Después de un tiempo me
llegué a acostumbrar al sueño. Corría desnuda por un campo de almendros. Miles
y miles de almendros que se desangraban
mecidos por una brisa cálida y suave. El sol se estaba poniendo, y yo allí, en pelota picada, dando botes como una
condenada entre una marea blanca de pétalos que me rodeaban. Me sentía feliz, o
al menos no sentía miedo, ni ansiedad, ni ese tipo de cosas que siente una
cuando sufre una pesadilla. Y luego, la palabreja, Smultronstället,
que quiere decir fresas salvajes en sueco, y que además es el título de
una película de Bergman. Lo sé porque a fuerza de escucharla en mi sueño la
busqué por internet. Lo más raro de todo es que jamás había visto la película
de marras antes de tener el sueño por primera vez, y que nunca he averiguado
quién lo dice, porque siempre que giro la cabeza en la dirección de la que
proviene el sonido me termino despertando. El caso es que después de haber
tenido el sueño tres veces seguidas mientras dormía en casa de Luis –la última
de las veces lo desperté al grito de Smultronstället y el pobre se asustó
creyendo que me había convertido en la niña del exorcista o algo parecido –
supe que lo nuestro ya se había terminado, que por mucho que me esmerase yo en
abrir las costuras, aquel traje ya me venía estrecho, y que terminaría por
desgarrar la tela y estropeándolo. Así que no tardé mucho en decirle a Luis que
lo sentía, que lo quería mucho, que me hacía sentir muy bien, pero que él y yo
y los dos sabíamos que era lo mejor. O al menos yo lo sabía, y que él con el
tiempo se daría cuenta también que con estas guisas no íbamos a baile alguno. Y
es que yo tengo la certeza de que mi sueño no aparece porque sí, sino que
cumple una especie de función. Como esas alarmas que programamos en los móviles
para que nos recuerden que debemos hacer una tarea. Y que cuando le da por
aparecer con mucha insistencia es porque tengo que revisar las cosas que hay en
mi vida, porque seguro que alguna de ellas no es correcta, o no está completa.
Mi psicóloga me dijo un día que es en el subconsciente donde se manifiestan los
sueños, y que la forma que tenemos cada uno de nosotros de dar forma o
explicación a nuestros miedos y dudas es única. Y que podía ser que mi sueño
fuese una manifestación de la parte más oculta de mi subconsciente, aquella que
no dejo salir y que, como no podía ser de otra forma, se termina abriendo paso
a codazos a través de mis neuronas.
La primera vez que
apareció el sueño fue cuando lo de Roberto, mi primer novio. Casi debería decir
“el novio”, porque parecía que no había Mai si no era como complemento de
Roberto. Bueno, para mis amigos de toda la vida sí que había una Mai anterior,
pero mis amigos de toda la vida son cuatro, los del barrio, y cuando me mudé a
vivir con Roberto reconozco que los dejé un poco de lado. Tampoco es que
Roberto y ellos pegasen mucho. Él tan triunfador, tan emprendedor, con las
ideas tan claras y tantísimos contactos. Y nosotros, que a pesar de nuestros
estudios y nuestras cosas no dejamos de ser gente de barrio, de lo más normal,
de los que con quince años se pasaban las tardes fumando porros y diciendo
chorradas en los bancos del parque. Eso cuando no nos daba por montar un grupo
de hardcore. O por ir a manis. O por montar asociaciones antisistema. Que
menudos rojazos estábamos hechos. Aunque bien pensado, tampoco nos ha ido tan
mal. Arturo “el Gordo”, que ya no está gordo, viviendo en California y currando
para Google. Ana y Desiré en su taller de diseño de ropa, que ya es el segundo
año que se llevan buenas críticas de Cibeles y del 080. Luisa y Miguel tan
enamorados como el primer día, felices como perdices de cuento con su hijita
Luna y trabajando de profes. Y yo, que de la manera más extraña posible he
terminado cocinando, y triunfando como cocinera, y explicando en libros lo que
mi madre me enseñaba cuando no sabía que quería aprender y ni siquiera
dedicarme a esto….En fin, como venía diciendo, el sueño apareció por primera
vez cuando lo de Roberto, cuando empezaban a aparecer las primera grietas en
nuestra burbuja, Y es que Roberto el guapo, Roberto el encantador de serpientes
que negociaba para sus clientes cuentas de ocho cifras ( en euros, claro ) sin
perder la sonrisa era el mismo Roberto para el que María ( siempre se negó a
llamarme Mai, decía que nadie como dios manda se llamaba Mai ) ocupaba un lugar
muy bajo entre sus prioridades, posiblemente justo por encima del hambre en el
tercer mundo, y no es que Roberto fuese especialmente solidario. Y es que Mai
era el complemento ideal: guapa, alta, con tipazo, una flor que lucir en la
solapa y que después, al llegar a casa, se colocaba junto al resto de elementos
de decoración y los muebles de diseño. No es que Roberto me tratase mal o me
humillase, es que nunca tenía tiempo para mí. Siempre andaba metido en reuniones
con juntas de accionistas, con el consejero delegado de una importante
multinacional o planificando estrategias con
Enrique, su amigo del alma, un clon de Roberto, o quizás fuese al revés,
que el clon fuese Roberto dado nivel de entusiasmo con el que hablaba de su
amigo. Al principio no fue así, claro. Supo conquistarme, el muy ladrón.
