No le busco racionalidad porque no la tiene. Símplemente,
es. Existe como un ente con vida propia, que emana calor y que contagia la
fiebre que lo alimenta y lo hace grande. Está ahí, agazapado en un rincón
oscuro y olvidado, ahí donde nadie pone el pie, temeroso de que algo salga
desde dentro de esa oscuridad y lo
arrastre hacia allí. El problema, o la suerte, o el resultado inesperado de
esta ecuación, es que no somos luz. Somos sombra, pecado, delito. Somos lo que
evitamos ser. Y por eso tú estás aquí. Y yo estoy aquí.
Me despierto con el eco de tu voz. “Despierta”, me dices. Y
entreabro los ojos y te veo sentada encima de mí. Intento cogerte pero no puedo
mover los brazos, como si mil gigantes me hubiesen amarrado a la cama. Pero
lejos de asustarme, me excita que tú tengas el poder. “No te puedes mover
porque estás dormido”. “Dormido?”, pregunto. “Claro, no te habías dado cuenta?
Esto es un sueño. Aunque podría ser real. A fin de cuentas, los sueños no son
otra cosa que la expresión oculta de aquello que en realidad deseamos. Y tú me
deseas. Aunque no me hayas dicho nada, lo sé. Lo he visto en tus ojos, y leído
en cada una de tus palabras.”
Y lentamente te vas desabrochando la camisa, y pienso que
por fin voy a ver tus pechos, y mi pene se dispara y me duele, igual que me duelen las costuras de mi cuerpo ahora que
se deshacen, sometidas todas a la locura del placer de tenerte, o mejor dicho,
del placer de que me tengas, manso, rendido. Yo soy el hambriento al que se le
aparece un oasis, y ese oasis flota delante de mis ojos, y como aún no puedo
arrancar las cadenas que me sujetan a la cama, eres generosa y me das de beber
de ellos, maná prohibido que me embriaga, que me produce escalofríos, que
hincha tanto mi sexo que temo que en cualquier momento estalle.
Yo también necesito alimento –me dices al cabo de un
instante. Y lentamente lames mi cuerpo, empezando por mis pechos, mi estómago,
hasta llegar a mi sexo, un incendio descomunal que introduces en tu boca,
provocando que el mundo pierda el poco sentido que le queda. Y así, sordo y
ciego y ahogado por mis propios gritos dejo de ser yo mismo, porque la bestia
ha salido de las sombras buscando la luz, buscando el alimento que apague su
hambre infinita, hambre acumulada después de millones de años de vana evolución.
Pero tú sabes cómo aplacar a la bestia. La dominas. Te
pertenece. Así que antes de que eyacule me agarras fuerte el pene con la mano y
me sonríes. “Todavía no dispares, vaquero.” Y sin pensarlo te subes encima de
él, dejando que entre poco a poco, atrapándolo entre las paredes de tu vagina,
y la fiebre se torna locura y la razón huye volando, y me insultas y te insulto
y me abrazas y te araño y me muerdes y bailamos y caemos rendidos entre
aullidos, dos bestias enlazadas, un solo cuerpo, empapados el uno de la otra,
bañados por una lluvia descomunal de efluvios, con el deseo pegado en la
piel…..
Y aunque despierte luego bañado en sudor y con las sábanas
empapadas de mi semilla, sé que es real, que está ahí. Que espera. Que la
bestia no se va a conformar. Y sonrío antes de volverme a dormir…….