- Entonces... de qué has dicho que trabajas?
La habitación no deja de sorprenderme, ahora que la luz del día la ilumina. La cama es grande, de dos metros por dos metros, diría, con un enorme cabezal de hierro que la preside ( lo primero que me ha venido a la cabeza ha sido "altar del amor", me debo estar haciendo mayor ). Sábanas blancas, almohadas blancas, cojines blancos tirados en el suelo. Todo muy virginal y muy puro, si no pensamos en la intensidad de las acometidas de ayer por la noche y en un enorme retrato de Anita ( me dijo que prefería que la llamase así ) desnuda, voluptuosa, entregada y rendida a los placeres carnales. Retrato en blanco y negro con sus ojos azules brillantes coloreados ( no es para menos, los ojos de Anita deberían ser un problema de estado ), la boca entreabierta y la melena oscura que apenas si acierta a tapar sus pechos. En el techo, un enorme espejo, en el que veo reflejado mi pene exhausto. "Hay para estarlo, verdad?" -pienso. Y mi mano se conduce instintivamente a mi entrepierna, con afán de acariciarla, como si la mera visión de mi sexo me provocase un afán de ternura casi infantil. "El centro del universo masculino y vuestro gran problema" - dice mi amiga la profesora.
- Cuál es tu trabajo, Anita?
- Reciclo sentimientos enquistados. Los extraigo de las profundidades cerebrales, con paciencia y mucho rigor, y limpio las zonas oscuras. Tiene un acento extraño. " Soy medio Lituana, medio Estonia, pero llevo ya en Barcelona tres años. Vine a hacer de traductora, hasta que ellos me convencieron de cuál era mi cometido".
- Ellos?
- Sí, la gente para la que trabajo.
-Y que, por supuesto, no me vas a decir quienes son, claro...
-Supones bien, mein Herr.
Decir a estas alturas que estoy completamente prendado de Anita es una obviedad. Y eso que está loca, es extraña, y su conversación está plagada de puntos suspensivos, de espacios en blanco que no oso intentar revelar. Pero así soy yo, el perfecto incumplidor de reglas, incapaz de sustraerme a esa luz extraña que a veces ( demasiadas, sí ) se enciende en mi cerebro. Yo no controlo, no domino. Supongo que intento paliar mi oscuridad. O, que, simplemente, no aprendo.
-Explícame como haces eso de... reciclar, has dicho?
-Luis, no estoy loca. Lo mío es un trabajo serio. Y tristemente real. No quieras saber la cantidad de gente con zonas oscuras que hay en esta ciudad. Como tú, por ejemplo.
-No pienso que estés loca. Pero reconocelo, Anita, suena extraño. Y yo no tengo zonas oscuras
Cabe decir que lo último lo digo con muy poca convicción.
-Sí lo piensas. Lo leo en tus ojos. Ni siquiera me hace falta entrar dentro de tí para saberlo. Pero sé que lo de S. aún duele. Y está enquistado.
-Cómo demonios sabes....?
- Te lo he dicho, es mi trabajo. Yo lo sé TODO.
Fuera empieza a caer la lluvia. Repiquetea contra los cristales,cantarina. Dentro el silencio es denso, pesa. Y las paredes se tiñen con el rojo oscuro del dolor.
- Entonces, estás aquí por trabajo? Es eso, verdad? Vienes a ayudarme.
- No puedo trabajar con la gente que me gusta Luis. Y tú me gustas. Pero no puedo evitar sentir eso. No puedo ayudarte, al menos no de la forma que sé. Tendrá que ser todo natural. Si quieres, claro.
Y sí quiero. Y sí sigue pesando la losa de S. Y sí, sigue habiendo zonas oscuras, demasiadas. La mayoría de ellas tan viejas que ya se confunden con el paisaje cerebral. Soy inaccesible, incluso para Anita. Pero quiero probar, necesito probar.
-Entra, Anita, ponte cómoda. - le digo con tristeza- Y se paciente. Este trabajo te va a llevar tiempo, y puede que te duela y te desgaste.
Veo algo en los ojos de Anita que no había sabido leer hasta ahora. O que quizá no estaba. Resignación. Conozco esa mirada. Me la encuentro en el espejo demasiado a menudo. Vuelve el monstruo. Espero no devorar a Anita.
La práctica (palo palito paloé)
Hace 1 año
No hay comentarios:
Publicar un comentario