Junio del 2012. El
verano se despereza tímidamente entre las nubes. Barcelona se despierta con la resaca del
Primavera aún resonando. Y casi sin tener tiempo para asimilarla, se le viene
encima el Sonar. Paseo por la FNAC del Triangle sin prisas, haciendo eso que
tanto me gusta hacer: vagar entre libros, emborracharme con el olor del papel impreso, acariciar
amorosamente sus lomos. Y jugar a decidir qué me llevo a casa. Veo asomar la
cabeza a la primera novela escrita por Antonio Luque, el de Sr. Chinarro. Tiene
un argumento que pinta bien, y virutas de ese sentido del humor con el que
también adorna sus canciones. De fondo escucho cantar a Rufus Wainwright eso de
cigarrillos y café con leche. Sigo la letra
y sonrío. Barcelona huele a verano, y aunque la cosa esté jodida, igual,
y digo sólo igual, no está todo perdido. Y si lo está, siempre nos quedará la
música para hacernos soñar. Un universo infinito de notas, melodías y
propuestas sonoras. En el que cada día encontramos un cuerpo celeste nuevo. Y
sonrío pensando que hace 20 años también soñábamos. Aunque, un momento…..cuándo
me convertí yo en indie, en moderno, en todas esas cosas de las que echaba
pestes no hace tanto? Cuándo decidí que
más allá de las greñas, las tachuelas, los anticristos y los gritos guturales,
los falsetes y las poses de machote perdonavida había tierra por conocer? Cago
en la mar… la culpa la tuvo el puto “Nevermind” de Nirvana. O no, o a lo mejor
ya estaba ahí, ya venía de antes. Y el Nevermind sólo hizo que saliese el bicho
a la superficie. Ese que nos reconvirtió en lo que musicalmente somos ahora.
Junio del 92. La cosa no puede pintar mejor. El Barça lo ha
ganado todo. Me voy con mis colegas a Grecia, de viaje de fin de curso. En la
maleta alcohol, ganas de fiesta, mucha droga ( aún no entiendo cómo no nos
detuvieron a todos ). En el horizonte, la perspectiva de un verano genial.
Somos olímpicos, somos modernos. Ya hemos dejado de ser ese país de pandereta
que no cuenta. Ahora estamos en el puto mapa. Y por primera vez en la vida, nos
sentimos los putos amos. Y estamos empezando a cambiar. Un tío rubio, mal
vestido, muy yonqui y muy infeliz nos ha abierto la puerta a un nuevo universo
sonoro. Se llama Kurt Cobain, canta y toca la guitarra con otros dos tíos igual
de feos que él, igual de mal vestidos, y algo menos yonquis. Y le ha dado una
patada en el culo a todo.
La primera vez que
escuché el “Smells” fue un miércoles por la mañana. Antes de ir al
instituto. Fue a finales del 91, y sentí
como si me hubiesen dado una patada en las costillas. El subidón después de la
canción me duró horas. Esos gritos, esos cambios de ritmo salvajes. El pasar de
la distorsión a la guitarra limpia sin previo aviso, y luego volver a pisar
pedal y hacer crujir la guitarra…. Recuerdo que pensé: “Joder, suenan como los
putos Pixies, pero con la voz de Sting
algo más rota.” Y diréis que es un tópico, pero aquel disco nos lo
cambió todo. Porque aquellos tres tipos no venían solos. Por su culpa, o gracias a ellos, descubrimos
a Pearl Jam, a Alice in Chains, a Soundgarden, a Mudhoney, a los Pilots, a los
malogrados Blind Melon. Descubrimos que había una ciudad a la que había que
peregrinar: Seattle. Una ciudad gris, con un puerto importante, con 300 días de
lluvia al año y con la tasa de suicidios más alta de toda América, como supimos
dos años después.
El sistema musical
también se meneó. En la década de los 90 asistimos inauditos al espectáculo de
ver cómo en las radios comerciales y en los programas musicales de televisión
“mainstream” sonaba rock. Y eso para muchos de nosotros no era lo más
corriente. Mientras que en los USA o en las Islas era normal que Metallica, los
Guns and Roses o los Maiden compartiesen lista con bandas claramente
comerciales, España había sido siempre un coto cerrado para el rock. No porque
no hubiesen propuestas. Que las había. La escena se surtía de grupos de rock y
metal, con más o menos calidad o éxito. Pero era todo a nivel underground, a
base de maquetas, de rumores boca a boca y del esfuerzo que cuatro periodistas
con más o menos difusión y muchas ganas hacían. Y de repente vimos como en
todas partes salían grupos que se definían como independientes, como
alternativos. “Indies” altamente influenciados por lo que venía de Seattle,
claro, pero también por todo lo que se había cocido antes: el sonido
Manchester, los Beatles, el after punk, el noise. Así que corrimos a
desempolvar los discos de nuestros hermanos mayores o nuestros tíos, a consumir
con avidez a los Cure, a los Sonic Youth, a los Smiths. Nos aprendimos la letra
del “Love will tear us apart” y la cantamos de borrachera. Y por si no teníamos
bastante, los putos brits decidieron que ellos también tenían mucho que decir.
