jueves, 22 de agosto de 2013

SI TÚ SUPIESES... DESIRÉ

Me despierto en mitad de la noche, desorientada, y tardo un poco en recomponerme, en reconocer el sitio en el que me encuentro. Consigo calmarme y poco a poco voy poniendo nombre a todo. Categorizo, ordeno, y empiezo a respirar con calma. El bulto encogido a mi lado sopla feliz, ajeno a todo lo que me sucede. También lo ordeno en mi pensamiento: le doy una categoría, un nombre, un estatus. Aprendí  a hacer eso cuando me empezaron a sobrevenir los ataques. De pronto, me quedaba paralizada, sin saber qué ni por qué. Y encogida de miedo. Como si una mano helada me removiese las entrañas. Y me sentaba hecha un ovillo durante el tiempo que me duraba el ataque, hasta que este remitía y caía rendida por el sueño durante horas. Fue así durante la época más chunga, cuando un día sí y otro también  perdía los nervios, la paciencia, cuando el llanto me sobrevenía sin previo aviso y me dejaba hecha un guiñapo, como si una bestia enorme hubiese decidido, tras mucho masticarme, que le sabía amarga, y me hubiese escupido en mitad de un páramo solitario. Fue así hasta que Ana, harta de llamarme al móvil porque a mi me había dado por desaparecer en plena presentación de la nueva temporada de nuestra colección de primavera-verano, entró en mi casa usando la llave que una vez le di, y me vio tirada en la cama, oliendo como el cubo de la basura, rodeada de cajas de pastillas acabadas en –zepam y con un ejército de cucarachas conquistando la cocina. Así que Ana, la Ana que lleva toda la vida cogiéndome de la mano, sin soltarme; la Ana capaz de no juzgarme ni condenarme pero que cuando se sienta ante mi me deshace las costuras. Ana, tan fantástica y a la que debo tantas cosas que necesitaría vivir nueve vidas con un karma inmaculado para igualarme a ella, para ponernos a nivel, esa Ana se echó el peso del trabajo a su espalda, consiguió quitarme de encima a los perros y las perras que iban olfateando mi miseria y me mandó con su amiga Alicia, una terapeuta estupenda, después de que en el hospital consiguiesen limpiarme un poco la mugre que había acumulado por dentro y por fuera.
Miro la hora en el móvil, las cinco y cuarto, y convencida de no poder dormir más, me pongo una camiseta, cojo un porro del cofre donde guardo la hierba y me salgo a la terraza a ver amanecer. Desde aquí puedo ver casi toda Barcelona, y a lo lejos, por la zona de la playa, se ven aún las estelas de los cohetes de la gente que sigue celebrando la verbena de San Juan, aunque se empieza a respirar esa tranquilidad que precede al final de una fiesta. En mi calle, ocho pisos más abajo, alguien tira un petardo de gran potencia. Después, se escucha un chirriar de ruedas y un coche acelera dirección a la montaña.  Fumo, y mientras exhalo el humo vaciando mis pulmones lentamente, disfrutando del efecto casi inmediato que el tetrahidrocannabinol produce en mi sistema nervioso, alejo poco a poco de mi las últimas sombras de mi pesadilla. Confieso que nunca recuerdo lo que sueño, que soy incapaz de reproducir la más ínfima de las imágenes que me acosan hasta hacerme sudar y temblar, hasta conseguir que me levante gritando y llorando como una niña pequeña. En eso Mai es la especialista. Dice que sus sueños la regulan, la equilibran, la conducen a través del camino correcto, como si su subconsciente fuese una especie de gurú, un analista tan bueno capaz de resolver las ecuaciones más complicadas, las que dan paso a la optimización de los recursos, a la vida sencilla, al camino alejado de las piedras y de los recovecos oscuros. Mai se fía de sus sueños como un marinero se fía de la luz de un faro, y se alegra de ver el destello porque en él reconoce un manual de instrucciones, la solución a un acertijo planteado. Mis sueños no tienen nada que ver con eso. Son como si me arrojasen a una habitación enorme, a oscuras, con unas paredes tan descomunales y lisas que impiden la orientación.
