
Le llaman, o se hace llamar, el Caballero. Tiene los tics precisos de cualquier macho latino al uso: es machista, agresivo, obstinado, ególatra, amante del porquesionismo como única y suficiente manifestación de las opiniones. Es dado a la patada en la puerta, al dispara primero y pregunta después. Se cree gracioso, ocurrente, con desparpajo. Se siente poderoso en su hombría, tanto como para considerar que sólo su perpetuación en el cargo puede conducir a su país por el recto camino. Es de modales hoscos, desconsiderado, taciturno con sus enemigos y poco amante de aceptar las normas que rigen al resto de la humanidad. No acepta un no por respuesta, y se afana en ningunear a todos aquellos que osan llevarle la contraria. Bien apostado en el poder, concede a dedo favores a sus amigos y juzga y condena como único tribunal a sus detractores. Con sus santos cojones encima de la mesa, se eleva como un dios mesiánico, lanzando diatribas desde los medios de comunicación, que controla "manu militari".
Se cree intocable, aunque por si acaso moldea las leyes a su gusto. Es la gran polla, el macho alfa, el follador nato, el pater de la gran patria italiana, libre de gays, de izquierdistas, de inmigrantes, y quiere esparcir su simiente, tanto física como espiritual, para que las generaciones futuras lo encumbren a los altares.
Sin embargo, Silvio, siento decirte que sólo eres un patético hijo de puta. Y te recuerdo lo que dice el refranero español: a cada cerdo le llega su San Martín.
1 comentario:
No me molestaría que los jamones de este cerdo se orearan colgados al aire de la sierra.
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