Me pediste un cuento, como quien pide un vaso de agua en mitad del camino
polvoriento, y me inventé un refugio, un lugar en el que guarecerse cuando
vengan mal dadas, cuando la vida sea un viento furioso y frío, de esos que nos
azotan el rostro y el cuerpo sin misericordia, como si quisiera arrancarnos el
calor de dentro y llevárselo a la otra punta del mundo.
Me pediste un cuento desde tu lado de la cama, y me inventé una escalera
muy alta, te pedí que me siguieses y terminamos sentados en una nube, contemplando
el mundo desde arriba, muertos de risa,. Y luego fuimos a recolectar estrellas,
con cuidado de no dañarlas, de no apagar su brillo ni silenciar su tintineo. Y
las pusimos alrededor de nuestro nuevo lecho. “Para que los aviones nos vean y
no nos atropellen” - me dijiste. Y a mí,
cómo no, me pareció bien.
Me pediste un cuento mientras cantabas, y yo me inventé un océano de
letras, y fui sumergiendo bajo su superficie seres imposibles, palabras
inventadas, universos extraños. Preposiciones que terminan proponiendo
acciones, perífrasis que se retuercen como artistas de circo, verbos
infinítamente conjugables, nosotros, tú, yo, y vuelta a comenzar.
Me pediste un cuento y yo me desvestí de Domingo, con un traje de sonrisas
y risas, con el corazón bombeando letras, pum-pum, con una liana de versos
enredándose en mi cuerpo desnudo, despojado de todo lo superfluo. Y mis letras
saltaron a tu estómago, a tu pecho, a tu sexo, te hicieron cosquillas,
revolotearon a tu alrededor como luciérnagas.
Me pediste un cuento y dibujé el mapa de un nuevo mundo, dispuesto a
perderme para poder encontrarme entre tus brazos cada nuevo amanecer. Saltar de
tu continente al mío, dibujar el surco de los ríos con mis dedos, explorar
todas sus simas, sumergirme entre sus aguas sin necesidad de respirar.
Me pediste un cuento, y como yo no sé escribir, junté a todas las
palabras que conozco y les pedí que se
mezclasen. Y salieron perfumes, melodías, mares, continentes, historias habidas
y por haber, recipientes de risas, de amor, de abrazos, de confianza, de querer
y querer y volver a querer.
Me pediste un cuento, y mira tú por dónde, terminó siendo también mío.