A lo lejos escucho ruido de sábanas, y una voz demasiado estridente para mi estado que me llama. El bulto, claro, pienso. Charlotte. Rubísima, monísima, francesísima. Modelo del año según Marie Claire. Encantada de desfilar para nosotras. Y ansiosa por meterse conmigo en la cama. La escucho y sé que será mi próximo dolor de cabeza. Que su enfermiza obsesión por mi, por mi talento, por todo lo que digo y hago no harán más que acrecentar la brecha que ya se ha abierto entre nosotras, que empezó a ensancharse tan pronto como tuve mi último orgasmo. Charlotte, que tampoco comprenderá que no la quiera, que la rechace, que no tome posesión de su cuerpo, de su destino; ella que está acostumbrada a rechazar a todo el mundo de repente probará el amargo sabor del abandono. Como todos y como todas. Aunque esté mal decirlo. Totalmente hipnotizados por el encanto de Desiré. Amantes, amigos, enemigos, perros y perras varios que rechinan los dientes muertos de envidia cuando saben de mi vida, cuando descubren que de nuevo le hemos dado una patada en el culo a las convenciones estéticas, que otra vez nos llevaremos de calle todos los elogios y que los modernos, los hipsters, las socialités reconocidas y las que viven con aspiraciones de serlo, perderán el culo por ponerse nuestra ropa. Todos menos Ana, que me conoce, que es como si fuese mi yo interior equilibrado que un día se cansó de vivir en mi cuerpo, maltratado  y maltratador, pero que no pudo evitar los remordimientos y lejos de abandonarme se quedó a mi lado para ayudarme a seguir cuando me fallasen las fuerzas. Y yo, mi peor enemiga. El alimento de esos bichos que viven en la ciénaga en la que a veces se convierte mi cabeza, capaces de gritar tanto, de reírse tanto de mi, de hacerlo con tanta fuerza que a veces no entiendo como el resto del planeta no escucha las risotadas que se escapan a través de las paredes de mi cráneo.
Charlotte se acerca desnuda y me abraza por detrás, envolviéndome entre sus brazos y el olor de su perfume, Dahlia Noir, Es más alta que yo, con la piel muy blanca, senos pequeños pero perfectos, y ojos de color gris. Aún desprendida de todo glamour, con el pelo enmarañado y cara de sueño, sigue siendo aterradoramente bella. Me besa en el cuello y me quita el porro de las manos. Como la mayoría de gente que conozco en el mundillo, Charlotte es politoxicómana. Cocaína para aguantar el ritmo y estar siempre estupenda, hachís para matar el hambre, M para ir de fiesta y valiums y otra enorme ristra de tranquilizantes para poder dormir sin que el peso de la responsabilidad que han colocado sobre sus hombros la deje clavada en el sitio. Tiene 18 años, una niña, una bella doncella de oro, que lleva siendo una joya bella, un diamante al que todo el mundo quiere contemplar y que todo el mundo quiere poseer desde la edad en la que muchas niñas siguen jugando con muñecas.
- Pourquoi êtes-vous ici? Tout va bien? – me pregunta.
- No te preocupes, cielo. No tenía sueño y me salí a fumar a la terraza. Además, me gusta esta hora tranquila del amanecer.- Le contestó en inglés, porque nunca he sido capaz de hablar ni una palabra del idioma de Voltaire. Y no es que la lengua de mis admirados Blur se me dé estupendamente. Para eso está Ana, capaz de manejarse tranquilamente en seis lenguas. Seis. La muy guarra….
- No quería molestarte…quieres que me vaya? Es que me he despertado y al no verte en la cama……
- No te preocupes, está bien. No me importa compartir este momento. Pero mejor en silencio, de acuerdo?
Charlotte asiente en silencio y se pega a mi. Acomoda su cabeza en mis hombros y durante un rato vemos cómo el cielo se va tiñendo de colores. Primero el lila desgastado, luego el azul, para dar paso a un rosa anaranjado, mientras el sol de despereza por encima del mar a la altura de la costa del Maresme. Cuando la muerte de la noche ya es más que definitiva, nos volvemos a la cama, y durante un rato me haré a la idea de que en realidad quiero a Charlotte, de que me siento privilegiada y elegida, o tan privilegiada y elegida como ella, de estar donde estoy con quien estoy. Aunque la realidad pinte una escena en la que me despierto sola y liberada del peso de todo mal y de la responsabilidad de tener que decirle a la niña ninfa “au-revoire”, hasta aquí hemos llegado, no te lo tomes a mal cielo pero lo nuestro es imposible.
- Lo del Pachá de Ibiza con Steve Aoki ya está firmado, Desi. No sé qué maravillas hiciste con aquella gente, pero hay que reconocer que casi de mean encima del gusto cuando les dijimos que sí.
La que habla es Ana. Mi Ana. Se ríe mientras me lo cuenta, y me mira a través de sus gafas de ejecutiva hipster para que le cuente los detalles escabrosos. Aunque la verdad, esta vez no ha habido nada raro de por medio. El jefe de promociones del grupo Pachá es un gay encantador que comparte conmigo sudores y esfuerzos en las clases de spinning en la que todos los pijos de la ciudad vamos a torturarnos cuatro días a la semana. En su caso, para mantener un cuerpo que es la envidia de modelos, artistas y cualquier mariposón que conozca al bueno de Joan. En el mío, para evitar que mi metabolismo haga el efecto palomita y me salga el culo que mi madre, mi hermana y mis tías lucen desde los treinta, año arriba o abajo. “Ya te tocará, estupendísima”, me dicen para pincharme. Y  sé que tienen razón. Que más tarde o más temprano ese culo marca de la casa entrará sin avisar, sin decir ni hola, el muy hijoputa, y se quedará a vivir conmigo para siempre. Todo lo contrario que mis amantes.
