lunes, 24 de agosto de 2009

MICRORELATO 9: EL CUENTECINO (CUENTO DE AGOSTO)

"En tu silencio habita el mío, y en una parte de mi cuerpo habitó un trozo de tu olor" ("Tu silencio -Bebe-)
Dejad que os cuente un cuento, cortito, un cuentecino, como dicen en las tierras extremeñas. No le pondremos nombre; que cada cual lo titule como quiera. Esa es mi única condición. Los cuentos son como pájaros enjaulados: una vez los liberas, ya no te pertenecen. Así que una vez para el cuento, os corresponde a vosotros cuidarlo, alimentarlo, darle un sentido. Lo podeis usar para arroparos cuando tengais el alma fría; puede ser vuestro calmante cuando el dolor os horade las entrañas, o pura y simplemente, un visita rápida a un lugar escogido, oculto, a dónde, una vez hagais lo que sea que tengais que hacer, no volvais jamás.
Este cuentecino no empieza con un "érase una vez", ni acaba con una feliz pareja, rubio y principesco él, rubia y recauchutada ella, atiborrándose de perdices. Los protagonistas de nuestro relato son dos planetas, chiquititos, de esos que no constan en las cartas geoastrofísicas. Dos insignificantes motas de polvo, que gravitan erráticos, y que por una de aquellas casualidades de la física, cruzan sus órbitas. Uno de los planetas, el mayor, es gaseoso, pura combustión. Miles de moléculas que saltan en su interior, que explotan y que dan lugar a nuevas moléculas, en un ciclo de vida infinito. El otro, más pequeño y comedido, es acuoso. No son aguas bravas. sino más bien un océano que casi no respira, tímido, pacífico, pero que oculta entre sus aguas las más maravillosas criaturas.
Imaginaos la dicha de esos dos planetas cuando se ven avanzar el uno en pos del otro, sintiendo como la gravedad altera sus rumbos, cambia sus órbitas con una fuerza descomunal. Y es así como los dos planetas, en plena efervescencia cinética, deciden seguir recorriendo el espacio el uno al lado del otro. "Me gusta tu calma, tu vida interior, cómo eres capaz de ocultar y proteger toda la vida que llevas dentro" -le dijo un día el planeta gaseoso al líquido. "A mí me gusta tu energía, tu entusiasmo, tu afán de renovación, de cambio constante" -respondió el planeta acuoso. "Te imaginas lo que seríamos capaces de hacer juntos?" -dijo el gaseoso- "Imagina toda mi fuerza, todo mi movimiento a tu disposición, haciendo que las criaturas hermosas que cobijas brinquen de entusiasmo, dándoles alas para crear ellas mismas nuevas criaturas..." Y el pequeño planeta acuoso se lo miró, feliz, y ensoñado propuso: "Por qué no nos fusionamos? Juntos seríamos el mundo más perfecto de toda la creación". Y dicho y hecho, nuestros planetitas pusieron manos a la obra. En el primer intento, el planeta gaseoso se acercó violentamente a su pequeño acompañante, y las aguas de éste se agitaron con tanta furia que las criaturas que allí habitaban se convulsionaron de tal manera que muchas de ellas fueron destruidas. Fue tal la agitación, que el planeta acuoso sintió como algo se abría desde su interior. "Para, para, por favor" -le gritó- "Me haces daño". Y el planeta gaseoso retrocedió asustado y se colocó en su sitio habitual, desde dónde no alteraba a su compañero. "Creo que será mejor que te acerques tú poco a poco" -le dijo una vez las aguas apaciguaron su sonido. Y fue así, como en el segundo intento, el planeta acuoso se acercó poco a poco a su mayor, el gaseoso. Cuando había traspasado la mitad de la distancia habitual entre ellos, el planeta gaseoso empezó a sentir pánico. Sus moléculas se estaban paralizando. Su incesante movimiento había parado, ya no sentía aquella excitación que lo hacía estallar en miles de burbujas de gas. Estaba, y nunca mejor dicho, perdiendo fuelle. "No sigas, amigo, detente, por favor. Tu cercanía me duele, me paraliza, no puedo respirar si quiera. Reanda tu camino, te lo ruego". Muy triste, el planeta acuoso se retiró, hasta comprobar que a la distancia justa su fiel camarada recupaba su espontaniedad, su incesante movimiento interno.
Y los planetas, muy tristes, caminaron en silencio el uno al lado del otro. Habían intentado unirse, combinarse entre ellos, ser un solo cuerpo, y a punto habían estado de perder su propia esencia. "Me gusta tu compañía" -dijo el planeta gaseoso- "pero no sé si me duele más el que te acerques que el tenerte al lado y no poder disfrutarte" "A mí me pasa lo mismo" -respondió el acuoso. Y ambos se miraron, en silencio, mientras sus órbitas se alejaban, empelidos por la misma fuerza casual que los había hecho encontrarse.
Suponemos que ambos, en caótico errar, encontraron en un futuro nuevos planetas, algunos con su misma composición, otros completamente diferentes. Pero estamos completamente seguros, que nunca jamás volvieron a experimentar aquella fuerza que casi hace devorarse el uno al otro.

2 comentarios:

Nieves dijo...

Un cuento muy bonito, qué lástima que no tuviera buen final...

Qué broma es esta dijo...

Para mi, ha tenido un final real, mas que bonito.
Una lectua muy agradable, en todo caso.

Quienes somos, de donde venimos, a donde vamos...