martes, 28 de diciembre de 2010

7 CUENTOS PARA 7 DÍAS: DOMINGO ( CARMELO )

Limerencia (anglicismo proveniente de limerence) es el nombre propuesto por la psicóloga Dorothy Tennov para un fenómeno emocional cognitivo involuntario producido en ciertas personas y vinculado al enamoramiento. La limerencia puede en algunos casos ser exactamente lo que uno trata de expresar cuando dice que está "locamente enamorado" y puede ser experimentada como intensa alegría o como extrema desesperación.
- Fuente: Wikipedia. -


Podría apostar por lo más sencillo. Una resurrección de mi antiguo ego, ese que tan buenos ratos de impermeabilidad emocional me hizo pasar. Pero llegados a este punto, creo que retroceder no es demasiado prudente. No estoy seguro de recuperar aquella cueva, aquella burbuja en la que me sumía para contemplarme y contemplarnos con cierta distancia, como si en vez de vivir la vida estuviese visionando una película en alta resolución. Y puestos a andar ciego y sin rumbo, prefiero lo que tengo. Ya he situado mi centro gravitacional, y al menos puedo acudir a él cada vez que me surge la necesidad de equilibrio.
Y es que tenerte y no tenerte se ha convertido, a día de hoy, en el escenario perfecto para mis mejores puestas en escena. Esas que antes admitías sin decoro que te gustaban, y de las que ahora dices renegar. Pero no te creo, sabes? Me parece totalmente incomprensible que te alejes, por cuánto me necesitas, y lo sabes. Y sí, estoy totalmente dispuesto a admitir que cumplas con tu papel, el de chica independiente a vuelta de todo, que ya no necesita que la mime o que la proteja. Estoy dispuesto a admitir, decía, que te alejes, porque sé conscientemente que eres como la Alicia del cuento: mientras más te alejas de mí, más cercana te sitúas, y con mayor profundidad hundes tus raíces en mi piel.
-"Carmelo, deja de llamarme, por favor. Ni estoy ni voy a estar más. Se acabó. Y cuanto antes lo admitas, mejor para tí. Porque yo lo tengo claro. Me voy a Sevilla con Juan Luís."
Eso me lo dijiste el miércoles. El jueves, accedes a quedar conmigo. "Accedes", eso dijiste. Aunque yo sabía que serías incapaz de irte sin verme una vez más. Y ambos acometemos ese juego al que tanto nos gusta jugar últimamente. Yo, en el papel del digno herido, que no deja transpirar su dolor, aunque sabe que todos saben que está ahí. Y tú, en tu papel estelar de resucitada, la nueva Mar, limpia por completo de toda adicción a mi persona. Por completo? Y el juego es divertido, un baile de máscaras al que cada cual acude con sus mejores galas, con ansias de comprobar hasta qué punto es capaz de desconcertar al otro, de hacerle ver como real eso que sabe que no es más que un espejismo.
- "No pongas esa cara, joder. Sabías perfectamente a lo que veníamos. Además, ya no te sirve, Carmelo. He cambiado, y lo sabes"
Y pienso, aunque no lo digo, que sí, que es verdad que has cambiado. Que antes me querías y lo admitías sin tapujos. Y que ahora renuncias a la verdad por miedo. Que me sigues queriendo. Pero que antes prefieres huir que encararte con tus necesidades. Sigo sin entender el por qué. Aunque tampoco importa obtener todas las respuestas. Especialmente cuando estoy completamente seguro de la inminencia de tu retorno.
- "Volverás, y lo sé. Pero estoy de acuerdo con que te vayas. Necesitas crear distancia para tener la perspectiva necesaria. Hazlo, tienes todo mi apoyo".
- "Eres un...." - pero no aciertas a terminar la frase. Te levantas, me miras y te vas. Y pienso que esta vez no lo has hecho nada mal, que casi me he creído que me odias, o que te doy asco, o pena. No sé ya. He escuchado de tu boca tantas versiones del mismo tema, que no sé con cuál quedarme.
- "Llámame cuando te apetezca. Sea la hora que sea. Sabes bien que estaré para ti"
Pero ya no me escuchas. Has salido del bar ( te negaste en redondo a que quedásemos en nuestro Starbucks ) con tanta rapidez como si te faltase al aire. Durante un rato me dedico a contemplar tu sitio vacío. Y aún soy capaz de notar el calor que tu cuerpo ha dejado. Y tu olor. Luego, me levanto, pago las consumiciones y salgo.
48 horas. Son las que llevo sin dormir. Hago bajar un alprazolam con los restos de la última botella de vino y consigo cerrar los ojos. Pero no duermo. Mis fantasmas ( todos ) han decidido que era un buen momento para consagrarse ante su público ( yo ) y vestidos con sus peores galas, me dedican una bonita sesión de Jam sesión. Así que me resigno, abro los ojos, y permanezco en esa senda de inmortalidad ( el no dormir es el verdadero camino hacia la vida eterna, soy el gran hermano que todo lo controla, el demiurgo de mis propias desgracias ) por la que me puse a caminar tan pronto como supe, como admití, que no me volverías a llamar. Y te reconozco que no me lo esperaba, que jamás hubiese concebido tal argucia. No hubiese sido capaz de imaginar nada que rompiese nuestro vínculo, que nuestras órbitas se separasen. Aunque lo más doloroso sigue siendo la constancia, pantalla plana de 100 pulgadas en alta resolución, de que en realidad, quién no sabe vagar solo por el universo soy yo. Esa evidencia que me grita al oído: "Jódete, se ha ido. Lo ha conseguido. Es libre". Y caer en la cuenta, una vez más, de que la verdadera esclavitud es no ser capaz de mirarse al espejo.
Tarde de domingo enmascarada en primavera. La observo de nuevo desde las alturas. Pero ahora ya no sé vestirme de indiferencia. El dolor se muestra abiertamente, e inmisericorde me raja la piel y me hincha los ojos. Me miro en el cristal de un escaparate. Parezco un yonqui. De hecho, soy un puto yonqui. Un adicto a mis propias circunstancias, un enfermo que necesita la dosis prescriptiva de tu presencia. Dos niñatos con pinta de skins que bajan por Balmes se me quedan mirando. " Qué pasa, gilipollas. Queréis algo? " Me miran alucinados pero, aún no entiendo por qué, no responden. Quizás es que por fín, todo el mundo ha comprendido que soy contagioso. Que mi dolor no responde a tratamiento. Hasta yo he entendido que no soy más que el resultado final de mi propia ecuación errónea, el único responsable, el gran creador de ese muñeco con pies de barro que era mi ego. Camino, no sé hacia dónde pero camino. Porque eso es lo que hace los cometas. Y eso es lo que soy. Una piedra helada, con una bonita cola que lanza destellos, pero incapaz de albergar vida.

