jueves, 26 de agosto de 2010

MICRORELATO 19: AQUÍ VAS A ESTAR BIEN.


- Aquí vas a estar bien. No te preocupes, nadie te va a hacer daño.
La voz de Monsieur Bagnac, el doctor Bagnac, es cálida. Aferra con suavidad las manos de Camille entre las suyas. La mira fijamente, como si en lugar de un psiquiatra fuese su hermano mayor.
- Pero yo no estoy loca, Monsieur. No debo estar aquí. Me siento como si me hubiesen arrancado de cuajo, y trasplantado en un trozo de tierra equivocado. Es todo tan confuso....
Y Camille mira a través del ventanal, al jardín. Y se transporta más allá de los muros de Ville-Evrard , sobrevolando el camino de vuelta a ese espacio añorado. Y el tiempo de la felicidad, del aprendizaje, de la ilusión compartida, esa época dorada en la que era todo coraje, amor, pasión y creatividad, es tan sólo un velo cada vez más borroso.
- En honor a la verdad, Mademoisselle, tiene usted razón. No está loca, y le aseguro que nadie piensa lo contrario. Pero presenta usted unas ciertas carencias...¿cómo decirlo?, de cognoscimiento, que provocan que olvide cuál es su papel, su lugar en el mundo. Su hermano Paul y yo somos buenos amigos. Y él me pidió que la ayudase. Por eso está usted aquí.
Camille dirige la mirada hacia sus manos, esos dos apéndices que hasta hace tan poco generaban vida, y que ahora yacen inconscientes entre sus piernas. "Sácanos de aquí, por favor" parecen decirle. "Llévanos de nuevo al taller. Ese es nuestro mundo, Camille, el tuyo y el nuestro",
El ruido de una puerta al abrirse la sobresalta, y le obliga a aterrizar de nuevo en el despacho del doctor. Una mujer, una "guardiana adusta" se dice Camille para sus adentros, se para delante suyo, y la mira con severidad. Y adivina en su mirada el mismo reproche que habitaba en los ojos de su madre.
- Esta es Madame Claudine. Ella te acompañará a tu cuarto -dice el doctor.
Y por primera vez es consciente de que su sueño ha acabado, y el soplo frío de la verdad congela cualquier esperanza de poder escapar de su prisión, de este pozo de sombras al que ha sido arrojada. Mira hacia arriba, y la tapa del pozo se va cerrando, lentamente, hasta que todo queda en la más absoluta oscuridad.
Los días en el manicomio son una sucesión de imágenes repetidas hasta la extenuación, impresiones de un mismo instante congelado. El día y la noche no tienen sentido, ni siquiera el paso de las estaciones es capaz de atenuar esa gama de colores imprecisos que desdibujan cualquier atisbo de realidad. Camille ya no es Camille, tan sólo una res pensante, un ente aferrado a recuerdos, un cuerpo vacío que se marchita entre los muros de la institución. La auténtica Camille se ha marchado al encuentro de Auguste, y vuelve a compartir risas y susurros, vuelve a moldear la piel del hombre al que quiso con sus dedos. Una piel mil veces aprendida, memorizada. Cada centímetro del cuerpo de Auguste aspirado, devorado, clasificado y guardado en sus entrañas.
- Me quieres, verdad? - le dice él. Están en su cama, resguardados de la lluvia y el viento que en el exterior hacen que París se estremezca.
- Claro que te quiero. Más que a mi vida. Te quiero tanto que me duele. -responde ella.
- Entonces harías cualquier cosa por mí, lo que te pidiese?
Y ella es todo gozo y alegría al saber que su mentor, su maestro, su amante, el sentido de su vida, la necesita.
- Claro que sí, mi amor. Qué necesitas de mí?
- Tenemos que dejar de vernos. Lo nuestro ya no tiene sentido. Yo te quiero, pero no puedo dejar a Rose. A partir de mañana ya no trabajaremos juntos.
Camille se despierta sobresaltada. Fuera de los muros del manicomio cae la nieve. Alguien grita en otra habitación. Ruido de pasos, nuevos gritos, atenuados ahora. Luego el silencio, pesado. Y mira sus manos y el cambio la sobresalta. Porque sus manos también han huido, la han abandonado y en su lugar yacen dos muñones, dos deformidades llenas de dedos. Dos trozos de carne ajenos, que ya no imploran libertad. Las manos rendidas, el cuerpo abandonado, el corazón exhausto que se ralentiza. Y el último aliento de la Camille de verdad huye de la institución, sobrevuela los muros, y no se atreve a echar la vista atrás. En la silla queda la planta marchita, sin vida. Y la lenta metamorfosis, de mujer creadora, de genio, de vida apasionada a despojo concluye. Y será la tierra sobre la que cae la nieve la que proporcione el descanso a la carne.

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