-Ya sabes que tengo buena relación con Joan –le digo a Ana- y participar en la clausura de Pachá es una oportunidad genial de promoción. Además, Joan es un puto encanto, y sé que se moría de ganas de tenernos allí. Aunque a mí me sobra el soplapollas de Aoki.
- Es una mierda de dj, pero mueve masas., Además, nosotras estaremos demasiado ocupadas como para prestar atención a la sesión.
Miro a Ana y sabe lo que estoy pensando. Que en el fondo, o quizás no tan en el fondo, todavía seguimos estando sorprendidas, abrumadas, extasiadas. Que cuando nos sentamos a pensarlo fríamente, con una cierta distancia, nos seguimos mareando. Que hace ocho años éramos dos chicas de barrio recién salidas de la escuela de diseño. Que en la puta vida hubiésemos pensado en pisar Pachá, porque nosotras éramos alternativas, punkis, góticas. Y sin embargo, el destino era una chistera de mago de la que salía de todo lo bueno,  todo aquello que nunca en la vida hubiésemos podido soñar. Fama, reconocimiento, dinero. Portadas en las mejores revistas, artículos en diarios de todo el mundo. “Weird Fishes” ( bautizamos así a nuestra marca después de un concierto de Radiohead en Londres ) representado como la Meca de la moda, del mejor diseño catalán que extiende su fama por todo el mundo civilizado. Y el dúo maravillas, Desi y Anita, Anita y Desi, la ejecutiva y la extravagante, encumbradas más allá de donde incluso nuestra vista nos permite ver.
- Estará bien. Podríamos decirle a estos que se viniesen. Que se estiren los de Pachá y nos reserven habitaciones en el hotel para todos. Va a ser guay, ahora que Arturo va a estar otra vez viviendo en Barna., Podríamos aprovechar para pegarnos una fiesta de esas nuestras, de las de antes. Miguel y Luisa, Arturo, Mai, nosotras dos. Los de siempre, pero a tutiplén.
Ana me mira divertida, pero sé que le gusta la idea. Que ella había pensado lo mismo y estaba punto de decírmelo.
-Llama a Joan y díselo, seguro que a ti no te lo niega –me contesta. – Hablando de vernos todos, acuérdate que el domingo de la semana que viene comemos en casa de Miguel y Luisa. Celebraremos el cumpleaños de la pequeña Luna.
-Tranquila, Ana, sabes que no fallaré y que no se me olvida - le digo.

Cuando Ana se va cierro la puerta de mi despacho y me pongo a trabajar sobre algunas ideas. Suena Björk, como casi siempre que tengo que crear. Me gusta la loca islandesa de las narices. En parte, me siento identificada con ella. No demasiado guapa pero deslumbrante. Quizás a su pesar. Me da la sensación que persigue alguna quimera. Igual que yo. Que sueña con tener lo único que no puede alcanzar. La única cosa en el universo que la motiva, que le pone las pilas, Dejo el ordenador y abro el cajón donde tengo el sobre con las fotos. Algunas son mías ( fue fácil sacarlas ), por otras, le pagué una pasta a alguien que hizo un buen trabajo. Me obsesiona una. Aparece desnudo, en la ducha del gimnasio. Le cae el agua por encima del estómago. Un vientre plano, musculado. Como el de muchos de los modelos con los que me he acostado. Tiene el pene grande. Me imagino qué debe sentirse teniendo semejante miembro en la boca, desgarrándote las entrañas. Las sombras de saber que otra lo disfruta me hacen enfadar. Pero pronto me someto al embrujo de las fotos. Y mientras mis manos se dirigen al punto exacto, mientras mis dedos se encargan de proporcionarme el placer que nadie más ha sabido darme, pienso en Miguel, en su cuerpo, en su cara de buen hombre. En que pronto lo volveré a ver y lo disfrutaré, aunque sea de lejos, en silencio. En que volveré a soñar que  su hija es mi hija, Que hay carne mía en el cuerpecito de la pequeña Luna. Y mientras me corro entre gemidos, imagino la cara de Miguel mientras me folla inmisericorde, mientras me pide que grite, que gima, que le pida que se corra dentro de mi. Que me de aquello que me ha sido negado. “Eres lo que siempre quise ser yo. Lo tienes todo” me dijo Charlotte la noche de San Juan mientras me besaba. Si tú supieses, pequeña, si tú supieses……

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...