Cuando me quise dar cuenta, era tarde. Ya te habías instalado en mi cerebro, ocupando gran parte de su superficie, vagando por entre sus recovecos, hacíendome cosquillas en los enlace neuronales y activando mis músculos de la cara, provocando esa sonrisa que tanto decias que te gustaba. Te pasabas el tiempo susurrándome melodías de jazz directamente en mis conductos auditivos, así que aprendí a disfrutar de Ella Fitzgerald, de Nina Simone, de Alicia Keys... Nos pasábamos las horas muertas intercambiando pensamientos, traspasándonos las personalidades, jugando a ver quien era capaz de ser más el otro. Hasta que un día, comprendiendo lo absurdo de la situación, decidí que ya era la hora de mudarme contigo a mi cerebro. Así, que haciendo un salto metafísico, abandoné mi cuerpo, me teletransporté a través de los conductos neuronales hasta llegar al cerebro, donde estabas tú, haciendo pastelillos de merengue y silbado una vieja melodía con aire dixie. Y ahora nos dedicamos a explorar todos los recovecos de ese cuerpo que algún dia fue mio y que ahora yace inerte, y nos reimos porque hemos conocido que lo único que prevalece, fuera del alcance de todo y de todos son las ideas, lo que sentimos, lo que deseamos, las cosas buenas que nos transforman y nos elevan a la máxima esencia.
(Dedicado, con todo el cariño, a Sonia de La Línea-Granada, gran amiga, mejor persona, y lectora de mi blog. Incluso el mal desaparece, y por muchas nubes que creas que hay, al final, siempre sale el sol).
La práctica (palo palito paloé)
Hace 1 año
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