viernes, 4 de enero de 2013

FRESAS SALVAJES. MAI.


Después de un tiempo me llegué a acostumbrar al sueño. Corría desnuda por un campo de almendros. Miles y miles de almendros  que se desangraban mecidos por una brisa cálida y suave. El sol se estaba poniendo, y  yo allí, en pelota picada, dando botes como una condenada entre una marea blanca de pétalos que me rodeaban. Me sentía feliz, o al menos no sentía miedo, ni ansiedad, ni ese tipo de cosas que siente una cuando sufre una pesadilla. Y luego, la palabreja, Smultronstället, que quiere decir fresas salvajes en sueco, y que además es el título de una película de Bergman. Lo sé porque a fuerza de escucharla en mi sueño la busqué por internet. Lo más raro de todo es que jamás había visto la película de marras antes de tener el sueño por primera vez, y que nunca he averiguado quién lo dice, porque siempre que giro la cabeza en la dirección de la que proviene el sonido me termino despertando. El caso es que después de haber tenido el sueño tres veces seguidas mientras dormía en casa de Luis –la última de las veces lo desperté al grito de Smultronstället y el pobre se asustó creyendo que me había convertido en la niña del exorcista o algo parecido – supe que lo nuestro ya se había terminado, que por mucho que me esmerase yo en abrir las costuras, aquel traje ya me venía estrecho, y que terminaría por desgarrar la tela y estropeándolo. Así que no tardé mucho en decirle a Luis que lo sentía, que lo quería mucho, que me hacía sentir muy bien, pero que él y yo y los dos sabíamos que era lo mejor. O al menos yo lo sabía, y que él con el tiempo se daría cuenta también que con estas guisas no íbamos a baile alguno. Y es que yo tengo la certeza de que mi sueño no aparece porque sí, sino que cumple una especie de función. Como esas alarmas que programamos en los móviles para que nos recuerden que debemos hacer una tarea. Y que cuando le da por aparecer con mucha insistencia es porque tengo que revisar las cosas que hay en mi vida, porque seguro que alguna de ellas no es correcta, o no está completa. Mi psicóloga me dijo un día que es en el subconsciente donde se manifiestan los sueños, y que la forma que tenemos cada uno de nosotros de dar forma o explicación a nuestros miedos y dudas es única. Y que podía ser que mi sueño fuese una manifestación de la parte más oculta de mi subconsciente, aquella que no dejo salir y que, como no podía ser de otra forma, se termina abriendo paso a codazos a través de mis neuronas.
La primera vez que apareció el sueño fue cuando lo de Roberto, mi primer novio. Casi debería decir “el novio”, porque parecía que no había Mai si no era como complemento de Roberto. Bueno, para mis amigos de toda la vida sí que había una Mai anterior, pero mis amigos de toda la vida son cuatro, los del barrio, y cuando me mudé a vivir con Roberto reconozco que los dejé un poco de lado. Tampoco es que Roberto y ellos pegasen mucho. Él tan triunfador, tan emprendedor, con las ideas tan claras y tantísimos contactos. Y nosotros, que a pesar de nuestros estudios y nuestras cosas no dejamos de ser gente de barrio, de lo más normal, de los que con quince años se pasaban las tardes fumando porros y diciendo chorradas en los bancos del parque. Eso cuando no nos daba por montar un grupo de hardcore. O por ir a manis. O por montar asociaciones antisistema. Que menudos rojazos estábamos hechos. Aunque bien pensado, tampoco nos ha ido tan mal. Arturo “el Gordo”, que ya no está gordo, viviendo en California y currando para Google. Ana y Desiré en su taller de diseño de ropa, que ya es el segundo año que se llevan buenas críticas de Cibeles y del 080. Luisa y Miguel tan enamorados como el primer día, felices como perdices de cuento con su hijita Luna y trabajando de profes. Y yo, que de la manera más extraña posible he terminado cocinando, y triunfando como cocinera, y explicando en libros lo que mi madre me enseñaba cuando no sabía que quería aprender y ni siquiera dedicarme a esto….En fin, como venía diciendo, el sueño apareció por primera vez cuando lo de Roberto, cuando empezaban a aparecer las primera grietas en nuestra burbuja, Y es que Roberto el guapo, Roberto el encantador de serpientes que negociaba para sus clientes cuentas de ocho cifras ( en euros, claro ) sin perder la sonrisa era el mismo Roberto para el que María ( siempre se negó a llamarme Mai, decía que nadie como dios manda se llamaba Mai ) ocupaba un lugar muy bajo entre sus prioridades, posiblemente justo por encima del hambre en el tercer mundo, y no es que Roberto fuese especialmente solidario. Y es