo y Miguel qué de qué?”  – le respondí. Íbamos borrachas después de todo el día de fiesta y bebiendo para celebrar el final de los exámenes de Enero.
“Joder, ya sabes, si te mola. Si tenéis algo. Si habéis follado o pensáis hacerlo”  ( aquellos que conozcáis a Ana de la tele y de los desfiles de moda, que sepáis que siempre ha sido una carretera hablando, y que lo de chica fina y moderna lo reserva para el trabajo. )
“Nooo. ¿Por qué dices eso? ¿Qué pasa, que te gusta o algo y quieres saber si tienes vía libre?”
“No seas gili, Luisa,. Sabes por qué lo pregunto. Vais siempre juntos, sois vecinos desde chiquillos y veis la vida de manera parecida. Además, Miguel es demasiado buen nene para mí. Ya sabes que a mí me ponen los tíos más punkies y malotes…..¿Y tú has visto de qué forma te mira? Te devora. Además, es perfecto para ti. Creo que todavía es virgen….”
Nos reímos de esto último, aunque yo le riñese y le dijese que era una hija de puta por reírse de eso. Nos reímos y no volvió a salir el tema durante el resto de la noche,  pero las palabras de Ana hicieron click en la bombilla, como un interruptor. Y durante unas pocas semanas no dejé de pensar que sí, que quizás lo que a mí me convenía era alguien como Miguel, alguien firme, leal, bueno. Y que no era feo después de todo. Que a lo mejor no tenía una chispa capaz de causar incendios, pero sí la suficiente cantidad de calor como para calentar un corazón como el mío. Y que puestos a elegir a alguien con quien compartir la vida, ¿por qué no una persona de la que sabes qué esperar?. Porque para sorpresas, y monstruos que salían de la piel de hombres tan guapos y simpáticos que eran  capaces de parar el tráfico aéreo del Prat, ya tenía las historias que me contaban mis amigas. Así que me decidí a abordarlo, porque si a alguien le correspondía el rol de macho alfa, ese que toma la iniciativa y saca a la chica al centro de la pista, era a mí. Porque sabía de sobras que Miguel y su discreción, Miguel y su timidez, Miguel y esa cara de “soy virgen y se me nota porque no intento disimularlo” no serían capaces de dar el primer paso, Aunque las señales que le mandase mostrando la mejor disposición del mundo fueran detectables desde dos o tres galaxias de distancia. Por lo tanto, podría decir que me camelé a Miguel, aunque en realidad no me costase mucho hacerlo. Creo que el beso de tornillo que le di en su portal fue un  argumento más que suficiente como para que se diera cuenta. “Joder, nunca me habían besado así – me dijo -. En realidad nunca me habían besado antes. De esta forma, o sea, con lengua, con….”  Y no supo cómo continuar y para que no se azorase lo volví a besar de la misma forma. Y mi lengua inexperta se sintió triunfal al penetrar en su boca e imponer su ley. Porque yo, que no era precisamente una experta, tenía todas las de ganar en aquel match. Y me gustó que no me metiese mano como un pulpo en aquel preciso instante, que no supiese qué hacer con sus manos, aunque su  pene, erecto, marcándose en sus tejanos, me decía que la cosa iba bien, que eso era lo que Miguel estaba esperando. Y ese mismo instante supe que jamás, nunca, bajo ningún concepto, Miguel volvería a separarse de mí. Y que no opondría resistencia a que lo moldease, a que lo adaptase a mis necesidades. Y que el estar a mi lado, el tenerme, el poder abrazarme y protegerme lo iban a hacer feliz.
“Mami, mami, mami tienes que venir al comedor. Que tu regalo está ahí. Tienes que verlo. Lo ha hecho papi.”
Me coge de la mano y me conduce hacia el comedor. Va dando saltitos, muy emocionada, y con su media lengua me cuenta que papi le ha dicho que lleva mucho tiempo haciéndolo. A escondidas. Y que lo había guardado en su despacho del cole, para que no pudiese verlo hasta ese día. “Ya verás, ya verás, ya verás…”, grita sin cesar. Y detrás nuestro viene Miguel, en silencio. Y aunque no puedo verlo sé que sonríe. Que está feliz viendo desde su atalaya cómo su mundo gira en perfecta sincronía, como un reloj hecho a mano. Y me quedo sin habla en el comedor al ver una reproducción de mi cuadro favorito, “Exploración de las fuentes del río Orinoco”, de Remedios Varo, apoyado en el sofá. Pintado por Miguel. Para mí. Otro nuevo set que sube al marcador de Miguel, que no ha dejado de ganarlos desde que aprendió a besarme después de que casi lo asfixiase en tu portal. Y mientras me ducho y me arreglo para disfrutar de mi día especial con mi familia, pienso en la suerte que tengo de tener a mi hija, y de tener a Miguel. Pero no puedo evitar sentirme como la copa que aparece en el cuadro, vertiendo agua de manera incesante. Porque lo que nadie sabe es que soy un río. Un río oculto y de aguas negras. Un río que desde hace dos días está a punto de desbordarse, de causar una tragedia de tal magnitud capaz de cambiar  la orografía de mi vida.
“Vuelvo a casa dentro de dos semanas. Tengo ganas de verte. Y de darle un beso a tu hija. A nuestra niña. Arturo.”. Releo el correo mientras me seco, mientras me voy vistiendo. Y me parece escuchar el ruido del agua al desbordarse…..

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...