Y nos quedamos estrábicos: con un ojo puesto en los USA y otro en Londres,
donde bandas orgullosamente brit y orgullosamente pop daban un puñetazo encima
de la mesa y declaraban el estado de sitio. Ya había muerto Cobain, pero a
pesar de su ausencia, el movimiento era tan grande, tan inmenso, que nos fue
imposible detenernos. Granada y Gijón, dos pequeñas capitales de provincia,
fueron nuestro Seattle y nuestro Londres particulares. Empezaron a surgir bares en los que ponían esa
música, nuestra música. Y conocimos a gente como nosotros, con nuestros gustos,
que venía de sitios más o menos parecido, que había sufrido el mismo proceso de
metamorfosis. Seguíamos en el lado oscuro, pero ahora el lado oscuro era un
inmenso continente, una Tierra Media en la que metaleros, alternativos,
britpoperos, siniestros y skaters convivían más o menos en paz. Un continente
en el que podías oír a Metallica, a Nirvana, a los Pumpkins, pero también a
Björk ( a BJÖRK!!! ), a los Afgan Whigs, a los Smiths, a Depeche Mode….y música
electrónica!! Porque los greñudos, sin saber ni cómo ni cuándo ni por qué,
empezamos a escuchar, a pinchar, a bailar y a disfrutar con la música
electrónica. Y oiga, que los mismos que no habíamos pisado un discoteca ni por
error, empezamos a ir a “clubs”, porque los modernos íbamos a clubs. Lo de las
discotecas era para los mascachapas bacalaeros garrulillos.
Nos devoró la década,
la que para muchos es la década feliz de los 90. Nos cubrió como una ola y nos
cambió para siempre en lo musical, pero también en lo personal. Aprendimos
muchas cosas, vimos muchísimas otras. El cine, el arte, la literatura, la
música, la moda… Absolutamente todo era un jardín frondoso, fértil. Ese
espíritu que nació a principios de la década, esa intencionalidad de hacer
discurrir las propuestas por canales poco habituales, ese espíritu de protesta,
contradictorio sin duda nos convirtió en lo que ahora somos. Una generación
abierta de mente, cosmopolita, que nada en muchos sentidos a contracorriente.
Una generación de personas inteligentes, capaces, bien preparadas, con nivel
cultural alto y expectativas vitales también altas. Pero también una generación
capada, una generación a la que han encerrado en una maceta, como si fuese un
bonsái, y que ve que ese espíritu de cambio se ha visto amordazado por un nuevo
terror, mucho más conservador, mucho más codicioso, mucho menos humano…..
Somos
los niños de los 90, como nos bautizó Eddie Vedder en aquel memorable primer
concierto del 96 en el Palau d’ Esports de Barcelona. Y en muchas cosas,
seguimos siendo los niños de los 90. Con o sin trabajo. Con mejores o peores
perspectivas. Con más o menos camino recorrido. Con muchas experiencias o con
un bagaje vital escaso. Pero con la misma capacidad de soñar, de querer
mejorar, de aprender e imbuirnos de cosas nuevas o viejas o diferentes o
iguales cada día. Somos la última generación cuerda que queda. Eso, si no
consiguen volvernos locos o terminar con todos nosotros antes.
Son casi las seis de la
mañana de un martes de Junio del 2012, la semana de San Juan, las puertas del
verano abiertas de par en par, a pesar
de la lluvia que cae fuera, suave, inesperada. Estamos gobernados por inútiles,
por ladrones, por tipos codiciosos capaces de cualquier cosa con tal de seguir
mamando de su teta. Los mineros se dejan la piel en las calles, en las
carreteras, haciendo lo imposible porque las venas de las cuencas mineras no se
desangren. Puede que no hayamos cambiado tanto. Puedo que estemos a punto de
despertar de nuevo. Puede que sea el momento de que los niños de los 90
reclamemos lo que es nuestro, lo que nos pertenece. Voy a poner a Nirvana, el
“Territorial Pissings”. A ver si es verdad aquello de que “cuando era un alien
la cultura no se basaba en opiniones”. A por ellos.
Este texto no viaja solo. Tiene un hermano, un evento, una fiesta, un "como queráis llamarlo". Os dejo el link, y os invito a que si estáis por Torredembarra el sábado 30 os acerquéis.