viernes, 10 de diciembre de 2010

MICRORELATO 21: FLUJO CONTÍNUO ( ELENA Y ALONSO ).


Todo trasciende. Las palabras, los gestos, las miradas. Por innecesario. Por ya dicho. Nada queda que añadir más que nuevas emociones, renovadas en cada encuentro y extintas al despedirse. Luego, la necesidad, el hambre, la melancolía. La negación de lo que es, de lo que podría ser, y la constatación de lo que será.
Sobran las palabras en cada encuentro, pues no son el director de orquesta necesario para dirigir esta melodía. Los cuerpos hablan un idioma mudo, sordo, y si me apuras, ciego. Bocas que se encuentran nada más traspasar la puerta. Manos ávidas, las de él, que recorren la espalda de la muchacha, desde el cuello, y con estación término en el trasero, imponenente, duro. Ella recorre con su manos la espalda del muchacho, acaricia su pecho, recorre su estómago trazando círculos y aferra con ansia su sexo, ya despierto, duro e imponente.
A estas alturas el verano tórrido e inmisericorde habita en su cama. Ya están los cuerpos, exponiéndose desnudos, inquietos, deseosos de ser tocados y besados.
Alonso se tumba en la cama, boca arriba, y pide a Elena que se siente sobre su boca. Su lengua le recorre el sexo, lame el clítoris de la muchacha mientras la masturba, léntamente al principio, con más ansia después. Elena empieza a agitarse bajo el ataque de Alonso. Imposible resistirse. Sabe qué final le espera. Cuando se corre por primera vez sobre la cara de Alonso, se tumba sobre él y le devuelve una a una las caricias prestadas. Empieza por lamer su estómago. Paseo de largo recorrido con la lengua, resiguiendo la forma de su cuerpo, mientras con una mano empieza a masturbarlo. Pronto la boca llega a su destino, y Alonso suspira, ya que por fín será dominado. Mandan el placer y el deseo, y su cuerpo se estremece cuando Elena pasa la lengua por su pene, midiendo el largo, antes de meter el prepucio en la boca y lamerlo con fruición. Lentamente, su polla desaparece en la boca de Elena, y sólo el mirarlo, el contemplar la escena, provoca que casi se corra.
Y esa, sin lugar a dudas, es la señal. Elena se sienta a horcajadas sobre el pene erecto de Alonso y lo introduce lentamente en su húmedo sexo. Primero una porción, ni demasiado pequeña ni demasiado grande, sábiamente medida. Los músculos vaginales de Elena se cierran sobre el pene de su compañero. Y ambos cuerpos se agitan. Es un universo que explota, que se expande. Se mueven acompasados a ritmo rápido, vertiginoso, se devoran con las manos, la boca y la mirada. Alonso alza el culo, para poder penetrar más profundamente a Elena, y ella asiente lanzando gemidos más agudos de placer. Cuando la chica se corre por segunda vez, esta vez entre sus piernas, Alonso le pide que se de la vuelta. La penetra por detrás violentamente, y la vagina de ella se estremece con cada acometida. Sus manos trabajan los pechos de Elena, duros, pezones erectos que rasgan el aire saturado de sexo. Y Alonso de abandona a la senda del placer. No ve, no oye, todo su cuerpo es una corriente eléctrica, un chorro de calor. Y cuando se corre, con violencia, grita el nombre de su chica, de esa que sólo tiene un rato, de esa con la que el tiempo válido se restringe a cada momento que pasan juntos.
Y es que en la geografía del amor y del deseo, no todos los accidentes son visibles, permanentes. Y a lo mejor así debe ser. Un fenomeno puntual, violento, pero que no deja de maravillar.

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...