También es verdad que lo tenía todo: guapo, dinero, posición. Y yo no tenía más
que ideas en la cabeza que no sabía cómo ordenar y un físico llamativo que
hacía que todos los cabrones de la ciudad se terminasen acostando conmigo y
dejándome el corazón hecho unos zorros. Yo por aquel entonces estudiaba historia
del arte y hacía algunas cosas como
modelo, nada importante, que una tampoco va a ir por la vida de lo que no es,
pero que me permitía pagarme los estudios y no tener que compartir casa con veinteañeras
histéricas y politoxicómanas. Y apareció Roberto, y sus modales y su seguridad
terminaron por convencerme de que debía salir con él, de que era muy afortunada
por tenerlo, por haberlo encontrado y porque me hubiese elegido a mí. Por
supuesto mi madre estuvo encantada. Menudo planazo para la Soledad que era el
novio de su niña. Además, como los padres de Roberto vivían en Navarra,, no
tenía competencia directa. Que yo ahora pienso que estaba ella más encantada con
Roberto que yo. Y claro, él todo el día con lo de “dile a tu madre si tiene un
rato y os vais de compras”. O dile a tu madre que se venga a Sitges y así no
estás sola en el apartamento, que yo tendré trabajo ( el apartamento era un
dúplex de 170 metros cuadrados con
vistas al mar y con playa privada ). Y ahí me tenías, con 20 y pocos años,
disfrutando de una vida de lujo que no había pedido pero incapacitada para
alcanzar el interior de lo que más me importaba en aquellos momentos: mi
hombre. Y fue entonces cuando apareció el sueño, cuando se destaparon las cajas
y empecé a caer en la cuenta de que tenía que dejarlo, de que de una forma u
otra, mi lugar no estaba junto a Roberto. Así, una noche en la que me desperté
con la sensación de haberme traído el calor de la brisa desde el sueño al mundo
de los vivos, salté de la cama y me dispuse a saber qué. A saber qué era
Smultronstället, a saber por qué yo soñaba con una orgía de almendros en flor y
qué quería decir eso. Y si tenía relación con mi idea de dejar a Roberto, de
poner el punto y final a aquella relación de apariencias. Y aquella noche
averigüé algo más. Al entrar en mi cuenta de correo entré en la de Roberto -
había olvidado cerrar la sesión- y allí estaba la gran respuesta. Hubiese
pasado por encima del mensaje de no haber sido por el asunto “Necesito de tu
piel”. Leerlo, no hizo otra cosa que confirmar el inicio del torbellino, el
gran vendaval que hizo desaparecer las nubes y que tiñó el cielo de azul rabioso.
“Pasan los años y cada vez más, con más fuerza, necesito de tu piel. No sé de
otro espacio por recorrer que no sea el que delimita las formas de tu cuerpo.
Mantengo en mi boca el sabor de tu sexo, tu calor desbocado de macho fiero y
tierno. Necesito verte. Que sea esta noche. Dile a María que tenemos que
planificar una operación importante. O lo que tú quieras. Sé que no te
resistirás, porque tú tampoco conoces otro país que no sea el que se dibuja en
mis sábanas cuando me tumbo y me dejo hacer. Te quiero. Enrique”
No hubo dramas ni
rencores innecesarios. Símplemente imprimí una copia del correo y lo dejé
encima de la mesa, junto con las llaves, sin la más escueta de las notas.
Luego, me fui. Me negué a dar explicaciones. O al menos, no expliqué la auténtica
razón. Si Roberto quiere vivir así, allá él. No me llamó, ni atendió a las
llamadas que una más que desesperada Soledad le hizo. Ella me cargó a mí las
culpas de todo lo que había pasado, por supuesto, hasta que me cansé y me fui.
Luego me convertí en lo que soy, y las Fresas Salvajes me siguieron
acompañando, como una guía, como una advertencia. Posíblemente pensaréis que
estoy loca. Pero no lo estoy. O sí, no sé. Tampoco sabría definir muy bien los
límites de la locura. Sé que a mí me funciona. Que no me hace más feliz, pero
que de alguna forma me protege de esa infelicidad que tanto pugna por
instalarse en mi vida.