que Mai era el complemento ideal: guapa, alta, con tipazo, una flor que lucir en la solapa y que después, al llegar a casa, se colocaba junto al resto de elementos de decoración y los muebles de diseño. No es que Roberto me tratase mal o me humillase, es que nunca tenía tiempo para mí. Siempre andaba metido en reuniones con juntas de accionistas, con el consejero delegado de una importante multinacional o planificando estrategias con  Enrique, su amigo del alma, un clon de Roberto, o quizás fuese al revés, que el clon fuese Roberto dado nivel de entusiasmo con el que hablaba de su amigo. Al principio no fue así, claro. Supo conquistarme, el muy ladrón. También es verdad que lo tenía todo: guapo, dinero, posición. Y yo no tenía más que ideas en la cabeza que no sabía cómo ordenar y un físico llamativo que hacía que todos los cabrones de la ciudad se terminasen acostando conmigo y dejándome el corazón hecho unos zorros. Yo por aquel entonces estudiaba historia del arte  y hacía algunas cosas como modelo, nada importante, que una tampoco va a ir por la vida de lo que no es, pero que me permitía pagarme los estudios y no tener que compartir casa con veinteañeras histéricas y politoxicómanas. Y apareció Roberto, y sus modales y su seguridad terminaron por convencerme de que debía salir con él, de que era muy afortunada por tenerlo, por haberlo encontrado y porque me hubiese elegido a mí. Por supuesto mi madre estuvo encantada. Menudo planazo para la Soledad que era el novio de su niña. Además, como los padres de Roberto vivían en Navarra,, no tenía competencia directa. Que yo ahora pienso que estaba ella más encantada con Roberto que yo. Y claro, él todo el día con lo de “dile a tu madre si tiene un rato y os vais de compras”. O dile a tu madre que se venga a Sitges y así no estás sola en el apartamento, que yo tendré trabajo ( el apartamento era un dúplex  de 170 metros cuadrados con vistas al mar y con playa privada ). Y ahí me tenías, con 20 y pocos años, disfrutando de una vida de lujo que no había pedido pero incapacitada para alcanzar el interior de lo que más me importaba en aquellos momentos: mi hombre. Y fue entonces cuando apareció el sueño, cuando se destaparon las cajas y empecé a caer en la cuenta de que tenía que dejarlo, de que de una forma u otra, mi lugar no estaba junto a Roberto. Así, una noche en la que me desperté con la sensación de haberme traído el calor de la brisa desde el sueño al mundo de los vivos, salté de la cama y me dispuse a saber qué. A saber qué era Smultronstället, a saber por qué yo soñaba con una orgía de almendros en flor y qué quería decir eso. Y si tenía relación con mi idea de dejar a Roberto, de poner el punto y final a aquella relación de apariencias. Y aquella noche averigüé algo más. Al entrar en mi cuenta de correo entré en la de Roberto - había olvidado cerrar la sesión- y allí estaba la gran respuesta. Hubiese pasado por encima del mensaje de no haber sido por el asunto “Necesito de tu piel”. Leerlo, no hizo otra cosa que confirmar el inicio del torbellino, el gran vendaval que hizo desaparecer las nubes y que tiñó el cielo de azul rabioso. “Pasan los años y cada vez más, con más fuerza, necesito de tu piel. No sé de otro espacio por recorrer que no sea el que delimita las formas de tu cuerpo. Mantengo en mi boca el sabor de tu sexo, tu calor desbocado de macho fiero y tierno. Necesito verte. Que sea esta noche. Dile a María que tenemos que planificar una operación importante. O lo que tú quieras. Sé que no te resistirás, porque tú tampoco conoces otro país que no sea el que se dibuja en mis sábanas cuando me tumbo y me dejo hacer. Te quiero. Enrique”
No hubo dramas ni rencores innecesarios. Símplemente imprimí una copia del correo y lo dejé encima de la mesa, junto con las llaves, sin la más escueta de las notas. Luego, me fui. Me negué a dar explicaciones. O al menos, no expliqué la auténtica razón. Si Roberto quiere vivir así, allá él. No me llamó, ni atendió a las llamadas que una más que desesperada Soledad le hizo. Ella me cargó a mí las culpas de todo lo que había pasado, por supuesto, hasta que me cansé y me fui. Luego me convertí en lo que soy, y las Fresas Salvajes me siguieron acompañando, como una guía, como una advertencia. Posíblemente pensaréis que estoy loca. Pero no lo estoy. O sí, no sé. Tampoco sabría definir muy bien los límites de la locura. Sé que a mí me funciona. Que no me hace más feliz, pero que de alguna forma me protege de esa infelicidad que tanto pugna por instalarse en mi vida. 

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...